Una fábula
Un día las hormigas que habitaban entre las raíces del roble recibieron un mensaje proveniente de la reina de otra colonia, que estaba a unos quince metros y cuya entrada estaba entre dos piedras cerca de la puerta de la casa de Cirilo Gálvez. Era una declaración de guerra:
«Visto que las hormigas de vuestra colonia no cesan de apoderarse de las hojas de nuestros rosales, y
«Visto el ataque salvaje con el que fueron agredidas algunas de nuestras guerreras mientras ejercían la legítima defensa de nuestro patrimonio, y
«Considerando que estos incidentes y otros muchos provienen de un plan premeditado de usurpación de nuestro territorio, y
«Considerando nuestro inabrogable derecho a la protección de nuestras hijas y de todo lo que a nuestra colonia pertenece,
«Nos, Reina y Madre de las Hormigas de Entrepiedras, os declaramos guerra sin tregua hasta haber obtenido satisfacción por los delitos del pasado y garantías para el futuro.»
Los preparativos en ambos bandos no se hicieron tardar. Las obreras entraban y salían agitadamente de los hormigueros, trayendo provisones para aguantar un largo asedio. Las guerreras adiestrábanse infatigablemente y con fiereza ejemplar, atacando a veces a gigantescos escarabajos para probar su valor y comprobar la eficacia de sus últimas estrategias militares. Moro, el perro lanudo de Cirilo, que por incauto asomó el hocico entre la actividad que precedía a la batalla, pudo comprobar el picazón incomparable que producía el nuevo veneno guerrero que se estaba elaborando en los laboratorios de Bajoárbol. Fue grande la alegría de las generales y bioquímicos de aquella colonia, al ver cómo salía corriendo, aullando con el rabo pegado a la tripa el pobre can. Confiaban en obtener excelentes resultados contra las hormigas enemigas.
Y, claro, el cuerpo diplomático no podía estarse quieto, tampoco.
Las hormigas de Entrepiedras lograron una alianza con las hormigas de Bajo Armario (que vivían bajo el armario en el que guardara sus exiguas provisiones Cirilo, robando migajas de pan y granos de azúcar mientras dormía el buen hombre, de noche). Las embajadoras de Bajoárbol, temerarias, hay que admitirlo, ¡decidieron aliarse con el Hombre! Haciendo un esfuerzo sobrehormigo para no hacerle cosquillas y morir de un ¡plaf! de su enorme mano, llegó la embajadora al oído de Cirilo mientras éste dormía y le habló al subconsciente. Le explicó las razones por las que le convenía a éste aliarse con ellas:
—Es por culpa de las hormigas de entre las piedras cerca de la puerta de entrada, que les va tan mal a tus rosales. Siempre desaparecen hojas y los rosales no logran recuperarse. Y las hormiga que viven bajo tu armario son capaces de robarte veinte gramos de azúcar en una noche cuando dejas destapado el recipiente. ¡Y cómo les gusta tu pan!
Cirilo medio se incorporó, entre dormido y despierto, se frotó los ojos, bostezó, dijo: «Tengo que deshacerme de esas hormigas; son una peste». Y volvió a caer sobre su almohada, profundamente dormido.
La embajadora volvió ufana a la colonia, donde explicó que el Hombre había oído sus peticiones y se encargaría de exterminar a las enemigas.
—¡Eh! ¡Vosotras, las bioquímicos! Dejad ya esto del veneno nuevo. No os hará falta. El hombre luchará por nosotras. —Pero la hormigas científicos se rieron y continuaron trabajando en sus laboratorios.
—¡Eh! ¡Vosotras! ¡Guerreras! Tirad vuestras armas y convertíos en obreras, que no habrá guerra. El hombre se encargará de nuestras enemigas. —Pero las guerreras no se daban por enteradas.
—¡Eh! ¡Vosotras! ¡Embajadoras! No descendáis a Entrecardos para pedir la ayuda de aquellas hormigas. ¿Para qué vamos a buscar alianzas militares, cuando el Hombre lucha por nosotras?
Pero las demás embajadoras lograron reunir a las reinas de Bajoárbol, Entrecardos, Lafuente y Lacuadra para la firma solemne de un tratado militar. Las generales de las cuatros colonias debatían conjuntamente sobre estrategia, armamentos, números de tropas y desplazamiento. Las hormigas industriales firmaban compromisos para la construcción de corazas y venenos, pinzas y carreteras. Las reinas hablaban de cómo conducir a las masas con honor.
…y nadie escuchaba a la pobre hormiguita embajadora:
—¡Con tal de no acercarse al armario ni a los rosales, estamos a salvo!
—¡Calla, tonta, que esto es demasiado serio como para dejárselo al hombre! ¿No conoces acaso los refranes?: «Raudo acude el Hombre en socorro de la prevenida», y «El Hombre premia con éxito los esfuerzos de la que es constante en su labor».
La batalla se celebró entre los rosales. Nadie notó un polvillo blanquecino que cubría el entorno de aquellas plantas. Al comienzo lucharon encarnizadamente. Pero pronto notaron que les faltaba la fuerza, que se mareaban, que les ardía la garganta. Algunas, las más fuertes, llegaron hasta sus hormigueros, arrastrándose penosamente. No notaron que en sus patas y pechos venía adherido aquel polvillo blanco. Entraron a lo más profundo de cada hormiguero, y allí murieron. No tardaron en debilitarse las demás hormigas. Se mareaban, les ardía la garganta…
Varias semanas más tarde Cirilo Gálvez, distraído, notó cómo se habían recuperado sus rosales.
—Ahora que lo pienso —se dijo—, hace mucho que no veo hormigas por estas partes. El de la droguería tenía razón. Tendré que recordar la marca del insecticida para la próxima ocasión.
Moraleja (porque las fábulas quedan incompletas sin ellas, ¿verdad?): Si has apelado tu situación a Dios, no necesitas defenderte con la violencia. Si Dios existe, la guerra nunca es necesaria. Lee Isaías, capítulos 30 y 31; Jeremías 17.5-8; y los salmos 33 y 46.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 35, pp. 249-252] |
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