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  Nº 122
Mayo 2013
 
  Diccionario de términos bíblicos y teológicos

justificación — Acción y efecto de justificar.  Operación de gracia sobrenatural, por la que el ser humano se hace justo ante Dios.

1.  Este término ha sido objeto de bastante especulación teológica —en gran medida edificante, por qué no— como explicación de la gracia divina que hace posible la salvación humana para evitar el castigo eterno.

Así nos centraríamos en la idea de justificar como dar explicaciones o presentar alegaciones que eximen de sufrir las consecuencias negativas de una acción.  Cuando alguien comete una infracción de tráfico y lo pilla la Guardia Civil, lo primero que hace es intentar justificarse explicando las circunstancias atenuantes (no haber visto la señalización pertinente, por ejemplo), con la esperanza de que estas explicaciones eviten la multa correspondiente.  Si alguien falta al trabajo por estar enfermo, tiene que presentar el justificante médico que acredita que está exento de ir a trabajar.  Esa documentación justifica lo que en otras circunstancias no habría sido una conducta justa en relación con su trabajo.

Es en este sentido de un justificante externo por el que se consigue evitar las consecuencias negativas de la conducta propia, que se explica a veces el término «justificación» en la teología.  El ser humano debería pagar con sufrimiento y condena eterna de su alma, su condición de pecador.  Cristo sin embargo sufrió él mismo nuestra condena en la cruz y con el derramamiento de su sangre, de tal manera que si podemos alegar fehacientemente estar cubiertos por ese pago de nuestra culpa, quedaríamos libres de condenación y podríamos gozar de gloria eterna.  Tendríamos entonces el justificante de que nuestros pecados ya han sido pagados por Cristo y que por eso no tenemos que pagarlos nosotros.

2.  A mí me parece que es por lo menos tan natural pensar en nuestra justificación como esa obra del Espíritu Santo en nuestra vida que nos hace justos.

No es que haga que parezcamos justos aunque no lo seamos.  Ni tampoco que aunque somos injustos, Dios no nos lo tendrá en cuenta.  No.  Lo que hace la obra del Espíritu Santo en nosotros a lo largo de nuestra vida siguiendo a Jesús, es transformarnos en personas justas.  Personas que actúan con justicia, que actúan como es debido, como es justo.  Personas que estamos aprendiendo a amar, respetar y adorar a Dios como es natural que hagamos.  Personas que estamos aprendiendo a tratar al prójimo, a la Creación, incluso a nuestros enemigos, como Dios considera que es justo tratarlos.

Yo soy muy ambicioso y no aspiro a menos en la vida, que a ser justo de verdad.  No solamente parecer justo ni poder presentar excusas y eximentes por no serlo, o presentar un justificante de que a mí la justicia no se me exige porque gozo de exención y privilegio para no tener que ser justo.  No, no, a mí lo que me interesa es llegar a ser justo.  Como mínimo, justo en la opinión de Dios.  Y si es posible, justo también en la de mis semejantes.

Pero, ¿cómo llegar a ser justo?  ¿Cómo abandonar estos viejos hábitos de egoísmo, insolidaridad, autocomplacencia, orgullo, acaparamiento de bienes para mi disfrute personal…?  ¿Cómo conseguir que se me hagan habituales el amor, la compasión, la limosna, el perdón, el pensar siempre lo mejor de los demás y hacer vista gorda a sus defectos, el trato siempre respetuoso y dignificante…?  ¡Dios mío, qué lejos estoy de alcanzar el objetivo!

Y aquí es donde opera el don sobrenatural de la Gracia divina, la actividad del Espíritu Santo, que es quien nos santifica y transforma.  Me es imposible decirlo mejor que Pablo: «Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2 Cor 3,18 Biblia de las Américas).

La transformación que yo soy incapaz de realizar en mi propio ser, él está efectuando en mí.  Con paciencia y tenacidad, día tras día, a lo largo de años y décadas, estoy siendo transformado.  Tengo que poner de mi parte y mucho, claro está; pero esta transformación es obra de Dios.  Y confío que cuando traspase el umbral de esta vida a lo que hay después, Dios sienta la misma satisfacción que siento yo cada vez que noto algún pequeño progreso.  Y que entonces diga él para sus adentros:  «Este es un hombre justo; tal vez no del todo ni perfecto, pero desde luego mucho más justo que cuando empecé con él.  Da gusto ser su Dios y su Padre».

Porque lo justo, dada nuestra condición, es encomendarnos al Espíritu de Dios para que nos cambie hasta parecernos a Jesús, el Justo.

—D.B.

 
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