Actitudes cristianas en tiempos de opresión político religiosa
El capítulo 13 del Apocalipsis de Juan es uno de esos pasajes bíblicos que resultan francamente asombrosos. Está poblado por fieras monstruosas y grotescas, un dragón maligno, portentos, batallas, prodigios maravillosos, y en su final, el tenebroso y siniestro desafío: «El que entienda, calcule el número del monstruo, que es un número de hombre. Ese número es el 666.»
La primera tentación que tiene el lector de este capítulo es querer ser uno de los que «entienden» y dar rienda suelta a la imaginación para descubrir el significado escondido en estas palabras. Existen fantasías aun más fantásticas que el Apocalipsis mismo, que queriendo pasar por teología no son más que un reflejo del subconsciente del supuesto intérprete de las Sagradas Escrituras. Me propongo a continuación algo mucho más limitado: Quisiera extraer algunas lecciones acerca del comportamiento cristiano en situaciones límite.
Porque a mi juicio la situación descrita en los capítulos 13 y 14 del Apocalipsis es la situación normal de la humanidad en todas las edades. La naturaleza de Dios, la naturaleza del Hombre, y la naturaleza de la sociedad humana no han cambiado en los dos mil años desde que escribiera Juan. Tampoco ha cambiado la naturaleza del conflicto entre el bien y el mal. Por ese motivo creo que el comportamiento del cristiano, en medio de este conflicto entre el bien y el mal, debe ser el mismo hoy, que el que debía caracterizarle en un tiempo en el que la clave numérica (666) servía para identificar al enemigo.
Y la mención del enemigo (monstruo, bestia, fiera, dragón, o lo que quieras llamarle) nos trae a nuestro título. Porque en él hemos dado a entender que estos capítulos nos hablan de tiempos de opresión político religiosa. Y esto tampoco ha cambiado desde los tiempos de Juan. Si bien la unión de religión y política opresiva suele ser mucho más sutil en nuestro día (salvo excepciones como la de Sudáfrica o Irán). En un mundo secularizado es natural que la religión también se secularice, que vaya disfrazada de «materialismo dialéctico», o que se bautice con el nombre de «tecnología», la gran Madre Salvadora en la que cree nuestra generación. La religión, o sea aquello que le da al hombre su sentido de la vida, sus valores, su esperanza, ha estado íntima y estrechamente unida al poder político en todas las edades. Lo ha estado cuando el emperador romano era tenido por dios, lo ha estado cuando el catolicismo inquisidor español, y lo está en las sociedades tecnológicas y materialistas de hoy.
Y en las sociedades humanas, en las que como regla general el Estado se define a sí mismo religiosamente como representante y defensor de todo lo que realmente importa en la vida (el orden, la estabilidad, la economía nacional, la integridad nacional, por ejemplo) todo disidente es objeto de opresión. Quien responda a otra escala de valores que la oficial, quien cuestione la moralidad de ese orden, esa estabilidad, economía nacional o integridad nacional, ha de ser suprimido. Por lo general no importa el credo que confieses, el dios que adores, los rituales que satisfagan tu necesidad de sentirte en contacto con el «más allá», con lo inexplicable. Pero si esa tu religión te lleva a obrar en contra de los fundamentos injustos de la sociedad misma, entonces tu falta de ortodoxia deberá ser castigada.
Y esa es la problemática en la que se encuentra el cristiano. (Tanto el cristiano de hoy, como Juan el de Apocalipsis.) Inspirado por su conocimiento del Dios liberador de los hebreos (el Dios de los oprimidos, de los pobres, de los sufrientes), alentado por la enseñanza de un nuevo orden predicada por Jesús en aquel monte de Galilea, y lleno del poder del Espíritu Santo que hoy día rompe los esquemas, el cristiano es un hereje, un cuestionador. Y contra tales entrarán en juego las armas políticas y opresivas de las que siempre se ha servido la ortodoxia social. En el lenguaje figurado y poético del Apocalipsis:
[Al monstruo] también se le permitió hacer guerra contra los que pertenecen al pueblo de Dios, hasta vencerlos; y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo lengua y nación. A ese monstruo lo adorarán todos los habitantes de la tierra cuyos nombres no están escritos desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero que fue sacrificado.
| Si alguno tiene oídos, oiga: |
| "A los que deban ir presos, |
| se los llevarán presos; |
| y a los que deban morir a filo de espada, |
| a filo de espada los matarán." |
| Por eso, los que pertenecen al pueblo de Dios necesitan fortaleza y fe. |
Después vi otro monstruo, que subía de la tierra. Tenía dos cuernos que parecían de cordero, pero hablaba como un dragón. Y tenía toda la autoridad del primer monstruo, en su presencia, y hacía que la tierra y los que viven en ella adoraran al primer monstruo, el que había sido curado de su herida mortal.
Además, hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, les pusieran una marca en la mano derecha o en la frente. Y nadie podía comprar ni vender, si no tenía la marca o el nombre del monstruo, o el número de su nombre. (Apoc. 13.7-12,16-17)
La actitud cristiana. Frente a todo esto, hay dos palabras que describen la actitud cristiana. Recordemos que el párrafo que hemos citado pone que las fuerzas del mal lucharán y vencerán contra el pueblo de Dios. El «monstruo» tiene autoridad para encarcelar, torturar, y asesinar a los cristianos que se le opongan. Las palabras que resumen la actitud cristiana en estas condiciones son hypomonée (en griego), y «fe». He visto hypomonée traducido al español con las palabras «paciencia», «perseverancia», y (en la versión que hemos citado aquí) «fortaleza». Yo personalmente prefiero la palabra «aguante». Se supone que el cristiano es un aguantador en medio de las dificultades, alguien que sabe aguantar con fe cuando las cosas van mal. La persona con «aguante» es capaz de soportar, de quedarse firme, de ser constante e inmutable ante la violencia a la que se le somete. Pero también es capaz de resistir activamente con valentía frente a las intimidaciones. A la vez, sabe aguardar con paciencia, esperando con expectativa confiada la salvación del Señor. Por eso aguantar no es solamente tener paciencia, puesto que el mismo hecho de aguantar supone un desafío al mal. Significa resistir activamente contra el poder del enemigo, y no solamente sufrir de una manera pasiva.
En la Biblia la palabra hypomonée (aguante) indica muy especialmente una relación con Dios. Significa que al perseverar, al aguantar, hay una dependencia y esperanza en Dios. El que aguanta lo hace porque tiene una fortaleza interior que viene por aferrarse a Dios, por no dejarse confundir, sino tener completa confianza en Dios. Por eso tenemos aquí unidas las dos palabras, «aguante» y «fe». Se aguanta precisamente porque se tiene fe. Porque se sabe con la certeza de la fe que Dios también resiste contra el mal, que Dios tendrá la última palabra, que el bien ha de tener la victoria final. Si no se conociera a Dios, sería imposible mantenerse firme, intransigente, puro y desafiante, ante todas las aparentes victorias del mal. Sin la fe, habría que ser «prudente» y bajar la cabeza, refugiándose en una religiosidad interior y «espiritual» que no supone un reto aguantador contra el «monstruo» de las injusticias de nuestra sociedad.
En medio de este capítulo tan barroco y oscuro, de repente hay una frase que llama la atención: «Si alguno tiene oídos, oiga». Hemos llegado aquí a la médula del asunto. Hemos llegado aquí a lo importante, al mandamiento para el comportamiento del cristiano. Y a continuación sigue la instrucción de no resistir al mal con el mal. Si te llevan preso, ¡que te lleven preso! Si te matan, ¡que te maten! Porque así se comprueba la capacidad de resistencia y aguante y fe de los cristianos. Ese aguante se demuestra al ser capaces de resistir la tentación de recurrir a la violencia para evitar ser víctimas, la tentación de la transigencia con el «mal menor» contra el «mal mayor» del enemigo. «Si cárcel, ¡cárcel!, si muerte, ¡muerte!, pero yo me quedo firme en mi fe en el Señor. Por eso no me defiendo por medios violentos, sino que estoy dispuesto a sufrir en lugar de hacer sufrir.»
La resistencia contra el mal que protagoniza el cristiano es otra. Es la resistencia de las obras buenas contra un mundo lleno de maldad. Estas buenas obras, estas acciones desinteresadas que traen el bien al prójimo, pueden parecer poca cosa en vista del dominio del mal en el mundo. Pero no son poca cosa. Son señales del nuevo orden, del reino de Dios, de la presencia de una nueva sociedad, justa y armoniosa, que osa levantarse en medio de las ruinas morales que nos rodean. Sus acciones de obediencia confiada al Señor tienen un impacto más allá de la muerte, porque desde que Jesús resucitara, estamos enterados de que la muerte no es el final. Por eso, lo que hacemos importa. Por eso, nuestra acción simbólica es más que sólo un símbolo. Por eso, la nueva sociedad que vivimos en nuestras comunidades cristianas tiene un impacto mucho más grande que el que pudiéramos esperar o imaginar… al vernos tan débiles y pequeños entre tanta maldad que hay en el mundo.
Por eso, los que pertenecen al pueblo de Dios, los que obedecen sus mandamientos y siguen fieles a Jesús, necesitan «fortaleza» [hypomonée, aguante].
Entonces oí una voz del cielo, que me decía: «Escribe esto: “Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor"».
Sí—dice el Espíritu—, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan.
[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 39, pp. 275-280] |
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