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«Mirad cómo van con el rostro hacia el sol»
por John H. Yoder

I. Prólogo y prototipo: Galuth como llamamiento

La visión de las cosas que se me ha pedido presentar en este congreso sobre «Comunidades en el exilio» exigiría varios prefacios a modo de orientación.  No es fácil de situar en ningún mundo semántico, en ningún mundo social.  Mi tema entonces casa bien con este congreso, en el sentido de que resulta un ejemplo singular de la existencia sin domicilio fijo que describe.

He tomado mi título de un cuerpo de literatura que encaja con nuestro tema en algunas maneras, aunque no en otras.  Stephan Zweig escribió su drama poético Jeremías durante la Primera Guerra Mundial, mientras cumplía su servicio militar en calidad de reportero y archivista en Viena.  Cuando lo escribía estaba convencido de que sería su obra más importante.  Representa una generación de la elite judía dentro de la cultura alemana anterior al Holocausto, una generación que se preciaba de ambas identidades, la judía y la alemana, con la plena confianza de que eran perfectamente compatibles.  Ese es el contexto donde hay que situar su reivindicación de su condición de judío.  Zweig escribió su primera afirmación confesional en una carta de octubre de 1916 a Martin Buber; durante la primavera siguiente acabó su Jeremías.  No hace falta dar detalles aquí de cómo esa visión ambiciosa de síntesis entre dos culturas, representada por Buber y sus amistades y la revista Der Jude, se perdió irreparablemente.  Lo que nos interesa aquí —y que guarda relación con nuestro tema— es que a pesar de haberse quedado obsoleto en ese sentido, el poema dramático Jeremías reivindicaba la visión de galuth o identidad de diáspora que aceptaba como punto de partida el juicio negativo de Dios sobre el proyecto de la dinastía de David, tras los fracasos de sus cuatro siglos de duración.

No me interesa aquí estudiar de dónde sacó Zweig los numerosos elementos novedosos de la historia de Jeremías, que van mucho más allá de lo que hallamos en el libro profético canónico de Jeremías o las últimas páginas de 2 Reyes y 2 Crónicas, para configurar un argumento dramático apto para obra de teatro.  ¿Halló algunos de esos elementos en fuentes legendarias rabínicas?  ¿Se lo inventó él mismo como todo dramaturgo tiene derecho a hacer?

Tampoco puedo dar por seguro que el Jeremías original, conforme a como la investigación o imaginación histórica pudiera reconstruir su persona, fuera tan declaradamente pacifista como la generación de Sin novedad en el frente, como lo pinta Zweig.  No es necesario resolver ninguno de esos detalles para poder observar que la conclusión que escribió Zweig para esta obra afirma que la dispersión es misión.

Encontrarse diseminados por el mundo no es un paréntesis al cabo del cual se volverá a la normalidad.  Al contrario —y este es el mensaje de la obra de teatro— desde la generación de Jeremías, la dispersión ha de ser el llamamiento singular de la comunidad de fe judía.  Esto es lo que nos interesa.  Zweig describe la procesión de expulsados de Judea de una manera que casa plenamente con el mensaje de la carta postrera de Jeremías (capítulo 29 en el libro del profeta) a los judíos en Babilonia, aunque no cita esa carta directamente.  En esa carta Dios instruía al pueblo en Babilonia a quedarse ahí, a renunciar a la idea de un regreso rápido a Judea, a echar raíces, comprar tierras y plantar huertos y viñedos, casar a sus hijos e hijas y disfrutar de sus nietos; y especialmente:

Procurad el bien de la ciudad adonde os he mandado al exilio, e interceded al Señor por su bien, porque en su bien hallaréis el bien vuestro.  (Jer 29,7)

[SIGUE...]

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