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Actitudes cristianas en tiempos de persecución

Porque, en realidad, de eso se trata. De tiempos de persecución. Por eso está Juan en la isla de Patmos, sufriendo quién sabe qué incomodidades por su fe… y sometido a la tortura de su mente con sus cuestionamientos, sus «¿Por qué?», sus dudas. Y allí, en medio del desastre, en medio de sus meditaciones (entre las que figuran, sin duda, el reconocimiento de la infidelidad incipiente de la Iglesia reflejado en los capítulos 2 y 3), repentinamente cobra una nueva visión. ¡La visión de un Cristo Victorioso! La aparición de un personaje resplandeciente, glorioso y triunfante. La visión de un cordero como inmolado, ¡débil!, a quien le es dada (porque, increíblemente, ¡vive!) la autoridad para abrir los sellos de los secretos de los propósitos del tiempo y del Universo.

Estoy convencido de que para realmente entender el libro de Apocalipsis hay que estar sufriendo la persecución. Solamente así se puede recibir de él la inefable consolación, la restauración de ánimos caídos, la esperanza necesaria (o sea necesitada)… para lo que fuera escrito en tiempos de persecución. Con lo cual confieso que yo no acabo de entender este «libro» en su totalidad.

…Aunque sí soy capaz de darme cuenta de que es un libro que funciona como un buen poema o como una sinfonía: creando un estado de ánimo más que un sistema teológico; dirigiéndose al subconsciente y al espíritu mediante ráfagas a veces casi incoherentes de imágenes visuales y sonoras, más que al intelecto que busca ponerlo todo en orden. Y puedo ver que la visión de Juan no ha sido una visión de la Historia, ni siquiera del fin de la Historia, sino una visión de Jesús…

El Apocalipsis nos da una visión de esperanza. Una esperanza de salvación evangélica por medio de Jesús, mediante las armas salvadoras de Jesús contra la violencia y la maldad egoísta del mundo. Y su arma es la Palabra. Nada más que eso. La pronunciación divina. O sea, «la espada de su boca». Con ella vence contra todas las manifestaciones de maldad que el Hombre en los oscuros y retorcidos rincones de su putrefacta rebelión contra su Creador inventa. La suprema esperanza: cuando la sociedad humana (¡o los hombres que la componemos!) nos transformamos en dragón, fiera bestial, monstruo, ejércitos armados, manipulación psicológica, demagógica o totalitaria, el Cordero que fue capaz de morir en lugar de transigir con el mal indica el camino hacia la salvación. Y con esa autoridad se sienta en el trono y establece el nuevo orden cósmico.

Porque la muerte no es el final. Y esta es la certeza que tenemos en Cristo. Algo muy distinto a la esperanza en la reencarnación. Porque la esperanza cristiana es más que la esperanza en la continuidad de mi vida más allá de la muerte. Es la esperanza en un nuevo orden, en un nuevo Universo totalmente «otro» que el presente.

No tengo idea de lo que puede haber pensado Juan cuando escribía de un cielo nuevo y una tierra nueva, y de la ciudad celestial, la Nueva Jerusalén con calles de oro, iluminada por la gloria eterna de Dios. Pero puedo mencionar algunas de las ideas que esas imágenes despiertan en mí; la manera en la que yo, de un modo muy imperfecto, me trato de hacer concreta la esperanza apocalíptica.

Por ejemplo, la cosmología contemporánea, basada en los cálculos de los físicos, matemáticos y astrofísicos de nuestro siglo, nos hablan del fin del Universo. Eso, dada la relación del tiempo con la materia y la energía, significa a su vez el fin del tiempo. Todo es relativo, pasajero… ¡hasta el tiempo mismo! El Universo, según nos dicen, probablemente comenzó hace aproximadamente 20.000 millones de años, y a no ser que se descubra algo que indique lo contrario, así como surgió también dejará de existir. «Antes» del comienzo del Universo es imposible. Porque si no existía el Universo tampoco existía el tiempo, y entonces «antes» no tiene significado. Lo mismo sucede «después» de que se acabe. Si no hay materia ni energía, «después» es un concepto imposible.

Pero el final del Apocalipsis, ese glorioso final de la Biblia, me habla de un «después». De un «después» que, a ver si nos entendemos, no tiene que venir después de ahora, ya que como «después» es imposible, y por lo tanto tiene que ser completamente «otro», completamente distinto a lo que ahora conocemos como «después». Un «después» como cuando Jesús le dijo al ladrón crucificado a su lado: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». O sea, sencillamente, un tiempo que no es nuestro tiempo, perteneciente a un Universo que no es nuestro Universo, con galaxias, si las tiene, completamente «otras que las nuestras, con química y física y matemáticas, si las tiene, completamente distintas también.

Y yo necesito un «después». Puedo contemplar con relativa calma mi propia muerte. Pensar que en un par de miles de millones de años este planeta deje de existir me asusta un poco más. Imaginar cómo se van apagando las estrellas, las galaxias, el Universo y el tiempo mismo me aterra. Junto con ellos desaparece todo lo que sé, todo lo que he conocido, todo lo que he tomado por «cierto».

Todo menos aquello acerca de lo «otro» que he aprendido mediante Jesús. Como por ejemplo, saber que lo «otro» existe, esa «tierra nueva», ese «cielo nuevo», esa nueva «Jerusalén». Y en su centro, aquel a quien conozco en lo más íntimo de mi ser porque quiso intimar conmigo: Dios, el Creador del Universo y de lo «otro». Y como Primer Ciudadano, Jesús, mi caudillo, salvador y maestro.

También sé que lo voy a pasar muy bien. La figura que aparece en estos capítulos finales, para que nos demos una idea del ambiente que se va a respirar, es la de la fiesta de una boda. Risa, comida a montones, amor, recuerdos nostálgicos, chistes y un buen vino. ¡No me lo quiero perder!

Aunque siento una tremenda tentación de confesar mis fantasías y sueños acerca del paraíso, no lo haré. Porque sé que el paraíso será mucho más divertido, más cómico, más lindo que todo lo que pueda fantasear. Será la culminación de todos mis anhelos, los anhelos más profundos de mi ser. Aquellos anhelos de los que probablemente ni me doy cuenta más que alguna que otra vez cuando duermo, o cuando casi sin saber por qué… lloro conmovido por mi anhelo de Dios, del Dios vivo a quien amo y cuyo Amor necesito más que la vida.

Y entre mis anhelos y los de todos los hombres, figura el de una sociedad justa, equitativa y basada en valores tales como el amor, el compañerismo, la confianza y el honor. Por eso está claro que: En cuanto a los cobardes, los incrédulos, los odiosos, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican la brujería, los que adoran ídolos, y todos los mentirosos, a ellos les tocará ir al lago de azufre ardiente, que es la segunda muerte (Apoc. 21.8,9). O sea que si nos interesa la sociedad perfecta del «después», de lo «otro», es necesario irnos adiestrando en sus valores ahora y en este mundo.

Es el conocimiento de lo transitorio y pasajero de la realidad presente, lo que nos hace capaces de aguantar intransigentes y firmes en esta realidad. Nos hace capaces de denunciar las injusticias e imperfecciones de la sociedad en la que ahora nos toca vivir, porque hemos conocido al Primer Ciudadano de aquella otra sociedad, a Jesús. Nos hace capaces de rechazar el egoísmo y la búsqueda desenfrenada de placeres para saciar nuestros anhelos profundos, porque tenemos ya con nosotros al Dios que colmará nuestros anhelos.

Y al que sufre persecuciones por seguir a Cristo (supongo; no lo he vivido) le hace capaz de no tenerse lástima y sentirse una víctima, sino más bien desafiar con intransigencia el mal… hasta la muerte misma si falta hiciere.

[Dionisio Byler, 1988, Como un grano de mostaza, capítulo 40, pp. 281-285]