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Juan Driver, La fe en la periferia de la historia (eds. SEMILLA y CLARA, 1997)

Prefacio

Hace más de veinte años, en Buenos Aires, escuché al profesor Enrique Dussel bosquejar su visión para escribir una historia de la Iglesia desde el lugar del pueblo humilde y sin poder. Como heredero espiritual de la reforma radical, tal enfoque me pareció la manera más indicada para contar nuestra historia. Desde esa perspectiva, este libro narra una versión de la historia del pueblo cristiano. Se trata de una historia alternativa. Describe la historia tal como es percibida por los marginados; por los «pequeños», como Jesús solía llamarlos en los Evangelios; por los «herejes», como se han denominado desde el tiempo de Constantino; por los movimientos minoritarios, al estilo de las minorías abrahámicas y mesiánicas de la historia bíblica. Los sujetos y protagonistas que aquí narran su historia son los pobres y los oprimidos. Cuando todo parecía indicar que no tendrían acceso a la salvación, son ellos, precisamente, los que se han visto sorprendidos por la gracia de Dios y por su iniciativa misericordiosa. Ellos protagonizan una historia de testimonio mediante una misión profética sellada con el martirio. Es la historia de un pueblo que, sin contar con el poder humano, se siente llamado por Dios a participar de su misión en el mundo.

Este relato de las memorias del pueblo de Dios no destaca primordialmente los concilios ecuménicos, con sus debates teológicos y con las definiciones dogmáticas que resultaron de sus deliberaciones. Tampoco incluye la historia de las relaciones de los emperadores y príncipes con el papa y los obispos, en sus esfuerzos por resolver los problemas de la cristiandad, tanto en la Iglesia como en el imperio. Ni siquiera repasa las cruzadas ni las conquistas, emprendidas en nombre de Dios y en pro de la «evangelización».

Esta historia toma sus pistas de la visión que se encuentra en la Biblia. En la visión bíblica del reinado de Dios y de su justicia salvadora se hallan las claves para su interpretación. En las páginas de las Escrituras se describe y se descubre a un pueblo que siempre ha confesado que Dios es Rey, y vive en la plena certidumbre y esperanza de que Él reinará para siempre. Este pueblo —junto con el salmista— ensalza ese reinado y canta al «que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos. … liberta a los cautivos … abre los ojos a los ciegos … levanta a los caídos … ama a los justos … guarda a los extranjeros … y al huérfano y a la viuda sostiene» (Salmo 146:6-9).

Los relatos que siguen representan la continuación de la historia de ese pueblo mesiánico que vivía en la expectativa de una restauración radical de los valores del reinado de Dios en todo su vigor y plenitud. En sendas declaraciones programáticas, los primeros voceros de este movimiento restauracionista vislumbraron el futuro de manera realmente sorprendente: «Engrandece mi alma al Señor; … Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre. Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes; y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo; Acordándose de la misericordia.» ... «Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. …  Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis.» (Lucas 2:46-54; 6:20-25)