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Libertad es diversidad, predicación de Dionisio Byler (Burgos, España) sobre Santiago 1,25

Buenas tardes.  Es para mí un enorme privilegio estar aquí ante vosotros hoy, en estas circunstancias, recibiéndoos de vuestros diversos países como hermanos en una gran familia cristiana.  Como Secretario de la Asociación de Menonitas y Hermanos en Cristo en España quiero expresaros nuestra especial ilusión por teneros aquí en España estos días.  Siempre que predico en alguna iglesia bautista les comento que me siento especialmente próximo a ellos porque los menonitas y bautistas no sólo somos hermanos en Cristo, sino también primos por nuestra vinculación con los anabaptistas de hace medio milenio.  Algo parecido siento en este momento con todos vosotros.  No sólo somos hermanos en Cristo —con un mismo Padre celestial— sino que también nos une una vinculación de familia como descendientes espirituales de los anabaptistas del siglo XVI.

Con lo cual ya empiezo a entrar en el tema que se me ha pedido que trate esta tarde: Libertad es diversidad.

Porque como en todas las familias, cuando empezamos a conocer a los diversos hermanos y primos y cuñados, desde los abuelos hasta los nietos y bisnietos, rápidamente descubrimos que aunque es posible ver en muchos de ellos algunos rasgos parecidos, es igualmente notable la gran diversidad que existe.  Distintos colores de cabello y de ojos, tez más oscura o más clara; altos y bajos, flacos y gordos; optimistas y pesimistas, graciosos y aburridos, amables y cascarrabias; religiosos, agnósticos y pecadores rematados.

Recuerdo hace algunos años una reunión de los descendientes de mis abuelos maternos, que se celebró en Indiana, Estados Unidos.  Mi abuelo fue un obispo menonita en Canadá durante la primera mitad del siglo pasado.  En su juventud, hacia finales del siglo XIX, se había visto envuelto en una controversia que acabó por dividir a los menonitas de Ontario.  Mi abuelo y otros como él insistían en que las mujeres menonitas debían vestirse modestamente, es decir, con un vestido sobrio, de corte tradicional, con manga larga por supuesto para no despertar la lascivia de los varones, y con un gorrito sobre la cabeza para indicar su sumisión y su dedicación a la oración; mientras que los hombres debían rehusar la corbata y las solapas, elementos inútiles y decorativos que sólo podían fomentar la vanidad y el orgullo carnal.  Pero en esta reunión de sus descendientes, un siglo más tarde, la mayoría de las mujeres vestían pantalón, alguna lucía pantalón cortísimo; las había sin mangas —ni largas ni cortas— y mostrando sus encantos con escotes comprometedores.  Aunque mi abuelo había sido firme defensor del menonitismo norteamericano más tradicional, entre sus descendientes los menonitas éramos minoría; y había católicos, protestantes de diversas denominaciones, un monje budista, alguna creyente en los postulados de la nueva era y personas sin ninguna vinculación religiosa en absoluto.

Observando esa curiosa mezcla de gentes descendidas de mis abuelos, le comenté a mi padre que quizá el abuelo, habida cuenta de sus ideas y convicciones, no se habría sentido muy a gusto en esa reunión.

Mi padre, que a la sazón tenía más de 80 años y había dedicado también toda su vida al ministerio cristiano en la Iglesia Menonita, me miró con una sonrisa.  Era evidente el profundo afecto que sentía por la familia de mi madre.  Para él todas esas personas eran antes que nada eso: personas.  Y más que personas, éramos su familia.  Mi padre nos recordaba a casi todos en esa reunión como bebés, como niños en diversas etapas de crecimiento y desarrollo, como jóvenes…  Había vivido de cerca nuestras bodas, enviudamientos y divorcios, nacimientos y muertes de hijos.  Yo creo que él proyectaba algo de sus propios sentimientos en su difunto suegro cuando me respondió, extrañado por mi comentario: «Tu abuelo se hubiera sentido maravillosamente entre toda esta gente.  Nos quería a todos mientras vivía y no puedo imaginar que hubiera dejado de querernos a ninguno».

Vosotros sois hoy mis hermanos en Cristo y mis primos en la tradición de los descendientes de los anabaptistas del siglo XVI.  Lo que empezó como un disperso movimiento en el centro de Europa, un movimiento horrorosamente variopinto, donde cabían pacifistas benevolentes y los talibanes de Münster, donde cabían milenialistas locos de encerrar y predicadores que preferían enfatizar el amor y la santidad en esta vida presente, muchas veces discutiendo y excomulgándose mutuamente por puntos de doctrina y práctica que ya nadie recuerda… Lo que empezó en diversidad, hoy ha recalado en una diversidad por lo menos tan interesante como la de aquel entonces.

Y hoy tampoco sabemos muy bien, a veces, si conviene estrecharnos la mano como hermanos o excomulgarnos mutuamente por las doctrinas y prácticas que unos y otros sostenemos.
[SIGUE...]

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