22 de abril de 2019    •    Lectura: 12 min.

 
  Formas diferentes de vivir la santidad cristiana

Entiendo que Dios nos ha creado a todos diferentes y únicos. Algunos tienden a ver las cosas en blanco y negro muy definido, sin medias tintas. Para ellos el amor se define como la urgencia por declarar que hay una puerta angosta y un camino estrecho y que la manga ancha de «todo vale, todos los caminos conducen a Dios» no se ajusta a la verdad. Entienden que si no declarasen esto, estarían faltando al amor, y a la solidaridad con el prójimo que lleva las de perderse. Es necesario y útil que haya personas así, para ayudarnos a todos a no perder el norte.

A otros, entre tanto, Dios nos ha hecho mucho más proclives al diálogo, curiosos por entender cómo viven la vida los demás, abiertos a ensanchar nuestra comprensión con perspectivas que nunca antes habíamos considerado, y aprender de la experiencia de otras personas cuya vida es diferente a la nuestra. Quiero pensar que hubo un propósito divino en crearnos a nosotros también como somos. Recuerdo haber leído en alguna parte que al ser humano le es imposible distinguir entre ser amado y ser escuchado. Este aspecto del amor, el de escuchar con empatía y sin juzgar al prójimo, tampoco puede ser ignorado por el pueblo de Dios.

No me siento quién para condenar lo que otros experimentan como la guía de Dios, a través de la Escritura y a través de su comunión con el Espíritu, y en consonancia con quiénes son, cómo los han educado, y cómo les han instruido en la fe cristiana.

Pero tampoco me parece legítimo que otros me condenen a mí, la instrucción y formación que he recibido, ni mí vivencia con el Espíritu y la riqueza de mi interacción con las Escrituras cristianas.

No tengo motivos para creerme superior a nadie en mi vida cristiana; pero aunque quiero vivir con humildad y disposición permanente a recibir corrección y a madurar más y aprender más de otros, tampoco me parece aceptable que otros se vean a sí mismos como mis superiores ni como intermediarios autorizados entre Dios y yo. Me sé hijo. Y no acepto que nadie pretenda hacer de filtro entre mi Padre y yo. Como dijo el apóstol Pablo refiriéndose a algunos que presumían de superapóstoles: «Pienso que yo también tengo el Espíritu».

Debates sin solución previsible

Hay debates en la historia de la iglesia, que no han tenido nunca resolución fácil. Al final será importante que cada cual se ciña a lo que entiende que el Espíritu le exige, para mantenerse fiel personalmente. Incluso es perfectamente legítimo que sintamos una honda carga de responsabilidad por instruir a otros en lo que entendemos es la verdad, y procuremos por todos los medios persuadir.

No es lo mismo persuadir, sin embargo, mediante argumentos convincentes y por efecto del Espíritu Santo en los corazones, que obligar, imponer, juzgar, ni condenar.

Al fin cada cual tendremos que rendir cuentas ante el Trono, ante quien es el único juez con potestad, el único Justo y Verdadero. Algunos, está claro, prefieren presentarse ante el Juez con la integridad de jamás haber cedido ni un ápice respecto a lo que primero entendieron. Pero otros preferimos presentarnos ante el Juez con la integridad de siempre haber sabido escuchar y amar al prójimo aunque ello nos obligó a flexibilizar lo que veníamos entendiendo que eran reglas inflexibles.

  • Uno de los debates más antiguos que sigue sin resolver hasta la satisfacción unánime de todos los seguidores de Jesús el Mesías, es si debemos apartar para el Señor el día sábado, el día domingo, o ninguno en particular y todos en general. A lo largo de la historia la iglesia adoptó universalmente el distintivo del día domingo como diferenciación expresa con la tradición judía. Han surgido en estos últimos siglos, sin embargo, grupos relativamente pequeños que prefieren dar prioridad al testimonio bíblico clarísimo de guardar el sábado. Desde luego, según su forma literalista de interpretar la Escritura, sus argumentos son intachables. Es cierto que no nos persuaden a la inmensa mayoría de los cristianos, pero tampoco nos permiten ignorar que el debate sigue abierto. Que no está resuelto para la satisfacción unánime de todos los que siguen al Mesías Jesús.

  • Otro debate antiquísimo, cuyas raíces se observan ya en diferencias de énfasis entre los distintos autores del Nuevo Testamento, es entre el patriarcado tradicional y la libertad de las mujeres como auténticas hijas de Dios en igualdad de condición con los varones. Textos no les faltan a los tradicionalistas que practican un literalismo cerril; aunque no sé si tantos como los textos que propugnan guardar el sábado.

    Otros prefieren enfatizar, como he hecho yo en uno de mis libros por ejemplo, la actitud y conducta revolucionaria de Jesús frente al tradicionalismo patriarcal que privilegia a los machos. Pero más que eso, sencillamente permitimos que la honda reflexión que ha hecho en estas últimas generaciones nuestra civilización entera, nos instruya a nosotros también a ver a las mujeres como creadas para unas mismas oportunidades y dignidad y consideración y sí, autoridad, que los hombres.

    El debate, en cualquier caso, tampoco está cerrado. Hay una clara tendencia en la iglesia a aceptar que el Espíritu es libre para derramar sus dones y unción y autoridad sobre quien quiera, y dejar de poner trabas a nadie. Pero otros se seguirán aferrando a ciertos textos bíblicos para negar que las mujeres en la iglesia puedan ni deban ejercer sus dones sin sometarlos al control de varones.
  • Otro debate casi tan antiguo como el propio cristianismo, es el de si limitarnos o no a métodos exclusivamente no violentos en nuestra lucha por la paz, la justicia, y la verdad, y contra el mal en todas sus formas. El testimonio del Nuevo Testamento y de la iglesia de las primeras generaciones era inequívoco: había que responder al mal con el bien, a la maldición con bendición, a la persecución con perdón. Nunca jamás devolver mal por mal. Y encomendar nuestra causa al Justo, confiando que Dios tiene nuestro presente y futuro en sus manos, sabiendo que es preferible el martirio a cometer nosotros ningún acto violento.

    Cuando el Imperio Romano adoptó y adaptó el cristianismo para sus propios fines, esto ya dejó de parecer sostenible. Era de imposible aplicación para el emperador cristiano ni para los ejércitos que sostenían su gobierno, un gobierno que promocionaba activamente el culto al Señor Jesús.

    Hubo a lo largo de la Edad Media, sin embargo, y sigue habiendo hasta hoy, comunidades minoritarias de cristianos que seguimos fieles al testimonio del Nuevo Testamento y al ejemplo de Jesús, los apóstoles, y los mártires de la iglesia primitiva. Aunque la inmensa mayoría de los cristianos creen zanjada la cuestión —en este caso a favor del empleo legal y autorizado de la violencia estatal por parte de cristianos— otros seguimos sin convencer, seguimos fieles a lo que entendemos fuera el Espíritu y el ejemplo rutilante de Jesús. Nos escandaliza y horroriza la idea de herir y matar al prójimo por ninguna causa.

    Y no es previsible que los cristianos alcancemos un día la unanimidad sobre esta cuestión.

Hay otros temas donde los cristianos, o enfatizan diferentemente las mismas verdades con un efecto muy contrario, o bien sencillamente creen cosas diferentes y practican formas diferentes de fidelidad cristiana. Formas contrarias a las de otros cristianos igualmente convencidos y sinceros. Basten estos tres ejemplos, sin embargo, para observar el fenómeno de que hay cuestiones donde ha sido imposible históricamente que los cristianos llegásemos a idéntico convencimiento e idéntica conducta de la santidad cristiana.

Lo fácil es que cada cual se encierre en sus propias ideas y convicciones y descarte a los demás como herejes y pecadores empedernidos. Algo más cuesta, pero no es imposible, vivir con humildad delante de Dios y los hombres, manteniéndonos fieles a nuestras propias conciencias pero sin sentirnos quién para juzgar y condenar al prójimo que confiesa también a Cristo y dice vivir también conforme el Espíritu le guía.

He escrito en diversas oportunidades sobre la perspectiva anabautista o menonita, que reniega del individualismo donde la conciencia de cada cual es soberana, para elevar la importancia del discernimiento de la comunidad de fe. La comunidad sería la que nos daría garantías de no estar cayendo en el error. Pero en todas estas cuestiones que no hallan consenso y unanimidad, ese principio parece fallarnos. Cuando parte de la iglesia cristiana dice que sí y otra parte dice que no, cuando esto mismo sucede incluso en una misma denominación o en una misma congregación local, al final no tenemos más remedio que seguir la conciencia propia. Aunque, eso sí, sin despreciar, juzgar ni condenar a quien siente necesario adoptar la posición contraria.

Otro debate sangrante

Llegamos así a otro debate que no creo que halle solución unánime. No sé si no es que hallará unanimidad jamás, o si es que solamente no la hallará en nuestros días.

Me refiero al tema de la diversidad de expresiones de la sexualidad humana. Que si solamente es admisible y solamente responde a la intención del Creador la expresión heterosexual, o si otras formas de identificarse, sentirse humano, y vivir la sexualidad humana, también son admisibles y han sido creadas también por nuestro Creador.

Sobre esta cuestión, otra vez, hay una apariencia de acuerdo universal que sin embargo no consigue esconder del todo la realidad de pequeñas minorías de cristianos disidentes que no opinan igual.

La multiplicación reciente de declaraciones doctrinales y acuerdos entre iglesias de todo tipo de denominaciones evangélicas y en muchos países, hace que el debate se dé por cerrado a cal y canto.

Sin embargo la propia multiplicación de declaraciones oficiales cristianas en todo tipo de ámbito y lugar hoy día, hace que sea imposible negar cierta ansiedad en el pueblo evangélico, un runrún de debate ni admitido ni admisible, un cierto miedo a que esa postura pretendidamente universal tal vez no lo sea del todo. El debate viene impulsado por la sociedad civil que en cada uno de nuestros diferentes países está en franca evolución sobre esta cuestión. La iglesia ni debe ni puede sustraerse de participar en la sociedad civil y en las cuestiones que a esta interesan.

Tenemos aquí también un aferrarse con uña y diente a determinados textos, interpretados «literalmente» según se entienden casi universlmente. Existen individuos y comunidades cristianas, sin embargo, que disienten haciendo uso de una hermenéutica que entienden igual de respetuosa con los textos bíblicos, aunque en absoluto literalista. Aparte de reinterpretar esos textos, tienden también a enfatizar otros textos bíblicos diferentes: textos de aplicación más amplia sobre lo que significa amar al prójimo y valorar su identidad y su experiencia personal con Dios.

Tal vez se podría decir que unos se fijan más en «la letra» y otros en «el espíritu». Pero eso no sería del todo justo. Los que parecen centrarse más en la letra alegarían, seguramente, que es el Espíritu quien les guía a su literalismo bíblico. Y los que parecen guiarse más por el espíritu y por principios generales de amor y consideración del prójimo alegarían, seguramente, que esto mismo es lo que aprenden de la Sagrada Escritura cristiana.

Al final, o mucho me equivoco, o acabaremos dentro de varios siglos más o menos como estamos hoy, sin haber sido capaces de resolver la cuestión de ninguna manera que satisfaga unánimemente a todos.

Como yo me encuentro entre los que tienden al diálogo, a querer escuchar a los que tienen otra forma de vivir su humanidad que la mía, descubro que esto me está llevando a no estar dispuesto a condenar a quien vive su sexualidad de otra forma que la mía heterosexual.

Opino, eso sí, que para nosotros los cristianos sigue siendo de vital importancia la santidad del matrimonio como el ámbito dentro del cual las relaciones sexuales son puras y legítimas ante Dios y la iglesia. Sospecho, sin embargo, que hay muchas iglesias cuyos solteros practican el sexo con más o menos la misma precocidad que en «el mundo». Limitar el sexo al matrimonio bien puede ser lo que se predica, pero no necesariamente lo que se practica. Entonces, en mi opinión, el reto a los valores tradicionales cristianos en cuanto a la relación de pareja es mucho mayor por parte de la fornicación heterosexual, que por parte de esa proporción muy minoritaria de la población humana que no es heterosexual.

Hay una diferencia, sin embargo. Que yo sepa, nadie en la iglesia predica y enseña que el sexo fuera del matrimonio sea bueno, normal e inocente para los cristianos. Esto mismo —normalidad e inocencia— es lo que se pretende en algunos sectores sobre la identidad LGBT. Aquí es importante distinguir entre conductas e identidad. La limitación del sexo al matrimonio tiene que ver con la santidad y pureza de conducta. Cuál sea la composición exacta del matrimonio cristiano —si exclusivamente entre un varón y una mujer según su ADN— es lo que se intenta traer a debate, sin embargo. Eso tiene que ver con identidad, no con conducta. En mi opinión, no se puede juzgar a nadie por su identidad, aunque la iglesia sí debe instruir sobre qué conductas son propias de la santidad y pureza personal.

Sufrimiento humano

Pero ¿por qué abordar ahora este tema, cuando ya existe una opinión prácticamente unánime en las iglesias cristianas?

Por la realidad del sufrimiento humano que encierra.

De hecho, si la sociead civil ha abordado la cuestión, también es por el sufrimiento humano que ha observado en esta minoría que se ha sentido despreciada, cuya identidad como personas ha sido objeto de burla y chanza y rechazo social, su humanidad declarada no válida por la muy amplia mayoría de la población que somos heterosexuales. Constituyen ellos, por consiguiente, un colectivo con un índice más elevado de suicidos que el grueso de la población. Es natural y deseable, entonces, que la sociedad civil intervenga para protegerlos.

Si estas personas son cristianas, sus iglesias y su religión les dicen que su forma de ser humanos es una desviación, un insulto al Creador y al orden de la creación. En muchos casos interiorizan que por ser quienes son, no son personas válidas. Aceptan que mientras no dejen de ser quienes son, no pueden jamás ser aceptados por Dios. Claman a Dios, tal vez ayunen o se sometan a exorcismos, intentan de mil maneras «curarse» de lo que viven como una auténtica pesadilla y maldición sobre sus vidas. Después de probar todas las recetas que les ofrecen los cristianos para cambiar —pero sin conseguirlo— acaban por asumir que la religión cristiana no tiene nada que ofrecerles más que intolerancia y fórmulas mentirosas que no les aportan solución.

Y al final entonces, en desesperación, tienden o al suicidio o bien a renegar de la fe cristiana. Soy incapaz de olvidar, medio siglo después, el suicidio de un amigo que amaba a Dios y amaba el reino de Dios. Para mí no es una estadística; es un recuerdo imborrable.

Algunos pocos, sin embargo, encuentran comunidades de seguidores de Cristo que los aceptan, que curan esas heridas hondas que el bienintencionado pueblo de Dios les viene provocando desde siempre, que les ayudan a entender que el Creador no se equivoca jamás, y que por tanto tampoco se equivocó al crearlos a ellos. Han tenido la fortuna de dar con comunidades cristianas que toman nota de su realidad y se sienten constreñidos por el Espíritu de Cristo a responder con bálsamo, alivio y esperanza.

Sé que toda esta cuestión es inmensa y merecería que se matice mucho más que lo que ha sido posible aquí. Existen testimonios de cristianos cuya identidad sexual ha cambiado gracias al poder del Espíritu Santo. Conozco algún caso personalmente. Pero muchos más no obtienen ese milagro por mucho que lo pidan. Como el haber nacido en determinado país, o en una familia con pocos recursos económicos, o haber sido violada, al fin somos quien somos y hay que asumirlo. Conocer a Jesús lo cambia todo, por supuesto, pero hay aspectos de quién somos que aunque parezcan indeseables, pueden —en Cristo— ser la lanzadera desde la que podamos aportar dones específicos a la iglesia, que ninguna otra experiencia de vida habría hecho posible.

Como ya he expresado en otras ocasiones, la santidad y pureza de espíritu y cuerpo delante de Dios es vocación y patrimonio de todos los cristianos. Es irrenunciable. Lo que he venido a reconocer en estos párrafos, sin embargo, es que no siempre seremos capaces de ponernos de acuerdo sobre qué viene a constituir esa santidad y pureza. Y lo que deseo es que cada uno, así como deseamos que nuestras convicciones y relación con Dios sean respetadas, estemos también dispuestos a respetar las convicciones y relación con Dios de los demás.

Si esto te pareció útil, tal vez te interese la siguiente reflexión, que escribí en 2014, sobre lo que hallamos en la Biblia y hasta hoy:
La evolución de la moral sexual
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