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Juan Driver, La fe en la periferia de la historia (eds. SEMILLA y CLARA, 1997)

Capítulo 11.
El evangelismo católico y Juan de Valdés
Introducción
Los alumbrados españoles
Juan de Valdés en España
Juan de Valdés en Italia
Influencias valdesianas en España
Aportes valdesianos radicales: visión de la Iglesia
Aportes valdesianos radicales: comunidad de salvación, fe y obras
Aportes valdesianos radicales: una Iglesia sin poder y noviolenta
Conclusión
«Nuestro principal intento ha sido celebrar y magnificar, según nuestras pequeñas fuerzas, el beneficio estupendo que ha recibido el cristiano por Jesucristo crucificado; y demostrar que la fe por sí misma justifica, es decir, que Dios recibe por justos a todos aquellos que verdaderamente creen que Jesucristo ha dado satisfacción por sus pecados. Y así como la luz no puede ser separada de la llama, que por sí sola quema, así también las buenas obras no pueden ser separadas de la fe, que por sí sola justifica.» (Benito de Mantua: Del beneficio de Jesucristo crucificado, p. 99)

Introducción

El evangelismo católico  es el nombre que los investigadores modernos le han asignado a todo un conjunto de movimientos relacionados entre sí, que surgieron principalmente en la Europa latina desde la primera década del siglo XVI y empezaron a decaer especialmente a partir de 1542 cuando fue restaurada la inquisición papal. En Francia el movimiento ha sido conocido como evangelismo, gracias a su inspiración en los Evangelios. En España el movimiento floreció notablemente y ha sido conocido bajo los nombres de evangelismo, iluminismo, encarnado en los conventículos de los alumbrados españoles, y valdesianismo (por Juan de Valdés, su principal exponente). En Italia, a partir de la década de 1530, floreció especialmente en Nápoles y ha sido conocido como evangelismo y valdesianismo, ya que Juan de Valdés, que pasó la última década de su vida en Italia, fue el principal elemento aglutinante del movimiento italiano.

En una época en que la uniformidad política y religiosa se trataba de imponer por la fuerza, mediante una coacción inquisitorial, este movimiento era altamente pacifista. En una época en que la ortodoxia se consideraba la norma para medir la autenticidad de los cristianos, este movimiento era notablemente adogmático. En lugar de exigir definiciones dogmáticas, era esencialmente una religión del espíritu. En una época en que el clero ejercía un monopolio sofocante, no sólo sobre la espiritualidad del pueblo, sino sobre prácticamente todo aspecto de la vida, y mantenía bajo su control absoluto toda esperanza de salvación, este movimiento era decididamente laico y anticlerical en su orientación. En una época en que la nacionalidad española se equiparaba con la catolicidad del cristianismo, este movimiento atraía en su seno a conversos hostigados procedentes del judaísmo y del Islam. En una época en que las funciones religiosas se concentraban en manos del sexo masculino, las mujeres pudieron participar plenamente en la vida de los conventículos de los alumbrados y valdesianos en España e Italia. En una época en que la conquista imperial se justificaba en nombre de una llamada «evangelización de las Indias», este movimiento rechazaba toda coacción de parte de los cristianos en la misión evangelizadora de la Iglesia.

En todos estos puntos neurálgicos para el catolicismo medieval, el evangelismo iluminista representaba un movimiento de los marginados. En su seno, los extranjeros, los laicos, las mujeres, los humildes, en fin, todos aquellos que se hallaban fuera del ámbito oficial de la salvación, podían encontrar a un Dios misericordioso que les permitía acercarse a sus hermanos y hermanas en la familia de este Dios de los pobres.

Los alumbrados españoles

Los alumbrados españoles representan un movimiento autóctono, cuyos inicios se remontan a los primeros años del siglo XVI. Uno de los principales exponentes de esta espiritualidad iluminista fue Pedro Ruiz de Alcaraz, cuya actividad comenzó alrededor del año 1511, anticipando claramente los comienzos de la reforma luterana en Europa. Anteriormente, Alcaraz había recibido la influencia de Isabel de la Cruz, una mujer de espiritualidad mística. En su testimonio ante los inquisidores, él dijo haber sido devoto de Nuestra Señora, hasta que un día ella le aconsejó «que leyese la Biblia, que interrumpiese sus devociones y que abandonase la idea de que Dios le concedería la gracia como premio a sus merescimientos».  Alcaraz aceptó sin reservas esta doctrina. En el año 1486 apareció una traducción de los Evangelios y las Epístolas, hecha por un laico de Zaragoza. Luego, a partir de 1512, fue revisada y reimpresa repetidamente, hasta que la inquisición española prohibió la traducción de las Escrituras al vernáculo en 1559.  El hispanista José C. Nieto señala que «Alcaraz, planta exótica en tierra castellana, tierra ricamente fertilizada por ideas ascéticas y místicas, decidió partir de la Biblia y nutrirse de ella. Por ello, la fuente y los fundamentos de su herejía no necesitan de explicaciones que recurran a fuentes remotas».

[SIGUE...]

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