Gracia y libertad: una perspectiva anabaptista, por Antonio González, 2006
La tensión entre la libertad humana y la gracia de Dios representa uno de los problemas más clásicos de la teología. El problema aparece de forma explícita en la disputa entre Agustín de Hipona y Pelagio, y llega hasta la teología de nuestros días, muchas veces planteado en los mismos términos con los que ya se planteó en sus inicios. En este texto trataremos de preguntarnos cuál podría ser la aportación propia de una perspectiva anabaptista a esta discusión.
Introducción
El punto de partida del problema puede situarse en la inequívoca afirmación bíblica de que la salvación es un regalo de Dios que no merecemos, y que precisamente por eso es gratuito. Si la salvación fuera algo correspondiente a nuestros méritos, la gracia ya no sería gracia, sino la paga por nuestro esfuerzo (Ro 11,6). No se trata, como a veces se pretende, de que el énfasis en la soberanía de la gracia sea exclusivamente paulino. Se encuentra en los diferentes estratos del Antiguo y del Nuevo Testamento, y no sólo en un autor (Dt 7,6-8; Jn 1,14-17; Hch 4,33; etc.). Ahora bien, junto a estas afirmaciones decididas de la soberanía de Dios hay que tener en cuenta también la presencia de abundantes textos bíblicos en los que se subraya la libertad y la responsabilidad humanas. La libertad es, desde el punto de vista bíblico, una característica esencial del ser humano, a la que se apela frecuentemente cuando los diversos autores bíblicos, incluyendo al mismo Pablo, exhortan a que nos tomemos en serio nuestra propia salvación (Flp 2,12). Podríamos decir que el problema de la gracia y la libertad comienza siendo un problema de hermenéutica bíblica, en el que entra en juego la necesidad de comprender conjuntamente (“canónicamente”) textos aparentemente contradictorios entre sí.
La presunta contradicción estaría en que cualquier papel que se otorgue a la libertad humana en el proceso de la salvación implica automáticamente una negación del carácter absolutamente gratuito de la misma. Inversamente, la afirmación de la gratuidad de la salvación implicaría negar la posibilidad de que algún acto libre del ser humano pudiera ser considerado como un mérito para conseguirla. En el tiempo de Agustín, circuló una cierta alternativa al pelagianismo, llamada el “semipelagianismo”. Según esta posición teológica, todo el proceso de la salvación sería gratuito, con la única excepción de su inicio. Dios solamente salvaría a aquellos que de alguna manera aceptaran ser salvados, y esta aceptación supondría un acto libre del ser humano, que no podría ser atribuido directamente a Dios. De esta manera, se salvaría un resquicio para un papel de la libertad humana en el proceso de la salvación. Sin embargo, precisamente ese acto libre sería un mérito nuestro, y no una acción gratuita de Dios, con lo que la gracia perdería, al menos parcialmente, su carácter gratuito. Como es sabido, la posición semipelagiana fue rechazada por la iglesia antigua, y en conjunto se impuso la opinión de Agustín, quien insistía en atribuir a Dios todos los méritos en la salvación, incluyendo el “primer paso” de aceptar su gracia.
La iglesia antigua tuvo sin embargo bastante cuidado en evitar las consecuencias extremas que se podrían extraer del énfasis de Agustín en la predestinación. Y es que si Dios es el único autor de nuestra salvación, parecería que Dios ya ha decidido de antemano quiénes se salvan y quiénes no. Antes del pecado humano, y antes incluso de la creación, podría haber ya una doble predestinación. Dios desde la eternidad habría destinado soberanamente a algunos a la salvación, y otros a la perdición. Esto no significa que Dios sea injusto: el pecado humano es universal, y la misericordia de Dios con algunos pecadores no es algo que Dios le deba a nadie. Si fuera algo debido, ya no sería gratuito, y la gracia ya no sería gracia. No es claro que esta doctrina se pueda atribuir a Agustín, pero sin duda puede considerarse característica de una tradición teológica que apela a él. Ciertamente, la idea de una “doble predestinación” puede resultar atractiva para explicar la presencia del mal en el mundo, y los aparentes límites de la gracia de Dios. ¿Cómo es posible que un Dios todopoderoso admita todos los daños que los seres humanos se infringen unos a otros? La idea de un perdón gratuito, pero limitado a unos elegidos, podría pretender aportar una respuesta a la paciencia de Dios con el mal. Ahora bien, la doctrina de la doble predestinación, llevada a sus últimas consecuencias, se independiza plenamente del comportamiento humano. La predestinación en último término tendría que ver solamente con la certeza privada de la fe, y no con el propio comportamiento, pues en realidad nuestro comportamiento poco podría afectar a los decretos eternos de Dios. Si lo hiciera, la gracia dejaría de ser gracia. De este modo, la salvación se desliga del comportamiento humano y de las situaciones reales de sufrimiento, injusticia y opresión por las que pasa nuestro mundo.
[SIGUE...]
ABRIR ARCHIVO COMPLETO EN FORMATO DE IMPRESIÓN .pdf
|
|