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Congreso de la Global Mission Fellowship — Almaty, Kazajstán, 18-20 de septiembre, 2006
Estrategia de misión (1)

Misión cambiante, por Wilbert R. Shenk

Introducción
La frase «misión cambiante» se ha popularizado gracias al título de la obra monumental de David J. Bosch publicada en 1991: Transforming Mission: Paradigm Shifts in the Theology of Mission (Misión cambiante: La evolución de paradigmas en la teología de la misión).  Bosch escogió este título con un sentido intencionadamente ambiguo para llamar la atención a dos aspectos esenciales de la misión.

En primer lugar, Bosch estudió el desarrollo de la teología de misión en el transcurso de dos mil años.  Identifica así el paradigma o modelo fundamental para la misión en cada una de seis eras y pone de relieve que en cada era la misión cristiana se interpreta conforme al resultado de una interacción entre cultura y misión.  En otras palabras, la teología de misión viene definida por las perspectivas culturales dominantes en cada era.  Esto nos recuerda que la teología y práctica de la misión nunca es inamovible sino que está siendo constantemente transformada por las fuerzas culturales en juego en cada momento histórico.  Inevitablemente, el contexto histórico y cultural ha cambiado la misión para adaptarla a sus conceptos.  Esto significa que la manera como se ha realizado la misión cristiana forzosamente se adapta a realidades históricas y contextuales en evolución.  Lo que venía siendo apropiado en una era deja de ser eficaz en otra.

«Misión cambiante» tiene un segundo significado.  Como establece claramente el Nuevo Testamento, los apóstoles creían que el evangelio es el poder que cambia la vida humana al reorientar al individuo hacia Dios y hacia el reinado de Dios.  El evangelio afecta la totalidad de la existencia humana, tanto en el presente como en el futuro.  Existe una tendencia humana a enfatizar determinados aspectos del evangelio que nos resultan especialmente agradables y poner menos acento en aquellas dimensiones que nos resultan más incómodas.  En otras palabras, solemos recibir el evangelio con ciertos filtros, adaptándolo a las preferencias y categorías que nos brinda nuestro entorno.  Domesticamos el evangelio; pero un evangelio domesticado es siempre algo menos que el evangelio de Jesucristo.  Un evangelio domesticado es un evangelio desvirtuado, que carece de ese poder transformador que tanto inspiraba al apóstol Pablo.  Él alegaba que el evangelio es «poder de Dios para salvación de todo aquel que cree» (Ro 1,16).  Un evangelio controlado por la cultura no hace más que hacer eco a los temas y los valores dominantes en esa cultura.  Pero Pablo se veía a sí mismo como un hombre que había sido asido por el poder de Dios y «apartado para el evangelio de Dios» (Ro 1,1).

Los rasgos generales del curso del movimiento cristiano durante los últimos dos siglos son harto conocidos.  En su estudio de siete tomos sobre La historia de la expansión del cristianismo hasta 1945, Kenneth Scott Latourette dedicó tres tomos al período entre 1800 y 1914, que él llamó El siglo magno.  Latourette publicó su séptimo tomo cuando estaba por acabar la Segunda Guerra Mundial.  Si otro Latourette fuese a escribir una historia así de detallada sobre la historia del movimiento cristiano en el siglo XX, otros siete tomos no le bastarían para narrar todo lo sucedido en los últimos cien años.

Bien es cierto que el siglo XIX fue fundacional, pero el desarrollo del movimiento cristiano en el transcurso del siglo XX es difícil de comprender por la vasta inmensidad de su alcance y diversidad.  No fue hasta 1970 que empezamos a caer en la cuenta de la escala de lo que estaba sucediendo.  Aquel año, en un artículo señero en la revista International Review of Mission, David Barrett predijo lo que hoy nos parece obvio:  Si continuaban los índices de crecimiento, para 1980 la mayoría de los cristianos estarían en África, Asia, Oceanía y América Latina.  Para esas fechas la fe cristiana estaba presente en prácticamente todos los países del mundo.  Noventa y siete por ciento de los pueblos de la tierra hablaban lenguas que disponían ya de traducciones de las Escrituras.

Esta transición sucedió tal y cual la predijo Barrett; y la tendencia demográfica no ha hecho más que acentuarse desde entonces, con el auge de la iglesia en la mayoría del mundo a la par que un declive del número de miembros en Occidente.  En el transcurso de toda la historia, el centro geográfico del movimiento cristiano se ha encontrado allí donde es mayor su vitalidad.  Ese centro geográfico ha variado de una época a otra, pero durante  1.500 años el Occidente ha sido el centro geográfico histórico del cristianismo.  Sólo empezamos a atisbar las consecuencias profundas que tendrá este cambio histórico tan dramático que ha sufrido el cristianismo en los últimos veinticinco años.

[…]

2.  Variedades de misión
La historia de las misiones cristianas en el transcurso de dos milenios contiene un cúmulo importante de lecciones y advertencias, sabiduría y guía a tener presente cuando consideramos un abanico amplio de temas, entre ellos, la estrategia para la misión.  Centraremos aquí nuestra atención en cuatro variedades de estrategia para la misión que han contribuido de manera significativa al desarrollo del cristianismo a través de los siglos.  Aunque es cierto que podríamos haber incluido otras también, estas cuatro estrategias han sido particularmente influyentes y siguen teniendo su relevancia al día de hoy: (a) proselitismo, (b) conquista, (c) evasión y (d) evangelización.  Las veremos de una en una.

[SIGUE...]

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