La familia de Dios:
Modelos bíblicos de autoridad, por Dionisio Byler
Congreso Anabautista del Cono Sur — Uruguay, enero de 2007
Sobre hijos y esclavos
Quisiera empezar mis reflexiones sobre modelos bíblicos de autoridad con un episodio en la vida de Jesús con sus discípulos. Pero antes de poder llegar a ese texto, es necesario hablar sobre la ambigüedad que entraña una palabra griega, porque esa ambigüedad puede en sí misma encerrar el sentido de lo que en esta ocasión intentaba enseñar Jesús.
Primero, entonces, es necesario reiterar mi comentario del otro día acerca de la esclavitud como un fenómeno social ampliamente difundido y profundamente aceptado en tiempos bíblicos. Desde una muy remota antigüedad la esclavitud venía siendo una institución tradicional, ensamblada tan plenamente en la sociedad y en la economía, que resultaba invisible. Es decir que aunque todos podían entender que verse reducido a la esclavitud era un destino casi tan oscuro como la muerte —tal vez peor que la muerte— a nadie se le ocurría que fuese posible cuestionar la esclavitud en sí como un hecho siempre presente en la sociedad humana.
Por definición el esclavo no existía como persona jurídica, como objeto de derechos humanos. En ese sentido el esclavo y el menor de edad se hallaban en una condición parecida. Así Pablo podía poner a manera de ejemplo de verdades espirituales, en Gálatas 4,1-7, que el hijo del señor de la casa padece la misma falta de derechos que el esclavo hasta que por fin llega a la edad madura, cuando es reconocido como heredero, con todos sus derechos. Pablo describía así la diferencia entre ser esclavos a la ley y ser hijos de Dios por el Espíritu. Pero el ejemplo lo toma Pablo de algo tan cotidiano, la esclavitud, que los propios esclavos resultan invisibles. Su condición —si les es propia la esclavitud por nacimiento— no merece comentario.
De hecho, este ejemplo que pone Pablo en Gálatas 4 funciona como enseñanza sobre la importancia de alcanzar la madurez espiritual, porque en la sociedad romana tanto los niños como los esclavos carecían de los derechos humanos propios de un adulto. Ante la sociedad, los niños y los esclavos carecían de humanidad plenamente desarrollada y por tanto carecían también de derechos humanos plenos. Mientras el hijo fuese un menor, el pater familias —el padre de la familia— podía declararlo ilegítimo y venderlo como esclavo. Y podía declarar hijo legítimo suyo al hijo de una esclava y reconocerlo como hombre libre y como su heredero. De ahí la importancia de llegar a la edad madura espiritual y ser declarados hijos de Dios y no esclavos de la Ley. El ejemplo conectaba con los temores y las pesadillas de todos los que habían sido niños en una sociedad esclavista.
El idioma griego de la época refleja fielmente esta situación. Las palabras pais y su diminutivo paidíon, pueden indicar un niño, menor de edad; pero también pueden indicar un esclavo y no siempre es posible saber cuál acepción tenía en mente un autor. Daba lo mismo, porque jurídicamente el esclavo, aunque tuviera 90 años, siempre era menor de edad. A efectos legales siempre sería niño, nunca podía ser adulto.
[SIGUE...]
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