8 de abril de 2019    •    Lectura: 5 min.

 
  ¿Cómo nos identificamos?

No creo que muchos lo notaran, pero hace unas semanas cambié la cabecera de la web menonitas.org, que venía poniendo «Cristianismo menonita», a «Cristianismo anabautista». Hace años había hecho una consulta entre nuestros lectores, proponiendo la posibilidad de cambiar esa cabecera. No recuerdo bien las alternativas que propuse en aquel entonces; pienso que tal vez alguna cosa al estilo de «Cristianismo consecuente».

Hubo una clara mayoría que prefería que se quedase como estaba y otros que sugerían lo que al final queda ahora: «Cristianismo anabautista». La preferencia era conservar claramente una alusión a la vinculación histórica que define a nuestras comunidades.

En junio de 2016 publiqué en El Mensajero un artículo donde explicaba «Por qué me identifico como menonita». Allí expresaba mi preferencia —puramente personal— por el término menonita antes que anabautista, considerando que ambas palabras tienen sus problemas.

La palabra menonita sufre de identificación con grupos de raza germana que viven replegados en comunidades rurales altamente tradicionalistas, de los que la sociedad solo tiene conocimiento cuando se sabe de algún escándalo entre ellos, o bien por su sectarismo pronunciado. A mí el término anabautista, sin embargo, me resultaba ambiguo porque los anabaptistas originales habían sido un movimiento muy diverso, donde entraba la locura colectiva que sucedió en la ciudad alemana de Münster, aunque también muchos cristianos pacíficos y evangélicos.

El término menonita nos vinculaba —defendía yo entonces— con la figura de Menno Simons, un predicador de la Biblia y líder anabaptista de segunda generación, cuyos escritos sobrios, pastorales, y llenos de un hondo conocimiento de las Sagradas Escrituras, orientó la vida de aquellos rescoldos del movimiento anabaptista que lograron sobrevivir el siglo XVI.

El término menonita hacía visible también —siempre en mi opinión— la vinculación con los voluntarios norteamericanos que se dedicaron a alimentar y vestir a niños de familias de refugiados de guerra durante la Guerra Civil Española de 1936-1939. Y con Juan Driver, que llegó a España en 1975 y fue un maestro bíblico y de teología, de notable influencia entre los evangélicos españoles de aquella generación. Muchos —en diferentes iglesias evangélicas españolas— me han comentado que recuerdan con emoción cómo Driver les abrió la comprensión de la Escritura y les trajo una manera nueva de entender la teología e historia cristianas. Y recuerdan expresamente que se identificaba como menonita.

¿Por qué he cambiado ahora de opinión?

Creo que me he resignado a entender que el término menonita tiene en lengua española el significado que tiene. Mi experiencia —positiva— de la Iglesia Menonita no coincide con lo que viene a la mente de los hispanohablantes cuando se cruzan con la palabra menonitas. El hispanohablante normal asocia ese término con una secta rural. Si le resultan interesantes, es por las peculiaridades de su vida sectaria en pequeñas comunidades rurales altamente regimentadas, con su indumentaria propia, su dialecto alemán arcaico, su raza rubia del norte de Europa, y el control férreo de la secta sobre cada aspecto de sus vidas y conducta.

No es ese en absoluto el menonitismo que yo he conocido y vivido, pero eso realmente no viene a cuento. Es lo que la gente entiende si oyen menonitas, suponiendo que les suene. He entendido por fin algo tan obvio como que mi experiencia personal no determina los usos de la lengua castellana. Y que al contrario, por cuanto la finalidad de las palabras es comunicarnos con el prójimo, lo que me toca hacer a mí es adaptarme yo al uso corriente que tienen las palabras.

Mi resistencia frente a la sustitución del término anabautista padecía de un error parecido. Los anabaptistas originales del siglo XVI siguen siendo para mí mucho más problemáticos que aquella segunda generación que fue guiada por Menno Simons. Pero también he conseguido entender al fin que la inmensa mayoría de la gente no son historiadores y no saben quiénes ni cómo fueron aquellos primeros anabaptistas. Exceptuando aquellos pocos que sí tengan interés en conocer la historia del siglo XVI, entonces, el término anabautista (variante moderna de anabaptista o anabatista) no les comunica nada en absoluto.

Si acaso, puede que despierte una asociación mental con los evangélicos bautistas.

En todo el mundo ha habido una clara tendencia por parte de los menonitas no sectarios, los que viven en ciudad y perfectamente ensamblados en la sociedad de su país, a preferir darse a conocer como anabautistas para evitar malentendidos. Poco a poco han cedido, como ahora yo, a la evidencia de que las palabras tienen vida propia y significan lo que comúnmente se entiende que significan, aunque ese significado no sea técnica o históricamente exacto.

Curiosamente, he visto hace unos días un artículo firmado por Ryan Ahlgrim publicado el 25 de marzo de 2019 en Mennonite World Review, con un título que traducido al español sería: «Es hora de cambiar el nombre Menonita». Ahlgrim, un pastor menonita en EEUU que escribe con cierta frecuencia en la prensa de su denominación, no opta por adoptar la palabra anabautistas, por cuanto la mayoría de la gente no tiene ninguna idea de qué es eso. Él prefiere resaltar el elemento más característico de la teología y ética menonita o anabautista: la defensa de formas no violentas de luchar contra la maldad y promover el bien. Propone que Mennonite Church USA se pase a llamar Peace Churches (U.S.). «Iglesias de Paz», con las siglas de su país entre paréntesis.

No tengo ninguna idea cuánto recorrido pueda tener esa propuesta. Convencer a casi 70.000 personas a adoptar una propuesta así se me antoja difícil. En cualquier caso, lo interesante es que allí también se empiezan a replantear hasta qué punto tiene sentido seguir dándose a conocer como menonitas, si lo que queremos representar es el evangelio cristiano y no una secta.

Otra denominación también en EEUU, Conservative Mennonite Conference, es ahora sencillamente «CMC». Y la otrora Lancaster Mennonite Conference ha pasado a denominarse «LMC - una comunión de iglesias anabautistas».

En el Congreso Mundial Menonita existe también alguna propuesta de adoptar otro nombre. Aunque no prospere, el caso es que desde hace años, junto con esa identificación viene siempre la aclaración: «Una Comunidad de Iglesias Anabautistas».

Yo personalmente no creo que deje nunca de verme como menonita, algo prácticamente inseparable de mis apellidos. (Soy hijo, nieto y bisnieto de predicadores menonitas.) Pero entiendo que una gran mayoría de nuestra familia de la fe prefiera presentarse al mundo de otra manera.

 
 
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