25 de febrero de 2019    •    Lectura: 8 min.
 
  El salmo 104
A Dios no solamente le interesamos los humanos

La Biblia tiene en general un mensaje francamente antropocéntrico. Es decir, nos ofrece en general una visión de la realidad —por consiguiente una visión de Dios— centrada en la importancia del ser humano.

Se podría objetar que no, que todo lo contrario, el centro del universo bíblico es Dios, no el ser humano. La Biblia no sería un libro humanista sino teísta. Una objeción perfectamente válida, excepto que en la Biblia Dios ha de ser siempre el centro… de la atención de los humanos, del culto de los humanos, de buena reputación entre «las naciones», ilustre entre «los reyes del mundo», aclamado por «toda lengua, pueblo, tribu y nación». La historia de la Biblia es la historia de Dios en cuanto deidad adorada por seres humanos. Así que, bien, admitamos que esta objeción tiene validez: la Biblia va de teísmo, no de humanismo. Pero admítase también que es un teísmo esencialmente humano.

Relatos de la creación

Por eso me parece importante la presencia de aquellos pasajes —que son pocos, pero ahí están— donde vemos a Dios ocuparse del resto de la creación. En el primer relato de creación [Gn 1,1-2,3] el ser humano parece ser la culminación y cima de la creación. Sin embargo, Dios antes ha creado otras muchas formas de vida terráquea, y las ha declarado todas buenas. Son ante su Creador válidas, bellas, dignas de existir.

En el segundo relato de creación [Gn 2,4-3,24] el ser humano aparece al principio, porque es necesario como hortelano del huerto del Señor para que pueda prosperar la vegetación que Dios piensa crear. Una vez que hay vida vegetal (por cuanto hay ahora hortelano que pueda atenderla) Dios crea también la vida animal para dar compañía al humano solitario. Los diferentes animales son deficientes como pares del humano pero no serán aniquilados por esa carencia, sino que tienen validez propia y se propagarán con el beneplácito divino.

Esta segunda narración culmina con la expulsión del ser humano (ahora dividido en dos sexos y por consiguiente capaz de reproducirse) del huerto de Dios. Enemistado con las plantas, ahora le costará sudor y dificultades inmensas alimentarse. Enemistado con las serpientes, ya no verá los animales con afecto sino como peligrosos (salvo unas pocas bestias que amansa para explotar su trabajo y para comérselas y vestirse con sus pieles).

El autor de Génesis, entonces, abre su historia de la familia de Abrahán con un prólogo sobre la creación del universo y la humanidad antes del pueblo protagonista, que incluye dos versiones que coinciden en que Dios nos creó a nosotros, por supuesto, pero también a todas las demás formas de vida. Si en la primera el ser humano aparece como cúspide de la creación, en la segunda su papel queda relegado al de hortelano para cuidar a todo lo demás. En ambas versiones el enfoque acaba siendo francamente humanista: lo interesante o importante es la humanidad. Pero a la vez dejan abierta la puerta a que podamos entender que otras formas de vida también pueden interesar a Dios incluso cuando, en nuestra rebeldía y pecado, ya no nos interesen a nosotros.

Dios responde a Job

Hallamos algo parecido en el discurso «naturalista» o «ecologista» de Dios cuando por fin responde a las reclamaciones insistentes de Job. Dios responde a Job desviando su mirada de sus propios padecimientos, para que comprenda que aunque, como dice el salmista, «el SEÑOR considera preciosa la muerte de sus devotos» [Sal 116,15], a la vez, hay mucho más en esta maravillosa creación de Dios, que los amores y sinsabores de la humanidad.

Dios invita a Job a contemplar las estrellas y constelaciones, algunas de las cuales menciona por nombre. Le hace considerar las costas y la tierra firme que el mar no inunda jamás. Y los «cimientos de las montañas», lo cual me recuerda la impresión que producen las laderas de Gran Canaria, isla surgida de un volcán hace la friolera de catorce millones y medio de años y desde entonces erosionado hasta el esqueleto. Fuerzas geológicas de una antigüedad inimaginable, por cuanto ya cuesta imaginar mil años, pero si hablamos de decenas de millones de años —o de miles de millones de años si consideramos las galaxias del universo— no hay por dónde nos entre en el cerebro.

Dios invita a Job a contemplar el búho, el avestruz, el caballo de guerra cuando olfatea el aire, las cabras y asnos monteses, el gavilán y el águila. Dios le cuenta que él juega con leviatán y con behemot, palabras de traducción no del todo segura, que podrían aludir al cocodrilo y el hipopótamo o quién sabe si a monstruos mitológicos, pero que en cualquier caso son motivo de placer y sosiego y diversión para su Creador.

Dicen los que lo han investigado, que en cada uno de nuestros cuerpos hay aproximadamente igual número de otros seres vivos unicelulares, como células con ADN humano. ¿Acaso no se deleita el Creador, tanto como con nosotros, con la fascinante habilidad —que Dios ha creado— de un virus o una bacteria para adoptar mutaciones y lograr así sobrevivir al continuo ataque biológico a que están sometidos? ¿Acaso le fascina menos el plancton de los océanos, base de la cadena de vida que puebla dos tercios de la superficie terrestre?

Los cientos de miles de años que podamos alcanzar a durar los homínidos en la vida de este planeta —en comparación con los millones de años que duraron los dinosaurios, por ejemplo— deberían hacernos recapacitar que el Creador nos ama, sí, pero sin por ello dejar de tener otros intereses.

En la larga sucesión de millones de años de la existencia de este planeta, ¿se aburría Dios esperando a que —hace solamente algunas decenas de miles de años— surgiéramos el homo sapiens sapiens? Cuando por nuestra torpeza acabemos de hacer inhabitable para nuestra especie este planeta, ¿se aburrirá Dios durante los sucesivos millones de años cuando la evolución vaya produciendo nuevas formas de vida? ¿No es esto también fuente de deleite y satisfacción para el Creador de todo lo que existe?

Los padecimientos de un Job —o de cualquiera de nosotros— en este insignificante puñado de años de nuestra existencia terrenal, cobran su dimensión correcta al considerar todo esto que hay más allá de la vida de cada uno de nosotros. Esto lo tuvo que reconocer Job y lo tiene que reconocer cualquiera que quiera hacer suya la sabiduría del libro de Job.

Salmo 104

Todo esto lo ha traído a mi memoria la lectura reciente del salmo 104, que reproduzco a continuación en una traducción hecha por mí para esta ocasión. Hay en este salmo, como se verá, muchísima licencia poética y bellísimos vuelos de imaginación propios de la poesía. Pero con lo que me quiero quedar es la idea del Dios creador en relación con su entera creación, que no solamente con nosotros los humanos.

1 Bendice, oh alma mía, al Señor.
Mi Dios, inmensamente grande,
estás vestido de gloria y esplendor.

2 Envuelto en luz como una capa,
quien extendió la cortina de los cielos.

3 El que estableció las vigas de su tejado sobre el mar,
que dispuso las nubes como carruaje para sí,
que se desplaza con las alas del viento.

4 El que hace que los vientos difundan sus mensajes,
que las llamaradas de fuego sirvan sus propósitos.

5 Has asentado la tierra sobre sus cimientos;
nunca jamás se moverá de ahí.

6 El caos primordial la cubría como un manto,
sobre las montañas se habían instalado las aguas.

7 A tu regañina huyeron despavoridas;
oyeron el sonido de tu tronar y salieron corriendo.

8 Se irguieron los montes, se allanaron los valles,
al lugar que tú estableciste para cada cual.

9 Frontera infranqueable les marcaste,
para que no volviesen a inundar la tierra.

10 Dispusiste manantiales para ríos;
entre las colinas fluyen.

11 Abrevan a todo animal del campo,
los asnos salvajes sacian su sed.

12 En lo alto viven las aves del cielo,
por entre el follaje se escucha su piar.

13 Eres quien abreva las colinas desde las alturas,
del producto de tus labores se sacia la tierra.

14 Quien riega la hierba verde para el ganado,
y los cereales de la tierra, pan para el ser humano.

15 Y vino para alegrar el corazón del hombre,
resplandecientes de aceite y pan, sustento del hombre.

16 Satisfechos están los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó.

17 Donde las aves tienen sus nidos,
en la copa de los abetos anida la cigüeña.

18 Las cimas de los montes son para cabras monteses,
entre los riscos se refugian los tejones.

19 Hizo él que la luna pase por sus fases,
que el sol sepa cuando ha de ponerse.

20 Estableces la oscuridad y es de noche;
en ella pululan todas las bestias del bosque.

21 Rugen los leones cuando cazan,
cuando pretenden de Dios su alimento.

22 Amanece el sol y se esconden,
en sus guaridas dormitan.

23 Sale el hombre a su labor,
a trabajar hasta el atardecer.

24 ¡Qué numerosas son tus obras, Señor,
cada una hecha sabiamente;
la tierra está llena de lo que has conseguido.

25 Aquí el inmenso y ancho mar
en cuya mano pulula toda clase de bicho,
y no hay quien cuente tantos seres chicos y grandes.

26 En él viajan los barcos,
el leviatán que tú creaste para tu diversión.

27 Todos ellos esperan en ti,
que los alimentes cuando les toca.

28 Les das, lo recogen;
abres tu mano y bien satisfechos quedan.

29 Pero si te les escondes, les entra pánico;
si les cortas la respiración, se mueren y al polvo vuelven.

30 Les mandas tu aliento y creados quedan,
y así renuevas la vida de la tierra.

31 Sea eterno el resplandor del Señor,
que el Señor sea feliz con lo que ha hecho.

32 Tiembla la tierra cuando él la mira;
echan humo las montañas cuando las toca.

33 Cantaré al Señor toda la vida,
en el tiempo que me queda elevaré melodías a mi Dios.

34 Dulces sean ante él mis susurros;
en cuanto a mí, me alegraré en el Señor.

35 Sean aniquilados de la tierra los que ofenden,
y que los malvados dejen de existir.

Bendice, oh alma mía, al Señor;
alelú Yah (alabemos al Señor).

 
 
Facebook
  Twitter  Whatsapp  Email
 
  Copyright © 2019 Dionisio Byler