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Juan Driver, La fe en la periferia de la historia (eds. SEMILLA y CLARA, 1997)

Capítulo 6.
El donatismo
Breve descripción del movimiento donatista
La Iglesia: una comunidad del Espíritu
La Iglesia: una comunidad disciplinada y santa
Una Iglesia de mártires
El cristianismo norteafricano rural y la protesta social
La relación entre la Iglesia y el Estado
Conclusión

«Constantino Augusto, a Ceciliano, obispo de Cartago. Como hemos determinado que en todas las provincias del África, Numidia y Mauritania, algo debe ser donado a ciertos ministros de la legítima y más santa religión católica, a fin de cubrir sus gastos. Yo he entregado cartas a Ursus, el más ilustre teniente gobernador del África, y le he instruido a colocar a su disposición tres mil falles [aproximadamente $10 000]. … Y como he sabido que algunos hombres, de mentes inestables, desean desviar a la gente de la santísima Iglesia católica, mediante una adulteración perniciosa, deseo que tu sepas que he dado al procónsul Anulinus y a Patricio, comandante de la prefectura, las instrucciones siguientes: que, entre todos, presten atención especial a esta cuestión que no debe ser ni tolerada ni pasada por alto. Por lo tanto, si tu observas a estos hombres perseverando en esta locura, procederás sin tardar a estas autoridades para que tomen acción como yo les he mandado, estando presente.» (Eusebio: Historia eclesiástica, X.5,6).

«¿Pero qué tenéis que ver con los reyes de esta tierra? … Un rey persiguió a los hermanos de los macabeos. Un rey también condenó a los tres jóvenes hebreos a las llamas santificadoras, sin saber lo que hacía, dándose cuenta luego que él mismo luchaba contra Dios. Un rey buscó la vida del niño Salvador. Un rey le expuso a Daniel, como pensaba él, a ser devorado por las bestias salvajes. Y el Señor Cristo mismo fue muerto por el juez más cruel del rey. … Así vosotros también no cesáis de asesinarnos a nosotros que somos justos y pobres (pobres en los bienes de este mundo, pues por la gracia de Dios nadie es pobre). Y aunque no matáis a los hombres con la mano, no dejáis de asesinarlos con las lenguas carniceras.» (Agustín: Las Cartas de Petuliano, el donatista, II.93-202).

El movimiento donatista fue uno de los fenómenos más interesantes de la Iglesia primitiva. Pero, para nuestro conocimiento del movimiento, tenemos que depender de los documentos de la iglesia oficialmente establecida. Incluso, en los casos de los testimonios directos de los protagonistas donatistas, tenemos que depender de citas que aparecen en los escritos de sus adversarios, los polemistas católicos.

Breve descripción del movimiento donatista

El donatismo fue un movimiento popular explosivo que se extendió rápidamente por el norte del continente africano. Para el año 392 San Jerónimo escribió que «la religión de Donato ha ganado a prácticamente todo el África».  Durante la última mitad del siglo cuarto, ni siquiera los emperadores romanos pudieron prevalecer contra ellos. En el norte de África, durante este período, el catolicismo romano fue reducido al papel de una minoría disidente.

Los comienzos del cisma donatista se hallan en las persecuciones imperiales bajo Diocleciano en los años 304-305. En los procesos contra las autoridades de las iglesias, algunos líderes cedieron bajo las intensas presiones y amenazas de sus perseguidores imperiales, entregando las copias de las Escrituras que las congregaciones les habían confiado para su custodia. Pero muchos de los cristianos en el norte del África condenaron estas acciones cobardes de los traditores, o traidores, como se llamaban.

En el año 311, tras la muerte del obispo Mensurio de Cartago, el archidiácono Ceciliano fue consagrado obispo de Cartago y primado de la Iglesia en el norte del África. Esta súbita acción suscitó una división en la Iglesia. Ceciliano era un oportunista, su política estaba decididamente en favor del imperio, tenía una espiritualidad mediocre y era intransigente en sus tratos. Fue acusado de parcialidad en sus tratos con las víctimas de la persecución y, al parecer, carecía de la plena confianza de la Iglesia. Pese a las sospechas populares, aun cuando Ceciliano mismo no había sido traditor en las persecuciones, aparentemente uno de los obispos participantes en el acto de su consagración episcopal sí lo era.

Tenemos un ejemplo de la actitud popular en el África hacia los cristianos, y sobre todo hacia los líderes eclesiásticos que claudicaron bajo la persecución, en la reacción del grupo de fieles que fue descubierto por las autoridades imperiales en una zona rural en el interior de Numidia y llevado a Cartago para ser procesado. Encarcelados, ellos resistieron todas las amenazas, declarando que nadie que mantenía comunión con los traditores participaría de la dicha del paraíso.

Estos confesores sencillamente seguían la tradición de los grandes cristianos africanos, Cipriano y Tertuliano, que pensaban que el poder para atar y desatar residía en la comunidad cristiana. Pero esta declaración representaba un desafío a la jerarquía eclesiástica, pues muchos clérigos habían vacilado bajo la persecución, entregando las Escrituras a las autoridades imperiales.

[SIGUE...]

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