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Congreso de la Global Mission Fellowship — Almaty, Kazajstán, 18-20 de septiembre, 2006
Estrategia de misión (2)

Cruzar fronteras , por Wilbert R. Shenk

Introducción
Durante los últimos treinta años he observado con perplejidad e inquietud cómo el mundo secular se ha adueñado con entusiasmo del concepto de misión.  Me causa perplejidad porque durante casi dos siglos ha sido más frecuente mofarse de las misiones y de los misioneros que alabarlos —y esto por parte de todo tipo de personas: novelistas, intelectuales, cineastas, historiadores y practicantes de las ciencias sociales.  Hoy día toda multinacional que se precie anuncia con orgullo su «misión».  Hay restaurantes, hospitales y universidades que se esfuerzan por dar a conocer que sienten que su «misión» es brindarnos un servicio de calidad.  Los cuerpos y fuerzas militares nos aseguran que saben bien cuál es su «misión».  La ironía es que esto está sucediendo cuando muchas iglesias locales se sienten confundidas y carentes de claridad acerca de cuál pueda ser su misión.

Desde 1950 los teólogos de la misión nos vienen ayudando a comprender que el origen de la misión cambiante es la missio Dei, es decir, la misión de Dios.  Esta idea supone un cuestionamiento fundamental de la manera tradicional de entender las misiones.  Esta era la idea por la que se sobreentendía que las misiones eran una función de la iglesia y que la iglesia podía elegir si comprometerse o no con la misión.  El de misiones era uno entre diversos programas o proyectos que realizaba la iglesia.  No es por accidente que el movimiento misionero moderno se organizó casi por entero al margen de las estructuras oficiales de las iglesias.  Poco a poco, las iglesias empezaron a reconocer que la obra misionera era una actividad legítima y acabaron por establecer vínculos formales con las agencias misioneras.

Pero la teología de la missio Dei nos exige un cambio de perspectiva mucho más radical.  Antes de que existiese Israel o la iglesia, estaba Dios.  Y Dios contempló el mundo con una compasión que nos cuesta llegar a comprender cabalmente (cf. Ez 16,4-7a).  Dios determinó redimir el mundo.  Dios es el Dios de la misión, de la missio Dei.  Es útil distinguir entre misión y misiones.  Quizá nos ayude la siguiente analogía:  El sistema solar gira alrededor del sol.  Los planetas sólo pueden reflejar la energía de luz que reciben del sol.  De la misma manera, la missio Dei, la misión de Dios, está en el centro.  Todas las pequeñas misiones que emprendamos por obediencia al llamamiento de Jesucristo, nunca pueden ser más que reflejos de la misión de Dios.  Tal es así, que estas pequeñas misiones siempre reflejan imperfectamente la energía de luz que proyecta Cristo.

[…]

Perspectivas bíblicas sobre barreras, límites y fronteras
Nos parece natural que los seres humanos estemos constantemente trazando límites —entre lenguas, culturas, regiones geográficas y grupos étnicos— para crear y proteger nuestro sentido de pertenencia a un grupo que se distingue de otras agrupaciones.  Esta inclinación humana a trazar líneas que definen y dividen se observa a todo lo largo de los testamentos Antiguo y Nuevo.  Celebramos el hecho de la variedad en la naturaleza y las culturas como evidencia de la riqueza de la creación de Dios.  Pero son precisamente estas diferencias que utilizan y aprovechan los hombres y las mujeres para perjudicar y destruirse unos a otros.  En la guerra suele suceder que cada bando demoniza al otro, habitualmente exagerando las diferencias.  En el Apocalipsis, el éschaton se describe en términos de la unidad de «los santos de toda tribu y lengua y pueblo y nación» (5,9b; cf. 7,9; 21-22) en un cielo nuevo y una tierra nueva.  La salvación es el triunfo de la gracia de Dios de tal suerte que todos nos hallamos unidos en el amor de Dios, sin borrar nuestras diferencias humanas.  El testimonio misionero ha de ser siempre un anticipo de aquel objetivo final.

[SIGUE...]

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