Corrientes anabaptistas: La historia en conversación con el presente
Anabaptist Currents: History in Conversation with the Present
Carl F. Bowman and Stephen L. Longenecker, eds.,
Copyright © 1995 Forum for Religious Studies,
Bridgewater College, Bridgewater, Virginia, EE.UU.
Traducción: Dionisio Byler, 2008, para www.menonitas.org
Conversación IV-1 — El culto anabaptista Instantáneas del culto de los anabaptistas o menonitas «suizos»
por John L. Ruth
Durante mi niñez y juventud adoraba en una congregación misional menonita en un emplazamiento rural de la parte oriental de Pennsylvania. Allí vivíamos una imitación de las rutinas de las iglesias locales más grandes y tradicionales de la «Conferencia de Franconia» que fundaron la nuestra. En 1949, con diecinueve años de edad, me trasladé a una misión urbana y fui ordenado al ministerio de la misma con veinte años, permaneciendo allí durante siete años. Allí adorábamos con coritos para niños y cantábamos del himnario no denominacional Triumphant Service Songs. Hasta ese momento nunca había reparado en tal cosa como «un legado anabaptista», aunque sin duda encarnábamos algunas reminiscencias del mismo.
Entonces, durante varios años, asistí a la Memorial Church en Harvard Yard. Fue un encuentro intenso: oír predicar al afamado George Buttrick, intentar relacionar de alguna manera coherente esta elocuencia impresionante con nuestras experiencias en un salón alquilado de misiones urbanas, procurar hallar algún tipo de mutua influencia entre ambas cosas. El caso es que en Harvard oímos toda una procesión de predicadores estrella: Martin Luther King, Jr., James McCracken, Reinhold Niebuhr, Ralph Stockman, Paul Tillich, etc. Daba un peso añadido a la mañana el escuchar al presidente de la universidad, Nathan Pusey, cuyo retrato figuraba en una portada reciente de la revista Time, leer la lección del Antiguo Testamento. Oír cantar ese coro maravillosamente afinado y ensayado nos iba llenando de expectativa, que se acrecentaba con la lección del Nuevo Testamento y culminaba cuando el predicador ascendía al púlpito. Las personas se acomodaban en sus bancos, sabiendo que lo que ahora tocaba iba a ser muy bueno. Y siempre lo era: estimulante, de miras amplias, incisivo, sensible, al día. Treinta años más tarde, todavía recuerdo algunos de aquellos sermones. Todo sucedía en el plazo de tiempo asignado y salía a la perfección.
Después de la bendición final, la congregación (normalmente lleno a tope el templo) desaparecía con una rapidez que dejaba desorientado a una persona de trasfondo menonita. En la asamblea de los Menonitas del Antiguo Orden o de los Amish o de los Hermanos, nadie se marcha a toda prisa en cuanto acaba; los niños se escurren pero los adultos tardan un poco en llegar hasta el final del banco, saludando a diestra y siniestra; luego van saliendo poco a poco, siempre en conversación, en grupitos y corros. Pero en esta congregación en Harvard la congregación parecía desaparecer en un instante, como por arte de magia. Como mi esposa y yo no teníamos el hábito de marcharnos tan rápido, siempre acabábamos siendo los últimos en llegar a la puerta. Un domingo escuché una conversación animada mientras salíamos, como si algo todavía estuviera pasando. Llegando al atrio descubrí un fenómeno que me resultaba familiar: un grupo de menonitas (de la región de Boston) estaban «visitando». Para ellos, el «culto» no había acabado de terminar hasta que hubieran restablecido su comunión fraterna, completando así lo que significaba para ellos «congregarse» o «reunirse». Esta manera de entenderlo sin lugar a duda nos deviene de la época y los valores de los anabaptistas.
[SIGUE...]
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