John Howard Yoder, He Came Preaching Peace © 1985 Herald Press, Scottdale, Pennsylvania
Capítulo 12. ¡Volveos! ¡Volveos!
Érase una vez un grupo minoritario religioso y étnico que se hallaba amenazado por la superioridad económica y política de la cultura a su alrededor. Viviendo bajo el dominio de una nación cuyo poderío económico y militar gobernaba todo el mundo, este pequeño pueblo se sentía gravemente desmoralizado. Gracias a sus instituciones para educar y distraer, el poder cultural dominante de la religión del soberano empezaba a lavar el cerebro a la generación más joven del grupo minoritario, distanciándola de la lengua y del estilo de vida que sus antepasados habían traído consigo al llegar al país y que habían logrado conservar intactos por siglos.
Esta tensión entre el mundo cosmopolita exterior y el pequeño reducto de fe heredada se fortalecía con otra polaridad: la tensión entre los jóvenes y los ancianos. Los jóvenes con su inclinación normal a cuestionar todo lo que les dicen que han de creer, hallaban un mayor estímulo a sus dudas en el hecho de que la sociedad que los rodeaba tenía en muy poca estima la fe de sus padres, concediéndoles el respeto que se granjea cualquier convicción mantenida tozudamente, pero en absoluto convencidos de lo que ellos alegaban ser la verdad.
Sus mayores, sin embargo, comprometidos como suelen estarlo los ancianos con la defensa de lo que siempre se ha creído, sentían confirmarse sus convicciones de que todo el mundo exterior, aquella cultura cosmopolita, era cosa perversa, al observar las tentaciones, las dudas y el distanciamiento a que sus hijos e hijas empezaban a ceder. Parecía una deducción lógica, ¿no es así?, que la defensa de esa fe heredada valía el precio a pagar, si fuese necesario, incluso el precio del aislamiento cultural y las privaciones materiales, con tal de que fuese posible salvaguardar la herencia replegándose y atrincherándose. En la tensión entre el acomodo de los jóvenes y el separatismo a la defensiva de los ancianos, cualquier observador sagaz tenía razones de sobra para dudar que la fe de esta minoría heroica sobreviviese mucho más. Era real el peligro de que el eslabón entre generación y generación saltara por los aires y que lo que sobreviviese —suponiendo que algo sobreviviera— ya no sería la misma religión.
Ese «érase una vez» al que me refiero sucedió en el siglo V antes de Cristo, justo antes del tiempo de Nehemías. Bajo el gobierno persa, habiendo perdido toda esperanza de una restauración de un tipo de desarrollo político independiente, la nación judía tuvo que hacer frente a lo que hoy llamaríamos una crisis de identidad. Es a esa situación que dirigió sus prédicas el profeta cuyo libro conocemos como Malaquías. Las últimas palabras de aquel libro permanecen en nuestra memoria más que los mensajes de la mayoría de los profetas, en parte por el azar de su situación a lo último del Antiguo Testamento, en parte por el papel que las esperanzas de los contemporáneos de Jesús asignaban a Elías y en parte, tal vez, porque quedaron inmortalizadas en el Mesías de Händel.
Mirad, yo envío mi mensajero
para prepararme el camino,
y el Señor a quien buscáis
aparecerá de repente en su templo;
el mensajero del pacto
con quien os entusiasmáis,
mirad, que viene,
dice el Señor de los ejércitos.
——————————————Malaquías 3,1
[SIGUE...]
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