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  Nº 135
Julio-Agosto 2014
 
 
Rituales cristianos de transición
1. Dedicación al Señor, de hijos y padres
Dionisio Byler

Dedicación

Antiguamente las tradiciones mayoritarias del cristianismo venían entendiendo que nuestros bebés nacen bajo una maldición de perdición eterna, de la que podían salvarse por virtud del ritual del bautismo. Acompañando un acto ritual con las palabras correctas, se conseguía quitar al bebé de la lista de los condenados para añadirlo a la de los salvados. Hoy esa mayoría de las iglesias, que siguen bautizando bebés, ya no tienen una forma tan «mágica» de entender lo que están haciendo —pero siguen bautizando bebés.

Hablaremos de cómo se entiende el bautismo cristiano desde la tradición anabautista o menonita, en otro artículo de esta serie. De momento, baste decir que en nuestras comunidades, cuando una familia se presenta ante Dios y la iglesia con su bebé, no estamos expresando un temor a que ese bebé haya nacido condenado ni tampoco estamos haciendo nada que tenga que ver con lo que fue el bautismo en tiempos del Nuevo Testamento.

En nuestras comunidades veníamos cubriendo con oraciones a la madre y a su feto desde que se conoció el embarazo. Nuestros hijos llegan al mundo bendecidos multitud de veces por sus propios padres cristianos en sus oraciones a diario, y por su comunidad cristiana en ocasiones múltiples. Nacen en la Luz y serán criados en la Luz, en hogares que preside Cristo, hogares de oración y devoción sencilla y sincera a Dios, hogares de perdón y paz y reconciliación, aunque a veces también hogares donde habrá que superar tensiones y voceríos e impaciencia…

No vivimos atemorizados por el destino eterno de nuestros hijos si por alguna desgracia nos los arrebatara repentinamente la muerte. Entendemos que es largo el camino hasta alcanzar la plenitud de facultades morales, sociales, psíquicas y espirituales propias de seres humanos adultos. Toda esa larga trayectoria, que en algunos casos precoces puede llegar tan temprano como los 12-13 años y en otros especialmente tardíos puede retrasarse hasta los veinte y pico años, viene cubierta por la autoridad espiritual de sus padres cristianos —y de la comunidad cristiana a que éstos están integrados.

Los niños pasarán una etapa inicial de credulidad, donde aceptan con la más absoluta naturalidad todas las historias bíblicas y todos los milagros. Saben intuitivamente pedir con confianza en oración a Dios y muchas veces verán respuestas milagrosas a su confianza y sus oraciones. Esa credulidad infantil no es todavía fe cristiana madura y decidida, pero es maravillosa y admirable y muchas veces nos conmueve profundamente a los adultos, que más o menos la envidiamos y desearíamos poder recuperarla…

Pasarán después, algunos mucho antes que otros, etapas de duda, de descreimiento, de cuestionar toda autoridad —por consiguiente también la autoridad de Dios, de la Biblia y de la iglesia. En algunos jóvenes y sus familias esta etapa puede ser más o menos traumática y difícil de sobrellevar, en otros casi ni se nota. La transición de credulidad infantil a fe adulta no tiene por qué ser difícil, pero muchas veces resulta que lo es. Sin embargo estos vástagos de nuestra comunidad siguen bajo la protección espiritual de sus padres y de la iglesia. Sus pecados y rebeliones juveniles, expresión de la evolución de su psicología y personalidad e individualidad que se va afianzando, no nos asustan ni nos meten temor por su destino eterno. Son actitudes tan variables e inmaduras como lo había sido antes esa credulidad e inocencia infantil. Sabemos que Dios no se las tendrá en cuenta mientras no cristalicen en actitudes adultas inamovibles.

Es esta fe y confianza en Dios para los años formativos de nuestros hijos, lo que venimos a expresar cuando los padres cristianos traemos a nuestro bebé recién nacido a la comunidad y nos presentamos toda la familia ante el Señor, en un acto ritual, simbólico y público.

Junto con esa fe y confianza, nos presentamos para declarar que como padres, queremos ver siempre a nuestros hijos con la benignidad y el amor y la paciencia infinita con que los ve Dios. Venimos a renovar nuestra vocación de ser una familia cristiana. Una familia donde gobierna Jesús desde el interior de nuestros corazones. Una familia de oración, de amor al prójimo y solidaridad humana. Una familia que encarna los valores cristianos, donde los hijos aprenderán —sin reparar en ello— a esperar y confiar en Dios en todo tipo de circunstancia y a perdonar ofensas.

Venimos también, por fin, a implorar una vez más la bendición de Dios sobre nuestra familia y sobre este bebé, bendición que nos expresará toda la comunidad en este mismo ritual de presentación ante el Señor.
No solamente dedicamos al Señor a este bebé nuevo que nos ha nacido. Nos dedicamos a él toda la familia, en el seno de la comunidad cristiana.

 
Rituales cristianos de transición:
  1. Dedicación al Señor de hijos y padres
  2. Mayoría de edad espiritual
  3. Fin de estudios secundarios / Inicio de vida laboral o de carrera universitaria
  4. Bautismo / Ingreso formal a la iglesia como miembro
  5. Boda
  6. Reconocimiento formal para algún ministerio
  7. Parto
  8. (Ver Nº 1) Dedicación de padres e hijos
  9. Unción con aceite por enfermedad
  10. Fin de la vida laboral / Inicio de vida de jubilado
  11. Defunción de pareja / Divorcio
  12. Funeral

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