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Juan Driver, La fe en la periferia de la historia (eds. SEMILLA y CLARA, 1997)

Capítulo 4.
El montanismo
Fuentes históricas
Una descripción del movimiento
La persecución y el martirio
Crisis de autoridad espiritual
Una ética cristiana rigurosa
Visión escatológica
Conclusión

«Puesto que el enemigo de la Iglesia de Dios es el adversario de todo lo bueno, … se puso en actividad para que de nuevo surgieran raras herejías contrarias a la Iglesia. Algunas de éstas se arrastraron como reptiles ve­nenosos por Asia y Frigia, pretendiendo que Montano era el Paracleto, y que las dos mujeres que le acompañaban, Priscila y Maximila, eran pro­fetisas de Montano. … Contra esta herejía de los catáfrigios … surgieron … hombres elocuentes. … Esta nueva profecía (como ellos dicen), merece llamarse, más bien, falsa profecía.»

«Los santos obispos de esa época intentaron reprender al espíritu que se hallaba en Maximila, pero otros que manifiestamente colaboraban con aquel espíritu se lo impidieron. (El obispo dijo) no dejéis que el espíritu de Maximila diga, “Me persiguen como si fuera un lobo en medio del rebaño. No soy lobo; soy palabra, espíritu y poder”. Maximila también advirtió que habría guerras y convulsiones políticas. … Había muchos entre ellos que habían sufrido el martirio.»

Fuentes históricas

Como ocurre muchas veces, para reconstruir la historia de un movimiento marginado, hay que recurrir a los voceros de la Iglesia institucional. Pues los documentos, que a la Iglesia le interesa conservar, son sus propias polémicas contra el movimiento, más bien que los testimonios escritos por éste. Tales documentos generalmente suelen ser perjudiciales para el movimiento. Así pues, para reconstruir la historia del movimiento montanista no nos queda otra alternativa que recurrir a la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea.

Eusebio reconoció haber dependido de cuatro fuentes para elaborar su his­toria; Apolinario de Hierápolis, el historiador Miltiades, Apolonio, y Serapión, obispo de la Iglesia en Antioquía en esa época. Por lo menos una de las fuen­tes que Eusebio consultó, Apolinario de Hierápolis, no fue escrita hasta unos cuarenta años después de los hechos y refleja francamente los prejuicios acu­mulados durante muchos años de lucha entre el movimiento montanista y las autoridades eclesiásticas establecidas.

Por otra parte, Tertuliano, quien participó en el movimiento durante los últimos trece años de su vida, nos provee, en sus escritos de la época montanista, con testimonios que nos ayudan a comprender la orientación general y ciertos elementos concretos de la historia del movimiento.

Una descripción del movimiento

En medio de las repetidas olas de persecución, que sufrió la Iglesia en Asia a fines del siglo I y en la primera mitad del siglo II, surgió en la provincia de Frigia un nuevo movimiento profético. Los nombres de varias personas apare­cen asociados con el incipiente movimiento: Montano, Alcibíades, Teodoto y, más tarde, Priscila y Maximila. La característica que más destacaba al movi­miento era su convicción de ser una «nueva profecía»; una nueva expresión carismática en que el espíritu de la profecía volvía a florecer en la Iglesia cristiana, en contraste con las estructuras institucionales de la autoridad ecle­siástica.

[SIGUE...]

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