1 de abril de 2019  •  Lectura: 3 min.

 
 
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Otro término a añadir al diccionario que aparecía en El Mensajero.

bienaventuranza — Término empleado para describir los aforismos de Jesús, en Mateo 5,3-12, al comienzo del Sermón del Monte. También sirve para los mismos efectos el término «macarismo», por la palabra makárioi que emplea el original griego del evangelio.

Makárioi ha sido traducido diversamente por las diferentes versiones en español del texto de Mateo: «bienaventrados», «dichosos», «felices». También valdrían, tal vez, las siguientes traducciones: «afortunados», «benditos», «envidiables». Si bien cuando se traduce un texto es necesario escoger un término entre todos estos, lo ideal sería pensar en todos a la vez para hacernos idea el abanico de significado del vocablo griego.

¿Qué clase de aforismo tenemos en las bienaventuranzas de Jesús en el Sermón del Monte?

Hay una tendencia a verlos como mandamientos. El efecto sería, tomando el primero como ejemplo: «Tenéis la obligación imperativa de haceros “pobres en espíritu”; porque si no, Dios os castigará excluyéndoos del reino de los cielos».

Pero esta bienaventuranza no está expresada en las palabras de Jesús como mandamiento y amenaza de castigo. Está expresada como una observación sobre realidades ocultas, sobre principios espirituales que operan en la humanidad aunque no reparemos en ellos. Quienes están en la condición de ser «pobres de espíritu» (y habría que entender qué significa eso), ya poseen hoy («es de ellos», dice Jesús) «el reino de los cielos» (y esto también habría que entender qué es lo que significa). Entre otras posibilidades, yo propondría la siguiente traducción del versículo: Dichosos los que están desanimados, porque se están dejando gobernar por el Señor.

No es un mandamiento; es una observación.

Pero como sucede con todas estas bienaventuranzas, es una observación de realidades ocultas, que no son obvias a primera vista. Hace falta entender, como entiende Jesús, que este infortunio esconde una bendición divina, un favor de parte de Dios, un motivo último de felicidad aunque ahora cunda el desánimo. Para entenderlo así, sin embargo, hace falta un discernimiento que ve más allá de la superficie de las cosas.

Para esto hace falta sabiduría. El concepto de sabiduría, de la sabiduría especial de Jesús para entender lo que no resulta obvio, es indispensable para comprender de manera cabal la naturaleza de las bienaventuranzas. Es, de hecho, la clave para comprender todo el Sermón del Monte, que aunque trae mandamientos, tiene mucho más de «discurso de sabiduría» que de enumeración de disposiciones legales.

Mateo no alude directamente al concepto de Jesús como «sabio» en Israel, aunque sí observa que la gente le daba el tratamiento de «rabí». Un rabino no era cualquiera; era necesario conocer hondamente los textos sagrados de Israel y la rancia tradición de interpretación de los mismos, para alcanzar esa distinción y ese tratamiento honorífico.

El evangelio de Juan, sin embargo, va más allá, para vincular expresamente a Jesús con el concepto bíblico de «sabiduría». El «prólogo filosófico» con que arranca Juan para hablar de la Palabra preexistente y la Luz que alumbra al mundo y que al fin se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros —para referirse así a Jesús— recuerda en muchos particulares el discurso de «Doña Sabiduría», que en Proverbios 8 se planta junto al camino para anunciar sus virtudes. Se proclama primerísima entre las obras del Creador, sin la cual no hubiera podido crear ninguna otra cosa, arquitecta de toda la creación. Esto es lógico. ¡A ver cómo se las iba a apañar para crear el universo Dios, si lo intentaba hacer con estupidez o ignorancia! Ahora Juan emplea los mismos términos de preexistencia antes de la creación y participante esencial de la creación, para referirse a la Palabra. Es evidente que en la mente del evangelista, Sabiduría y Palabra son la misma cosa; mejor dicho la misma persona: Jesús el Hijo.

Es desde esta tradición entonces, donde se ve a Jesús como encarnación de la Sabiduría divina, que hemos de entender el tipo de aforismo que son las bienaventuranzas y el Sermón del Monte entero.

El reto para nosotros hoy, entonces, es intentar alcanzar a captar y comprender la visión magnífica que tiene Jesús da las realidades ocultas del universo creado por Dios. Un universo donde los deprimidos se están dejando gobernar por Dios —aunque no lo parezca—. Donde los que hoy lloran no llorarán mañana, porque Dios ha hecho este mundo de tal manera que la tristeza se disipe con el tiempo. Donde los mansos heredarán la tierra, aunque eso parezca un contrasentido y un absurdo. Etc., etc., realidades que solamente la sabiduría eterna de Jesús podía revelarnos.

 
 
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