Corrientes anabaptistas: La historia en conversación con el presente
Anabaptist Currents: History in Conversation with the Present
Carl F. Bowman and Stephen L. Longenecker, eds.,
Copyright © 1995 Forum for Religious Studies,
Bridgewater College, Bridgewater, Virginia, EE.UU.
Traducción: Dionisio Byler, 2008, para www.menonitas.org
Conversación IV-2— El culto anabaptista
De lo que significa congregarnos
por Robert R. Miller
Extendían sus brazos y se golpeaban el pecho y gemían durante sus oraciones. Era imposible entender ninguna palabra que pronunciaban puesto que constantemente elevaban sus ojos al cielo y gimoteaban, «bufando y respingando como un jamelgo cansado que tira de un carro pesado».
Esta descripción nada halagadora de la oración de los anabaptistas puede tipificar el reto que emprende la presente ponencia: sugerir formas contemporáneas de culto que puedan ser expresivas y a la vez fieles a nuestro legado anabaptista. Con toda la riqueza y profundidad que pueda tener nuestra tradición de culto, hay que preguntarse si a veces nuestros cultos anabaptistas, hoy día, no harán recordar también a los participantes y observadores, aquel «jamelgo cansado que tira de un carro pesado».
Culto
El culto se ha definido de diversas maneras. En el inglés medieval, la palabra worthscipe (de donde deriva la palabra moderna worship) venía a significar «atribuir a Dios los méritos que Dios se merece». James White define el culto cristiano como «el acto deliberado de procurar acercarse a la realidad en su nivel más profundo, tomando consciencia de Dios en y por medio de Jesucristo, y como respuesta a esta consciencia».
Para los anabaptistas, entender que la liturgia abarca el culto y también el trabajo es meridional para su identidad. William Willimon nos recuerda que «el “culto” no sólo tiene que ver con lo que sucede en determinado lugar y momento sagrado, sino con la totalidad de la existencia del cristiano. El término hebreo ‘abad (servir) se emplea tanto para el trabajo como para el culto». Aunque se suele asociar con determinadas formas de orden de culto —y en algunos casos con la Eucaristía— el término griego leiturgia significa literalmente «la obra del pueblo». Como observa Ken Morse, «puede significar un servicio al mundo realizado a través de la iglesia, tan propiamente como referirse a actos de culto público».
De manera que «liturgia» tiene un sentido doble. Y lamentablemente, los anabaptistas adolecen de un desequilibrio litúrgico, habiendo enfatizado la dimensión de las obras y rebajado la dimensión de adoración. Y lo que resulta más desconcertante es que tal desequilibrio puede poner en peligro la vida. Rebecca Slough hace referencia a la comunidad Sojourner’s en Washington, D.C., cuyo «énfasis primordial fue al principio el servicio y la justicia social […] pero pronto descubrieron que no podían mantener ese ministerio sin una vida dinámica de adoración». Aunque las comunidades contemporáneas de Hermanos y de Menonitas pueden sobrevivir, rebajar la dimensión litúrgica que se expresa como culto o adoración ha contribuido a una desnutrición espiritual. Si quieren evitar parecerse a aquel «jamelgo cansado que tira de un carro», tendrán que aprender a mantener una tensión creativa entre ambas dimensiones litúrgicas: la del culto y la de sus obras.
La insistencia anabaptista en que el culto abarca la totalidad de la vida y no sólo el ámbito religioso, guarda relación estrecha con su manera de entender los sacramentos. Un punto determinante de discrepancia con la Iglesia Católica fue el rechazo anabaptista de los sacramentos como opus operatum, como algo que tiene en sí mismo y por sí mismo un poder para trasmitir la gracia de la vida eterna. Con ello «no pretendían negar la dimensión sacramental en la vida sino expresar que toda la vida se halla bajo el dominio divino y es por tanto especial».
[SIGUE...]
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