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El reino al revés, por Donald B Kraybill

© 1978, 1990 Herald Press
Traducción por Marta J. de Mejía
© 1995 Ediciones SEMILLA

4. Pan en el desierto

Rey de bienestar social

¿Fue tentado Jesús a convertir las piedras en pan solamente para saciar su hambre?  Esta interpretación puede tener algo de verdad; pero un significado más completo de la tentación radica en el clamor económico de las masas palestinas.  El pan es símbolo del corazón de la vida material; siendo el centro de muchas dietas, aparece en la mesa en toda comida, semana tras semana.  En el Padrenuestro, «el pan nuestro de cada día dánoslo hoy», representa las necesidades básicas de la vida.  A través de su hambre literal, Jesús se identifica con los millares de pobres campesinos cuya existencia diaria gira alrededor de la búsqueda del pan.  El apetito que roía por dentro le movió a actuar a favor de otros que compartían su dolor.

La atención de Jesús, sin embargo, no estaba enfocada a que él ingiriera canastos de pan para aliviar su ayuno de cuarenta días.  Al pensar en el pan Jesús debe haber recordado el maná que Dios distribuyó gratuitamente a los hebreos durante los cuarenta años que vagaron por el desierto.  Tal vez también trajo a su memoria recuerdos de su aldea natal, Nazaret.  Pudo recordar cómo despiadados acreedores despojaban a los pobres campesinos de sus tierras en un sistema de impuestos dobles que oprimía a las masas.  Recordó el clamor de los leprosos, de los ciegos y de los pobres hollados por los codiciosos piadosos.  ¿Por qué no alimentar milagrosamente a las masas y brindar un banquete divino a sus seguidores?  La comida gratis indudablemente lograría un apoyo masivo en Galilea.  «Aliméntalos, Jesús, aliméntalos», susurraba Satanás.  «Tienes el poder.  ¡Adelante!  ¡Úsalo!»

Aun las autoridades religiosas temían a las masas.  Jesús fue arrestado por la noche porque las autoridades temían a las multitudes.  Jesús mismo se percató que una turba bien alimentada podía apoderarse de él y hacerlo rey por la fuerza (Juan 6:15).  El pan era la forma más rápida para llegar al corazón del pueblo.  Marcos declara en su evangelio que concentraciones de miles seguían a Jesús.  Lucas 12:1 observa que juntándose por millares la multitud, se atropellaban unos a otros.  Ni Pilato, ni el sumo sacerdote podían apagar el frenesí contagioso de la acción de una turba.  Alimentar a las multitudes ofrecía a Jesús un desvío rápido para galvanizar su apoyo político.

La tentación del pan implicaba más que abuso del poder; reducía al Dios encarnado a un rey de bienestar social.  Los pensamientos seductores fluían:  «Erradica su pobreza sin sufrimiento».  «No prediques el juicio de Dios sobre los avaros, simplemente distribuye pan entre los hambrientos».  «No critiques la injusticia económica, el sistema del templo y la ocupación romana, solamente distribuye pan entre los pobres aldeanos de Galilea y que el resto del mundo siga su marcha».  Tales sugerencias diabólicas habrían reducido a los humanos a organismos sin alma, a animales comedores de pan.

Muy ricos y muy pobres

La mayoría de los miembros de las sociedades desarrolladas pertenecen a la clase media.  En agudo contraste, en Palestina del primer siglo existían dos clases económicas: la clase alta y la baja.  En sociedades campesinas el noventa por ciento, o más, de la población usualmente se dedica a la agricultura.  La riqueza radica en la tenencia de la tierra.

Algo así ocurría en Palestina.  Una pequeña clase alta representaba el diez por ciento, o menos, de la población.  A esta clase pertenecían los terratenientes, los aristócratas por herencia, los burócratas designados, los sacerdotes jefes, los mercaderes, los funcionarios gubernamentales y algunos sirvientes oficiales que servían las necesidades de la clase gobernante.

[SIGUE...]

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