Juan Driver, La fe en la periferia de la historia (eds. SEMILLA y CLARA, 1997)
| Capítulo 3. |
| Un vistazo a los siglos II y III |
La composición social de la Iglesia primitiva
El culto en la Iglesia primitiva
El estilo de vida y las prácticas económicas en la Iglesia primitiva
Las actitudes hacia la violencia y la guerra en la Iglesia primitiva
La evangelización en la Iglesia primitiva |
La Iglesia primitiva de los tres primeros siglos era una sociedad de contraste. A pesar de las semejanzas obvias que unían a los cristianos con sus semejantes en sus contextos judío y grecorromano, las diferencias eran realmente notables. Cuando los apologistas cristianos comparaban a los cristianos con sus contemporáneos judíos y paganos, su reacción solía ser de asombro, pues las comunidades cristianas daban «muestras de un tenor de vida superior y admirable, y, por confesión de todos, extraordinario». La religión cristiana resultaba «invisible» para algunos, pero no por una espiritualización de su fe. La Iglesia primitiva aún no había creado instituciones formales y fácilmente visibles a los observadores de afuera. Sencillamente se reunían en sus casas, en lugar de locales especialmente destinados al culto. Las estructuras sociales de este movimiento incipiente eran fundamentalmente familiares más bien que jerárquicas. La predilección divina por los marginados, que caracterizaba la convicción y la práctica del movimiento mesiánico en el principio, seguía siendo la nota predominante. Su sentido de misión, heredado de Jesús mismo, de ser una comunidad mesiánica de testimonio en medio del mundo, hacía que se les viera como «el alma del cuerpo» capaz de «mantener la trabazón del mundo». Empapada del Espíritu de Jesús mismo, la vida personal y comunitaria de los cristianos resultaba ser francamente «admirable y … extraordinaria».
La composición social de la Iglesia primitiva
Hemos notado ya la predilección divina por los marginados que observamos en la Biblia. El testimonio de Jesús y de los evangelistas apunta en la dirección de un movimiento popular predominantemente compuesto por personas marginadas de una forma u otra.
Sin embargo, la composición de la comunidad primitiva no estaba limitada exclusivamente a personas de origen humilde. La fidelidad a la misión mesiánica llevó a la primera iglesia a abrirse a toda clase de personas. Aun en el Nuevo Testamento encontramos a fariseos (entre ellos estaba Saulo, llamado Pablo), oficiales municipales, comerciantes, centuriones, y otros, que llegaron a formar parte de la comunidad. Y podemos imaginar que este proceso continuó y se incrementó, incluso en las décadas posteriores. Pero esa marcada predilección por las personas marginadas parece haber continuado, por lo menos durante los siglos dos y tres.
Según la impresión de Plinio el Joven, gobernador en Bitinia durante la segunda década del siglo II, había «un gran número de personas de todas las edades, clases sociales y de uno y otro sexo». Con todo, habría que señalar que Plinio no era el observador mejor calificado para opinar sobre la composición social de las comunidades cristianas. Hay mucha evidencia que apunta hacia el carácter humilde de sus miembros y la presencia en ella de grupos marginados.
Atenágoras, el apologista, escribió: «Entre nosotros, empero, es fácil hallar a gentes sencillas, artesanos y vejezuelas, que si de palabra no son capaces de poner de manifiesto la utilidad de su religión, la demuestran por las obras. Porque no se aprenden discursos de memoria, sino que manifiestan acciones buenas: no herir al que los hiere, no perseguir en justicia al que los despoja, dar a todo el que les pide y amar al prójimo como a sí mismo» (Atenágoras: Legación en favor de los cristianos, 11). Tertuliano escribió en 197, en Cartago, que «personas de uno y otro sexo, y de toda edad, condición y, sí, rango, están pasando a la profesión de la fe cristiana» (Apología I).
Si bien es cierto que la Iglesia primitiva estaba incorporando a algunas personas con bienes y con cierto nivel de cultura, el número de los marginados en la Iglesia seguía siendo desproporcionadamente grande. Estos incluían esclavos, campesinos despojados de sus tierras y desplazados a las grandes ciudades, pobres, viudas, huérfanos y mujeres. Según la investigación de Peter Lampe, hasta finales del siglo II las comunidades cristianas en Roma estaban formadas principalmente de esclavos y otras personas de las capas sociales bajas. Según los escritos de la época, en las enseñanzas e instituciones nacientes del cristianismo, seguía habiendo una predilección por los marginados.
[SIGUE...]
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