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John Howard Yoder, He Came Preaching Peace © 1985 Herald Press, Scottdale, Pennsylvania

Capítulo 3. La sabiduría y el poder

Para los que se extravían del camino a la salvación
hablar de la cruz carece de lógica,
pero los que estamos bien encaminados
lo entendemos como el poder de Dios para salvar.
Como dice la Escritura:
Destruiré la sabiduría de los sabios
y anularé toda la erudición de los eruditos.
¿Dónde están ahora los filósofos? […]
¿En qué han quedado hoy nuestros pensadores?
¿Veis cómo Dios ha mostrado
el desatino del saber humano?
Si es por sabiduría de Dios
que el saber humano no conoce a Dios,
es porque Dios quiso salvar a los que tienen fe
mediante la torpeza del mensaje que predicamos.
Por eso, mientras los judíos exigen milagros
y los griegos buscan sabiduría,
llegamos nosotros predicando un Cristo crucificado:
para los judíos, un obstáculo insuperable;
para los paganos, pura locura;
pero para los que han sido llamados,
tanto judíos como griegos,
un Cristo que es el poder y la sabiduría de Dios.
Porque la torpeza de Dios es más sabia que el saber humano,
y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana.
——————————————————————————1 Corintios 1,18-25

El apóstol Pablo no es un antropólogo.  Si habla de judíos y de griegos no es para indicar que la pertenencia a una raza en particular —ni a una religión en particular— hace que todos sean iguales.  Está hablando acerca de las distintas formas de razonar así representadas —a grosso modo— por las diferentes comunidades étnicas, pero que están presentes en cualquier era.  Somos todos griegos hasta cierto punto y también judíos en este sentido.

Cuando Pablo dice: «Los judíos exigen una señal», no es que esté refiriéndose a una religión o a una raza o a una cultura.  Cuando dice judío no está pensando en alguien como Woody Allen; está pensando en cualquier persona que  quiere ver evidencias del poder de Dios.  Para ellos, la señal es la evidencia del poder.  Había gente en los evangelios que pedían a Jesús señales que acreditasen su ministerio.  Querían que les presentara el tipo de hazaña que les evitara el riesgo de tener que fiarse de él, asegurándoles de antemano que Dios estaba de su parte.

Ha habido culturas donde el poder importaba menos que alguna otra cosa: el placer o la sabiduría, la riqueza o el sexo.  Pero los herederos de Abraham, Moisés, David y Elías —es decir, los judíos y cristianos— aprendimos a esperar que Dios intervenga con poder para promover la justicia.  Otras religiones pueden ver el mundo de forma estática y la historia como un ciclo que se repite constantemente; los hijos de Abraham la ven como un avance impulsado por promesas y anclado en liberaciones experimentadas en el pasado.  Los profetas proclaman que Dios actúa.  Los celotes colaboran con Dios para obtener la victoria.  Los emperadores y cruzados cristianos triunfan en el nombre de Dios.  El imperio extiende la gloria de Dios por todo el mundo.

Para bien o para mal, somos herederos de esa tradición.
[SIGUE...]

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