Ante «la mili»
Aunque no existieran leyes que legislan la protección de los derechos del objetor de conciencia contra el servicio militar, el cristiano normalmente se preguntaría si aprender a matar gente es lo mejor que puede hacer durante varios meses de su juventud. Pero hoy, en la España moderna, con su constitución y sus garantías, el cristiano se ve doblemente obligado a plantearse el asunto: «¿Hago la mili o me declaro objetor?» Para el cristiano, la objeción al servicio militar no es solamente un asunto de conciencia. Es un asunto en el que busca saber la voluntad de Dios. «Si yo supiera que Dios quiere que objete, ya no sería solamente un objetor de conciencia, sino un "objetor de obediencia"».
Los cristianos de los primeros siglos del cristianismo decidían con mucha más facilidad y sencillez que los de hoy. Cristo había mandado amar a todos, incluso a los enemigos. Pablo había predicado el mensaje de reconciliación: Y aquí no hay más griego ni judío, circunciso ni incircunciso, extranjero, bárbaro, esclavo ni libre: no, lo es todo y para todos Cristo (Col. 3.11). Las distinciones nacionales, sociales y culturales que dividen a los hombres y causan las guerras habian desaparecido entre la gente que seguía a Jesús. Para el que tenía fe para aceptarlo, había ya amanecido el día profetizado por Miqueas: «No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra». La totalidad de la Iglesia y sus dirigentes apoyaban unánimemente a los jóvenes objetores de conciencia de esos primeros siglos del cristianismo. Casi ni hacía falta plantearse el asunto. Ser cristiano era ser objetor. (También era ser una minoría perseguida, gente al márgen del poder político, económico y militar del Imperio Romano.)
A pesar del abandono de estas realidades primitivas que ocurrió en el cuarto siglo, la tradición original basada en Cristo y los apóstoles no se perdió del todo. Da fe de esto, por ejemplo, la excepción del clero al servicio de las armas. A pesar de la aceptación de la violencia para los cristianos en general, ofendía la sensibilidad tener al sacerdote empuñando un arma. Si se creía que Dios es amor y anhela perdonar y reconciliarse con los hombres a pesar de su maldad, ¿cómo iban a participar en la guerra sus sacerdotes, los maestros y representantes de estas verdades divinas? Claro que para tomar esta posición había que ignorar la enseñanza bíblica de que somos todos los cristianos un pueblo compuesto de sacerdotes. Todo cristiano se define como representante del amor divino hacia el prójimo. Y sin embargo, a pesar de pasar por alto esta profundísima verdad, el hecho de que diera mala impresión ver luchar al clero demuestra que no todo estaba perdido.
Dado el compromiso de la iglesia mayoritaria con el poder civil, no debe sorprendernos descubrir que muchos de aquellos cristianos que siguieron fieles a la enseñanza no violenta original quedaran relegados a la categoría de «herejes». Pero fue imposible desarraigar definitivamente del cristianismo al pacifismo. Ni nunca lo podrán desarraigar, por más que lo intenten los que han transigido con la idolatría de las armas. No lo podrán desarraigar porque pertenece a lo original, indiscutible, central, de la enseñanza cristiana. De modo que hoy, a fines del vigésimo siglo, seguimos teniendo que enfrentarnos, como cristianos, con la cuestión: ¿Hago la mili o me declaro objetor?
Una alternativa posible. Una alternativa posible ante esta encrucijada es la de hacer la mili, pero con la intención de nunca violentar ni matar a otro ser humano. Las probabilidades de tener que matar a otra persona durante el cumplimiento del plazo de servicio militar en época de paz, son ínfimas. No estamos en guerra: si me pongo el uniforme, obedezco las órdenes como cristiano sumiso a las autoridades establecidas por Dios y no pasa nada. El día que me dan de baja vuelvo a casa y no le he hecho nada a nadie. El servicio militar cuando no hay guerra es una tontería inofensiva. Y oponerse por cuestiones de moralidad y conciencia a una tontería inofensiva es más que una tontería. Es un disparate inútil.
Lo que descubrimos los argentinos (el que escribe lo soy) en abril de l982 es que la guerra te puede coger por sorpresa. Un día teníamos relaciones normales y amistosas con los ingleses. El día siguiente habíamos invadido unas islas que, por muy nuestras que fueran, los ingleses tenían en su poder y reclamaban como suyas. Los chicos que cumplían la «colimba» (como le dicen a la mili allí) se habían enrolado en paz, pero acabaron sirviendo en guerra.
El error fue muy sencillo y a la vez fundamental. El argumento de que «igual no estamos en guerra» supone un mundo estable, en el que el futuro no guarda sorpresas ni sobresaltos. Ese mundo no existe. El mundo real y verdadero en el que se hace la mili es un mundo increíblemente inestable, en el que cada día hay sorpresas, y en el que el recurso a las armas es muy corriente. Recuerdo haber leído en 1983 que en los primeros meses de ese año hubo nada menos que 40 conflictos armados en el mundo, involucrando a unos 6 millones de combatientes. Supongo que el panorama no habrá mejorado mucho desde entonces. Posiblemente la situación hoy sea peor. Ese es el mundo en el que llaman a hacer la mili. Si el gobierno y los militares estuvieran tan seguros como lo estamos algunos otros, de que mañana España no iba a estar en una guerra, no gastarían tantas pesetas en armamentos ni exigirían a sus jóvenes aprender a manejar un fusil. Da que pensar, ¿no?
Pero existe otra posibilidad. Me puedo proponer en lo más íntimo de mi ser que, pase lo que pase, nunca mataré a nadie. Si a pesar de todo lo que nos imaginamos estalla una guerra justo cuando estoy en la mili, me negaré a disparar contra el enemigo. Se cuenta de un oficial confederado en la guerra civil norteamericana, que tenía un grupo de soldados cristianos de ésta índole bajo su mando. Mandó un informe a sus superiores con la siguiente queja: «Visten el uniforme, marchan con los demás. A la orden de fuego disparan el arma. Su puntería es admirable; nunca fallan. ¡Ni una vez han dado en el blanco!»
Esta posición no deja de tener méritos. Por lo menos está asegurada la obediencia al mandato de amar al enemigo en su dimensión más superficial, la de no matarle. Un paso de sinceridad e integridad en el que yo insisto con mis amigos cristianos que han tomado esta posición es que manifiesten esta intención interior a sus compañeros y oficiales. Me dijo uno: «Yo les he dicho a todos que si pasa algo no cuenten conmigo. Que hagan de cuenta que yo no estoy». Me parece un mínimo de honor el haberles dicho eso. Menudo cargo de conciencia sería el de haber defraudado al compañero que contaba con la protección de mi arma y verle morir porque no disparé contra el que nos agredía, sin él saber que yo no dispararía. Sería una traición deshonrosa, indigna de un cristiano.
Paralelamente, habría que negarse a hacer guardias. Las instrucciones de Juan el Bautista a los soldados que querían vivir «frutos dignos del arrepentimiento» incluyen, entre otras cosas, no delatar al malhechor. (Nuestras traducciones generalmente dan a entender que lo que debe evitarse es la denuncia falsa. La palabra griega no tiene que ver con denuncias falsas, sino con denuncias interesadas, motivadas por el deseo de beneficiarse. ¿Y no es esa una buena manera de definir lo que sucede cuando el que está de guardia da la alarma?) Si no puedo defender a mis compañeros de un ataque, por un lado, ni por otro lado puedo dar la alarma, soy un peligro manifiesto para los que tranquilamente cuentan conmigo en mi puesto de guardia. Cualquier persona con un mínimo de sentimiento de ética y honor se negaría al servicio de guardia en tales circunstancias.
Pero de todos modos, aun contando con esa sinceridad ante los compañeros, la alternativa de tomar una determinación interior contra el homicidio es peligrosa. Igual parece la salida más fácil, pero puede acabar siendo la más difícil. Aun sin las garantías constitucionales con las que hoy cuenta el español, el castigo por la objeción suele ser bastante mínimo: algunos años de cárcel. El desacato a las órdenes en situación de batalla, según las circunstancias, puede ser mortal. Si no te mata primero el enemigo aprovechando tu indefensión (él no sabe que tú no eres su enemigo, que no tienes intención de hacerle mal), te condenarán a muerte los de tu bando. ¡No se puede desobedecer una orden en la batalla! Tolerar esa clase de insubordinación sería garantizar la derrota. De modo que me juego la vida por la comodidad dudosa de no declararme objetor desde el principio.
El otro peligro es el peligro moral. Es el peligro de colocarme, a sabiendas, en una posición que me tentará de un modo posiblemente irresistible. Me será muy difícil resistir las actitudes contra el enemigo que me inculcará el ejército. Suponiendo que entro a la batalla, me será muy difícil amar al que veo que mata a mis compañeros con los que he estado viviendo, comiendo, charlando y riendo estos últimos meses. Me será muy difícil no dejarme arrebatar por la rabia cuando vea las barbaridades y atrocidades que cometa el enemigo. Y por último, me resultará muy difícil decidir de acuerdo con mi conciencia en el momento crítico, en la fracción de segundo que me tarda darme cuenta de que si no le mato yo, me matará él.
Es muy fácil decir desde la comodidad de la normalidad de la paz, que nunca mataré a nadie. Es otra cosa actuar de acuerdo con esos principios cuando me he colocado en una situación en la que lo normal sería matar, y no matar es una aberración antinatural.
De modo que al cristiano que opta por hacer la mili con esa reserva moral interior, la de nunca matar, no creo que se le podría calificar de pecador contra Dios. Posiblemente sería calificable de imprudente; y de una imprudencia rayana en aquello de «tentar a Dios», contra lo que Jesús habló. Pero sigue siendo una posición infinitamente superior a la de la persona que se incorpora al ejército sin ningún escrúpulo.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 36, pp. 253-258] |
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