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Actitudes cristianas en tiempos de crisis económica

«¡Cayó! ¡Cayó la Gran Babilionia!»

Con este grito de triunfo el ángel de Apocalipsis capítulo 18 anuncia la destrucción que cae sobre la «ciudad» malvada. Un par de cosillas interesantes se desprenden de la descripción de esta caída dramática, que sigue al anuncio: «¡Cayó! ¡Cayó la gran Babilonia!»

En el versículo 3 notamos que el problema de proporciones demoníacas que ha sumido en pecado a la «ciudad» está representado por dos grupos de personas. Por un lado, ella ha sido «poseída» ilícitamente en un sentido figuradamente sexual, por los «reyes» de la tierra. «Reyes» describe, claro está, a los que tienen poder político y militar sobre un pueblo. La imagen de «posesión» sexual ilícita realmente expresa bastante bien el modo en que se comportan en el ejercicio del poder los militares y políticos corruptos. Es porque ha permitido que la usen de este modo que la «ciudad» debe ser castigada.

El segundo grupo de personas cuyas acciones resultan en esta destrucción son la clase empresarial. Los comerciantes. La palabra griega que se emplea aquí describe a comerciantes de grande escala, existiendo otra palabra para describir a los de pequeña envergadura. Son el equivalente económico de los «reyes» antes mencionados. Hoy probablemente usaríamos la palabra «capitalistas», y pensaríamos en los empresarios de las grandes multinacionales.

No nos extraña ver a estos dos elementos unidos en la desaprobación divina. Si observamos el mundo vemos que, en efecto, así suele suceder. La opresión política y militar está estrechamente relacionada con el enriquecimiento de un número reducido de personas que saben aprovechar esas condiciones para su propio beneficio. Lo vemos en Chile, en Sudáfrica, probablemente en los países comunistas, y a las claras en América del Norte y Europa también. La opresión suele generar la «estabilidad» necesaria para enriquecerse, y el trasfondo de injusticia institucional que está adiestrada para ignorar la explotación masiva mientras castiga a los criminales de pequeña escala.

¿En qué consiste el pecado de estos empresarios que resulta en la destrucción de su «ciudad»?

En hacerse ricos, y en un estilo de vida placentero.

—Bueno, —podríamos protestar. —¿Qué tiene de malo hacerse rico, y disfrutar de algunos de los placeres y las comodidades de la vida, mientras no se cometa ningún mal al hacerlo?

Evidentemente tiene mucho de malo. La mentalidad y las prácticas de los ricos puede que sea el peor y más perverso de los pecados cometidos en «Babilonia», puesto que es el que mayor atención recibe en el resto del capítulo. Parece ser que hay algo intrínsecamente perverso en la abundancia de bienes materiales. No nos debe sorprender hallar tal opinión en el Apocalipsis. Después de todo, no es más que un eco de la observación hecha por Jesús mismo acerca de la riqueza: «Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios» (Mat. 19.24). O sea que tal cosa es imposible, en la opinión de Jesús. (Aunque el sentido de su aclaración dos versículos más adelante parece ser que merced a la gracia especial de Dios que es capaz de motivar al hombre para deshacerse de las riquezas ya que estorban, para el rico todavía caben esperanzas.)

Evidentemente hay algo malo en esto de enriquecerse y dejarse seducir por el lujo, de por sí solo. El estilo de vida cómodo que es posible con la prosperidad económica aparentemente tiene un poder maléfico; los objetos brillantes y prestigiosos envuelven con un poder corruptor a los que se asocian con ellos, retorciendo su conciencia y nublando su perspicacia moral.

Vemos esto con gran claridad en los versículos 11 y siguientes. Estos empresarios están tremendamente preocupados por las repercusiones económicas de la caída de «Babilonia». En este punto se interrumpe la narración con una lista larga y detallada de la mercancía con que negociaban. La extensión de la lista sirve para darnos a entender la opulencia de la «ciudad» juzgada. Aquí y en los versículos siguientes, los comerciantes y transportistas se quejan de la pérdida de mercado que acompaña a la crisis aguda del orden económico que les ha traído prosperidad. Hay una ironía mordaz en estas expresiones de tristeza y preocupación. Porque parece que los empresarios que prosperaron y crearon prosperidad para la «Gran Babilonia» pensaban que sus negocios nada tenían de inmoral. Aparentemente nunca sospecharon, o igual nunca les importó, que su mercancía consistía en efecto de… ¡almas de hombres!

En el derroche materialista de la «ciudad», la misma humanidad de los hombres, su fibra más íntima, se veía violada. Estaba en venta, por el precio de la última novedad. Por eso termina esta lista de tal modo, con ese final tan sorprendente: «almas de hombres». Hay algo deshumanizante, una fuerza poderosa que les arranca el alma misma a los hombres, operante en el materialismo y la sociedad de consumo.

La misma temática vuelve a aparecer implícitamente en el versículo 23. Aquí se mencionan paralelamente dos pecados de la «ciudad»: «Tus empresas eran las más fuertes del mundo, y en tu seducción mágica fueron engañadas todas las naciones». ¿Pero acaso no son éstas dos maneras de decir la misma cosa? ¿Acaso no somos testigos del poder seductor y engañador de los métodos de venta y propaganda del orden económico actual? Este orden económico actual tiene como meta la producción de cada vez más objetos y novedades, a los que se lanza al mercado con promesas de satisfacción, felicidad y prestigio social, pero que en realidad son innecesarios, insignificantes e incapaces de dar lo prometido. Y sin embargo, a pesar del engaño, y a pesar de que tantas veces vemos el engaño y sabemos que es engaño, hay una fuerza de atracción que ejercen estos objetos sobre hasta los más precavidos, que bien se pudiera calificar de «magia».

Pero mientras los grandes empresarios y economistas lamentan la condición desastrosa de la economía, hay otro grupo de personas que reacciona de un modo muy distinto (versículos 18.20; 19.1-5). En medio de toda esta angustia y lamentación, ¡los santos festejan! ¡El pueblo de Dios está de fiesta!

Ellos no tienen intereses creados en el sistema económico corrupto. Ellos no se preocupan cuando la economía, una economía falsa, basada en la prosperidad lujosa de la gran «ciudad» y el empobrecimiento del resto del mundo, se tambalea y cae. Cuando la más grande de todas las depresiones económicas llega, imposibilitando el enriquecimiento de los empresarios en sus negocios, que incluyen almas de hombres, su reacción es no preocuparse. No se unen a los movimientos políticos de derecha, que intentan desesperadamente devolver a la «ciudad» su prosperidad perdida. No están entre los que se quejan ante la ruina de la economía, abogando por medidas que agregan sufrimiento a los pobres para poder salvar la situación para los ricos.

¡No!

Cuando la más grande de todas las depresiones económicas mundiales al final destruye el sistema de prosperidad materialista (una prosperidad que de todos modos era artificial; ¡la prosperidad de los pocos en un mundo hambriento!), se alegran al ver que al fin Dios establece su justicia y misericordia.

Gritan: «¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son íntegros y verdaderos. Porque ha juzgado a la Gran Pervertida que arruinó la tierra con su corrupción, y ha vengado la muerte de sus sirvientes a manos de ella.»

…Y bueno. ¿Qué pensaremos sobre esto? ¿Los cristianos tenemos esta actitud? ¿La destrucción final de la economía mundial hallaría eco de alegría en el pueblo de Dios? ¿Hay entre nosotros conciencia de la injusticia impía que supone la prosperidad de unas pocas naciones hoy día? ¿Estamos enterados los cristianos de hoy de que darse el lujo de los placeres materialistas es vender el alma por bobadas? ¿Hay conciencia cabal entre los cristianos de hoy de que la sangre de los miles que mueren cada día a manos de este terrible sistema pervertido clama a Dios pidiendo venganza?

¿O acaso puede ser que los cristianos de hoy están implicados en el sistema? ¿Tenemos mucho que ganar con la recuperación de la economía y mucho que perder con su caída final? ¿Los cristianos de hoy reaccionaríamos con tristeza por la pérdida de mercado, en lugar de festejar la caída de la «Gran Pervertida»?

Es una serie de preguntas importantísimas, puesto que se trata de una cuestión de identidad. ¿Somos, en realidad, «los santos» de Dios? ¿O somos un pueblo apóstata contra quien deberá ejecutarse certeramente el juicio de Dios?

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 38, pp. 269-274]