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Juan Driver, La fe en la periferia de la historia (eds. SEMILLA y CLARA, 1997)

Capítulo 19.
Los Hermanos de Plymouth
Trasfondo histórico del movimiento de los Hermanos de Plymouth
Los comienzos del movimiento de los Hermanos en Irlanda
Los comienzos del movimiento de los Hermanos de Plymouth
Jorge Müller y los Hermanos de Bristol
Conclusión

«Yo era abogado, pero me di cuenta de que si el Hijo de Dios se había entregado por mí, yo me debía enteramente a Él. … Anhelaba entregarme completamente a la obra del Señor, y pensé hacerlo entre los católicos pobres de Irlanda. Así me hicieron someterme a la ordenación. … Tan pronto como fui ordenado, me marché entre los campesinos pobres de las montañas de Irlanda, a una región salvaje y silvestre, donde permanecí dos años y tres meses, trabajando como mejor podía. Pero me di cuenta de que la tarea que me asignaron no correspondía a lo que la Biblia decía de la Iglesia y de la fe cristiana. Y tampoco correspondía a los resultados producidos por la acción del Espíritu de Dios. … Obrando día y noche entre un pueblo que era tan salvaje como las montañas en que vivían, mi turbación de alma me llevó a someterme plenamente a las Escrituras.» (Juan Nelson Darby: Carta al Profesor Tholuck)

Trasfondo histórico del movimiento de los Hermanos de Plymouth

El movimiento de los Hermanos comenzó en Dublín a partir de 1827, y en Plymouth a partir de 1831, con la organización de una asamblea de Hermanos. El movimiento se originó con reuniones de hermanos y hermanas en sus casas particulares para partir el pan de la comunión y ser edificados mutuamente mediante el ministerio de la Palabra. Pero, para comprender este movimiento, será necesario colocarlo en su contexto histórico y señalar las corrientes que contribuyeron al surgimiento, no sólo de éste sino también de otros movimientos más o menos similares.

Durante la primera parte del siglo XIX, Gran Bretaña fue sacudida por una considerable turbulencia política y económica que provocó inquietudes entre varias agrupaciones religiosas y en distintos estratos socioeconómicos. Las relaciones tradicionales entre la Iglesia anglicana establecida con los católicorromanos, por un lado, y con los disidentes, por el otro, fueron afectadas por una serie de decisiones tomadas por el parlamento británico. Desde 1673, el Acta de Prueba, había decretado que todos los que ejercían funciones militares o civiles, residentes dentro de un radio de 48 kilómetros de Londres, estarían obligados a tomar la Cena del Señor de acuerdo con los ritos de la Iglesia de Inglaterra, bajo pena de perder sus puestos. En 1828 este estatuto fue abrogado. Y al año siguiente se les concedió a los católicorromanos el derecho a ser elegidos a la Cámara de los Comunes y a otros cargos públicos. En 1832 se aprobaron varias reformas en el sistema de representación parlamentaria que transferían el poder de las manos de la nobleza anglicana a las clases medias, aumentando así la influencia no-conformista. Algunos eclesiásticos conservadores temían que fueran afectados los mismos cimientos de la relación entre la Iglesia y el Estado. En este contexto, se volvió a cuestionar la naturaleza de la Iglesia, a la luz de sus raíces, y el primitivismo se convirtió en uno de los elementos fundamentales para enfocar una reforma de la Iglesia. Esta situación contribuyó al surgimiento de una variedad de nuevos movimientos religiosos que, de una manera u otra, apelaban al cristianismo primitivo para encontrar las claves para una renovación de la Iglesia.

El «movimiento de Oxford» surgió entre un grupo de clérigos jóvenes intelectuales y aristócratas en el Colegio Oriel de la universidad, iniciando así el partido anglocatólico en la Iglesia de Inglaterra. Para la reforma de la Iglesia, ellos apelaron a los padres de la Iglesia y a sus raíces en el catolicismo antiguo, más bien que a los apóstoles y a la comunidad neotestamentaria. Por eso volvieron a fomentar tradiciones antiguas, tales como la sucesión apostólica del clero, una visión sacramentalista de la salvación, el carácter sacrificial de la Cena del Señor, la confesión auricular, los ayunos, el celibato del clero, la veneración de los santos, etc. También cuestionaron el derecho del Estado inglés a tomar decisiones relativas a la vida de la Iglesia.

Entre los protagonistas de este círculo estaban Ricardo Froude, Juan Keble, Eduardo Pusey, Juan Enrique Newman, Enrique Manning y otros. A partir de 1833, comenzaron a dar a conocer su perspectiva mediante una serie de tratados, dando lugar al nombre que identificó al movimiento, el «tratarianismo». Publicaron un total de 90 tratados, 23 de los cuales fueron escritos por Newman. Para ellos, este nuevo anglocatolicismo representaba la resurrección del cristianismo primitivo. En el último de los tratados, Newman propuso una reinterpretación de los Treinta y Nueve Artículos de la Fe Anglicana «en el sentido de la Iglesia Católica». En 1845, en el apogeo de su influencia, y dudando de la catolicidad de la Iglesia anglicana, Juan Enrique Newman se hizo católicorromano. Varios centenares más de clérigos y laicos anglicanos le siguieron. Posteriormente, Manning y Newman fueron hechos cardenales de la curia romana. Pero este intento de renovación no se limitó a los aspectos doctrinales y litúrgicos. Fue acompañado de un profundo celo espiritual y una significativa dedicación a los pobres, a los menospreciados, y a todos aquellos que se encontraban al margen de la Iglesia. También fue un movimiento para reconquistar, para la Iglesia, a las clases bajas que se encontraban apartadas. Su compromiso abnegado hacia los desheredados y los delincuentes fue una de las características más sobresalientes del movimiento.

Otro de estos movimientos primitivistas resultó en la formación, en el año 1832, de la Iglesia Católica Apostólica. Este movimiento surgió bajo el liderazgo de Enrique Drummond (1786-1860) y Eduardo Irving (1792-1834).

[SIGUE...]

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