La Iglesia: Comunidad misional del reino, por Juan Driver
Introducción
Los Cristianos tradicionalmente hemos intentado definir a la iglesia formulando listas mínimas de características consideradas esenciales para que la iglesia sea iglesia. En la tradición católica romana, se llegó a definir la iglesia como comunidad sacramental. Esto significaba, por implicación que la gracia salvadora, comunicada por medio de los sacramentos, no podía experimentarse fuera de la iglesia. Siguiendo a Martín Lutero, los protestantes definían la iglesia verdadera como el lugar donde la Palabra es proclamada en verdad y los sacramentos son correctamente administrados. En la tradición calvinista se tendía a añadir una tercera característica, el ejercicio apropiado de la disciplina eclesiástica.
Según estas definiciones, el clero es absolutamente esencial para la existencia de la iglesia verdadera. Sin embargo, entre los movimientos de reforma radical, las listas de los signos de la iglesia verdadera tendían a ser más largas, aplicándose tanto a la misión como a la vida de la comunidad cristiana entera. La lista elaborada por Menno es un ejemplo de esto. A (1) la enseñanza salvífica y no adulterada de la Palabra, y (2) el uso escritural de los sacramentos, él añadió (3) la obediencia a la Palabra de Dios manifestada mediante la santidad de vida, (4) un amor sincero y no fingido hacia los demás, (5) la confesión fiel del nombre, la voluntad, la palabra, y la ordenanza de Cristo «frente a toda crueldad, tiranía, tumulto, fuego, espada, y violencia del mundo», y (6) la cruz de Cristo libremente asumida por todos sus discípulos mediante su testimonio y su palabra.
La cristiandad estatal, tanto la católica como la protestante, tendía a comprender su identidad en forma ontológica, en términos de su propia esencia o carácter. Los movimientos de reforma radical, o iglesias de creyentes, han tendido a comprenderse en formas más dinámicas, en términos de aquello que perciben ser su propósito misional dentro de los designios salvíficos de Dios. Se han orientado más en la misión de Dios y se han fijado menos en su propia esencia, como institución. Y esta misma tensión la hallamos ya en la historia bíblica. El judaísmo se sintió muchas veces tentado a comprender su identidad fundamental como pueblo elegido de Dios en términos de privilegio especial, pero la visión profética y mesiánica eran esencialmente misionales. Hubo una clara llamada divina a una existencia salvífica y testimonial, no meramente para su propio bien, sino para la salvación de «las naciones». Y esta tentación, no se halla solamente en la historia pasada. Es también una tentación permanente, no sólo dentro de las confesiones estatales, sino también entre nosotros que nos contamos entre los enraizados en los radicales de antaño.
[SIGUE...]
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