25 de marzo de 2019    •    Lectura: 9 min.

 
  Lo que cantamos en la iglesia

Según se cuenta, hubo quien criticó a Lutero su costumbre de adaptar las canciones picantes que se solía cantar en las tabernas alemanas, componiéndoles letra edificante para cantarlas en la iglesia. Lutero respondió:

—¿Y por qué se iba a tener que quedar el diablo con la mejor música?

En las siete décadas de mi vida hasta aquí, he visto por lo menos dos o tres revoluciones en el estilo de los cánticos que cantamos en las iglesias.

La antigua tradición de himnos evangélicos

Recuerdo con cierta añoranza la profundidad teológica de muchos de los himnos que cantábamos en mi niñez y juventud. Himnos de rancia tradición evangélica que exponían, en una sucesión de estrofas en verso con estribillos, las verdades más importantes de la fe cristiana.

Lutero también opinó sobre la importancia de la letra de los himnos protestantes. Pensaba que difícilmente se iba a acordar la gente de lo que le oían predicar en sus sermones, pero que jamás olvidarían la letra de los himnos que aprendían de memoria al cantarlos repetidamente en la iglesia. Por eso la himnología tradicional evangélica tiene un contenido teológico muy trabajado. Había que matizar cuidadosamente los conceptos teológicos que cantaba el pueblo evangélico, porque lo que cantaban acabaría siendo lo que de verdad creían.

El castellano de esos himnos tradicionales evangélicos ya sonaba antiguo cuando mi niñez. Eran a veces poemas místicos como los de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz. Otras veces poemas originales por poetas evangélicos españoles de finales del siglo XIX. Y muchas traducciones del himnario evangélico alemán o inglés, siempre con un metro rígido y rima cuidadosa. Para conseguir el número de sílabas y las rimas que hacían falta, se recurría a términos que ya no eran parte del habla popular castellano. «Do» por «donde», «doquier» por «en todo lugar», «diome» por «me dio», y un largo etcétera.

El metro de los poemas sacros que cantábamos como himnos era un aspecto esencial. Entre los índices que aparecían al final del himnario, había un índice de la métrica de los versos, donde se podía ver cuáles himnos seguían el mismo patrón. Por ejemplo 8.6.8.6, es decir, dos líneas de ocho sílabas, seguidas cada una por una línea de seis sílabas . Un poema hímnico compuesto en la métrica 8.6.8.6 podía ser cantado con cualquiera de las melodías que seguían esa misma métrica. Un pastor podía, si quería, componer un himno nuevo para reforzar el tema de su sermón, y el organista o director del coro podía escoger cualquiera de las melodías con el mismo metro —que la congregación ya conocía y podía cantar a la primera— para que se entonara antes o después del sermón.

El organista o director también podía, si lo deseaba, intercambiar la melodía y letra de diferentes himnos, siempre que siguieran el mismo metro. Todo esto brindaba una enorme flexibilidad y variedad para la interpretación de los himnos.

Himnos de la tradición de avivamiento

El protestantismo derivó rápidamente en una religión teológicamente rica pero emocional y espiritualmente estéril. Se predicaban verdades bíblicas eternas y se cantaban himnos de intachable contenido teológico, pero la gente ni experimentaba una conversión ni tenía una relación personal con Dios. Surgió así primero, en el siglo XVII, el pietismo dentro del protestantismo, como recuperación del sentimiento y la experiencia personal de salvación. A la postre el pietismo derivó en el «avivamentismo» del siglo XIX, la tradición de campañas de avivamiento espiritual en las plazas de las ciudades, más tarde en carpas para ese fin con predicadores que las llevaban de un lugar a otro, y al fin campañas de predicación y avivamiento en las propias iglesias evangélicas.

La recuperación del sentimiento y la experiencia personal de salvación y relación con Dios, trajo consigo una revolución en la himnología protestante. Ya no se cantaban solamente las grandes verdades de la Trinidad, del Creador, del sacrificio de Jesús en la cruz, la victoria de su resurrección, la esperanza en la vida eterna, etc. Ahora se cantaban también testimonios de «conversión», e himnos de invitación para que los pecadores se entreguen a Jesús.

No todo el mundo aprobaba de esta himnología nueva. Hubo quien consideraba que se estaba descuidando las verdades eternas y esenciales de la fe, cuyo tema único debía ser las virtudes de Dios. No veían bien el auge de cánticos centrados en uno mismo, mi experiencia, mi sentirme amado, mi saberme perdonado, mi devoción personal a Dios. Yo-yo-yo, mi-mi-mi, pero relativamente poco sobre Dios, exceptuando su amor y perdón.

Pero esas críticas tuvieron poca eficacia y al final en la mayoría de las iglesias los himnos pietistas y de avivamiento pasaron a integrarse en el repertorio hímnico y a cantarse con la misma frecuencia que los antiguos himnos teológicos.

La recuperación de los salmos

En mis años de universitario, apareció una tendencia a recuperar los salmos, para cantarlos ahora con un estilo musical moderno, utilizando en particular la guitarra y ritmos propios de la música folclórica y popular. Los salmos nunca se dejaron de cantar en las iglesias evangélicas —notablemente en la tradición calvinista— pero ahora se recuperaban sin reconvertirlos en poemas con el metro y rima de la himnología tradicional.

Recuerdo que en reuniones de grupos pequeños abríamos la Biblia al salmo y versículo que alguien indicaba, y aprendíamos una melodía para cantar esas palabras tal cual aparecían en la Biblia, acompañados normalmente por el rasgueo de la guitarra. Yo vivía a caballo entre ambas tradiciones. Como estudiante de música aprendía a componer melodía y armonización a cuatro voces con el metro tradicional. Pero a la vez entonaba con gusto estos salmos con sabor folclórico y popular, acompañados con la guitarra.

Con el paso del tiempo, a comienzos de los años 70 del siglo pasado, dejé ya de crear composiciones hímnicas y compuse decenas de «coritos» cuya letra eran versículos de los salmos, indicando acordes para guitarra y ya no la armonización a cuatro voces.

El culto evangélico como concierto de rock

La raigambre folclórica y popular de ese estilo musical fue cediendo a otros estilos contemporáneos. Recuerdo que cuando primero toqué en una iglesia con guitarra eléctrica —que no solamente la guitarra española de toda la vida— lo que hacía era un punteo de arpegios y líneas melódicas más parecido a la guitarra clásica o al piano que al rasgueo rítmico roquero. Aun así el propio uso de la guitarra eléctrica ya supuso algo de escándalo para mi iglesia, acostumbrada a la solemnidad del órgano aunque la guitarra se había afianzado en reuniones caseras.

Unas décadas más tarde se había consumado la transición, me parece que en la inmensa mayoria de las iglesias evangélicas, a iniciar el culto con un «tiempo de alabanza» guiado por una orquesta de rock y un «coro» de voces con micrófonos. En la última década del siglo pasado yo tocaba un violín eléctrico, con pedales para distorsión cuando me apetecía, contribuyendo así a mi manera a los chillidos de los nuevos estilos musicales que penetraban también en la iglesia. Me parece que se siente desafortunada la iglesia que hoy día no cuenta con una orquesta de teclado, una o más guitarras eléctricas, bajo, y batería.

Habrá, supongo, quienes no sabrían «sentir el Espíritu» en la adoración, si no es por las sacudidas rítmicas que los altavoces comunican directamente al pecho del espectador evangélico. Y digo bien espectador, por cuanto hay iglesias donde se apagan las luces, para dejar caer focos de luz sobre la orquesta y el coro en la plataforma. El pueblo de Dios sigue cantando, pero si dejase de cantar no se notaría.

Esto último puede sonar a crítica. Es cierto que yo, personalmente, prefiero oír cantar a toda la congregación y no solamente al «grupo de alabanza». Pero reconozco que si vamos a llegar a las generaciones más juveniles con el evangelio, habrá que conectar necesariamente con sus preferencias musicales. No es a mí que haya que «alcanzar» ya con el evangelio, sino a la juventud que no ha conocido al Señor.

Por un castellano correcto y una teología bien matizada

Cantamos hoy día una multitud de cánticos y «coritos» de muy diversa procedencia. A veces me sorprende la incoherencia gramatical, el sinsentido de frases mal traducidas del inglés. Otras veces se oyen auténticos disparates contrarios a la fe cristiana. El pueblo evangélico parece bien dispuesto a cantar estas cosas, con tal de que los directores de la alabanza lo consideren oportuno.

Supongo que es inevitable que las canciones de adoración cristiana que se popularizan en YouTube se acaben traduciendo a nuestra lengua. Hace siglos se traducían también himnos del alemán y el inglés. En aquellas traducciones hubo alguna cosa grotesca, como el empleo de arcaísmos rebuscados, y a veces excesiva licencia poética para inventar neologismos, ante la necesidad de acoplarlo todo al metro hímnico y rima tradicionales.

Pero confieso que a veces siento auténtico bochorno, y me da cosa cantar letras al estilo de «hastá que tu me béndigas» —ejemplo imaginario, para no ofender a nadie— que la gente canta como si eso quiere decir alguna cosa coherente en la lengua española. A veces me veo obligado a retraducir mentalmente al inglés para tratar de adivinar qué es lo que han querido decir. Pero observo que a mi lado todo el mundo lo canta con fervor sin inmutarse. A veces canto por lo bajinis una versión mía del sentido de la frase que veo proyectada en pantalla, resistiéndome a cantar lo que en lengua castellana es puro disparate.

Más me preocupa, por su efecto nocivo sobre el contenido de la auténtica fe evangélica, el disparate teológico. Pienso por ejemplo en un «corito» basado en el Padrenuestro, que salta del Padre en el cielo y su reino y voluntad en la tierra, al «tuyo es el reino, el poder y la gloria». La oración que nos enseñó Jesús es ya de por sí admirablemente breve. El reino y la voluntad del Padre tienen contenido concreto en un pan que es «nuestro» —que no «mío»—, el perdón de los que nos ofenden como ejemplo para reclamar el perdón divino, y la resistencia ante la tentación. A falta de esas frases centrales del Padrenuestro, todo queda en unos conceptos vacuos y fofos que parecen adorar a Dios, pero no quieren confesar a viva voz lo que él pretende de nosotros.

Es solo un ejemplo.

Hace años en nuestra iglesia en Burgos, cuando alguien proponía enseñar un corito nuevo, primero estudiábamos la letra por ver si se adaptaba a lo que de verdad creemos. Considerábamos también si el castellano era correcto y los acentos de letra y música coincidían. Creamos frecuentemente nuestra propia versión adaptada, que normalmente tampoco era tanto lo que había que cambiar, y solo entonces la enseñábamos. Supongo que hay, hoy también, iglesias donde se hace algo así. Me da la impresión, sin embargo, que en general lo que se hace es adoptar la versión más pegadiza de YouTube y darla por buena.

En conclusión

Pocas cosas llegan más al corazón que la música. Creo que Lutero tenía razón. Que acabaremos creyendo lo que cantamos y que nuestra fe se parecerá mucho a nuestros coritos favoritos. Razón de sobra para que consideremos con especial atención qué es lo que cantamos y procuremos siempre elevar el nivel teológico y también ajustarnos a las normas del castellano bien hablado. Como Lutero, no debemos privarnos, por tradiciones vetustas, de las últimas tendencias de la música popular. Lo cual no está reñido ni con una teología bien razonada ni con un castellano correcto.

 
 
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