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Consulta sobre educación teológica,
Congreso Mundial Menonita, julio de 2009

Hermenéutica anabaptistay educación teológica
por Antonio González

La hermenéutica designa, en castellano, el «arte de interpretar textos y especialmente el de interpretar los textos sagrados». Etimológicamente, la expresión deriva del griego hermeneutes, que era el intérprete o traductor. La hermenéutica puede estar asociada en sus orígenes con el dios Hermes, el mensajero de los dioses, dispensador del genio literario, patrón de los oradores, dios de los viajeros y protector de los que cruzan fronteras.

Estos orígenes de la hermenéutica nos muestran un cierto carácter especializado de la misma. No todas las personas pueden traducir. El traductor es alguien que dispone de un conocimiento fuera de lo común de otra lengua, que le permite servir de intérprete entre su propio pueblo y un grupo foráneo. Normalmente, el intérprete no es un voluntario, sino alguien que se gana la vida mediante sus traducciones. Ahora bien, esta especialización profesional del intérprete no significa en principio una originalidad. El intérprete o traductor no es portador de un mensaje propio, sino que trasmite el mensaje de otros, del mismo modo que el dios Hermes trasmitía el mensaje de los dioses. Sin embargo, el traductor siempre puede ser también un traidor (traduttore traditore, dicen los italianos), que tergiversa el mensaje en función de otros intereses. Por eso, el dios Hermes no sólo era el patrón de los comerciantes y poetas, sino también el inspirador de los ladrones y de los mentirosos.           

La hermenéutica teológica puede guardar a veces cierta similitud con estos antiguos orígenes de la hermenéutica. El teólogo o el exegeta podría ser entendido como una persona fuera de lo común, que dispone de una capacitación especial para entender los mensajes divinos, escritos en los Libros Sagrados, y para trasmitirlos a un pueblo que no dispone de los mismos conocimientos. La educación teológica puede entenderse, desde este punto de vista, como un proceso de iniciación religiosa que capacitaría a las personas para convertirse en intérpretes autorizados y profesionales de los Libros Sagrados. En este caso, la educación teológica significaría, en definitiva, una separación de la comunidad creyente, mediante la cual el futuro hermeneuta iría adquiriendo, durante su estancia en un centro especializado de estudios teológicos, ciertas características sagradas, que le permitirían trasmitir al pueblo creyente la correcta interpretación de los textos bíblicos. No es extraño que Hermes, el mensajero de los dioses, fuera también un dios…

No se nos escapa el hecho de que, todavía hoy, ésta puede ser la comprensión de la educación teológica por parte de muchos seminarios y facultades de teología. También somos conscientes de sus peligros. El intérprete sacralizado y separado de su comunidad tiene, como «pastor» o «sacerdote», sus propios intereses personales, profesionales y corporativos. Su «traducción» de los textos sagrados para el pueblo de Dios puede ser también una «traición», en la que los verdaderos intereses de la comunidad cristiana sean soslayados. Al mismo tiempo, la propia especialización y profesionalización del intérprete pueden dar lugar a un lenguaje alejado del lenguaje de su comunidad, a la que le cuesta comprenderle. No olvidemos que el dios Hermes no sólo está asociado a la hermenéutica, sino también al hermetismo, un término usado para designar las doctrinas oscuras y esotéricas, aptas solamente para un grupo de iniciados. Y todos hemos oído alguna vez sermones verdaderamente herméticos…

1. La perspectiva anabaptista

Resultaría en este momento muy fácil entregarnos a un cierto anti-intelectualismo, diciendo simplemente que, para los anabaptistas del siglo XVI, la comunidad cristiana era el verdadero sujeto de la interpretación bíblica, sin necesidad de sacerdotes o teólogos profesionales. Sin embargo, a poco que profundicemos en esta cuestión, nos damos cuenta de que las cosas no son tan sencillas. Por una parte, podemos sospechar que la falta de formación teológica pudo facilitar algunas de las exageraciones en las que cayeron algunos grupos anabaptistas. Pensemos, por ejemplo, en aquellos anabaptistas del siglo XVI que, para hacerse como niños (Mt 18,3), gateaban y balbucían como bebés. Otros problemas, como la fácil tendencia al legalismo o a las excomuniones mutuas entre los anabaptistas posteriores pueden tener como trasfondo, entre otros factores, una cierta ingenuidad en la lectura bíblica. Por otra parte, también sabemos valorar los escritos de aquellos anabaptistas del siglo XVI que, por tener una mayor cultura teológica, nos legaron reflexiones profundas que siguen siendo relevantes para nuestro tiempo. Gracias a ellos, podemos entender mejor cuál fue el significado originario del anabaptismo y cuál puede ser su aportación al cristianismo del siglo XXI. Si queremos presentar el mensaje cristiano a un mundo culturalmente complejo y si queremos dialogar con cristianos de distintas tradiciones, parece que no podemos renunciar a la formación teológica. Pero entonces, ¿cómo entender la formación teológica desde la perspectiva anabaptista de una prioridad de la comunidad del cristiana en la interpretación bíblica?

Comencemos diciendo que, para los anabaptistas, la comunidad cristiana era entendida como una comunidad del Espíritu.

[SIGUE...]

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