3 de junio de 2019    •    Lectura: 5 min.

 
  Mis pies sobre la Roca Firme

Hace un año me encontraba en un momento muy particular, entre el diagnóstico de un cáncer muy agresivo, cuyo crecimiento podía notar día a día con palparme el muslo, y la cirugía y demás tratamientos que el equipo médico del Hospital de Valdecillas me había establecido.

Supongo que es natural que en este primer aniversario mi mente regrese a lo que fue esa experiencia.

Un amigo de EEUU, Karl Kingsley, que unos años antes había pasado por un proceso parecido —en su caso tumores en el cerebro— quiso animarme y estimular mi fe y confianza en Dios, con un email en que me contaba que a él le había ayudado mucho un viejo himno que traduzco a continuación en prosa (en inglés tiene rima y métrica propias de la poesía hímnica):

Mi esperanza no está edificada en otra cosa
que Jesucristo y la justicia;
no me fío a otro amparo por dulce que sea,
y me apoyo del todo en el nombre de Jesús.
Sobre Cristo la Roca Firme me planto,
todo otro suelo es arenas movedizas.

Cuando las tinieblas encubren su bella faz,
descanso en su gracia que no cambia;
En toda tempestad alta y tormentosa
mi ancla aguanta dentro del velo.
Sobre Cristo la Roca Firme me planto,
todo otro suelo es arenas movedizas.

Su juramento, su pacto y sangre
me apoyan en la inundación que arrasa;
cuando todo apoyo mundanal cede,
entonces es él mi única esperanza y sostén.
Sobre Cristo la Roca Firme me planto,
todo otro suelo es arenas movedizas.

Cuando él venga al son de la trompeta,
¡oh, sea yo hallado entonces en él,
revestido tan solo en su justicia
para presentarme sin mancha ante el trono!
Sobre Cristo la Roca Firme me planto,
todo otro suelo es arenas movedizas.

No hay como un diagnóstico de cáncer para darse cuenta cabalmente de las arenas movedizas en que está nuestra vida biológica en esta tierra. No hay como encontrarnos cara a cara con la muerte para agradecer infinitamente tener los pies plantados en la Roca Firme, inconmovible, eterna, que es Jesús. A pesar de que siempre he sabido expresarme con palabras, en multitud de escritos y más de una docena de libros, no encuentro palabras adecuadas para expresar la inmensidad de la fuerza y confianza que me infundió cantar una y otra vez en esas semanas previas a mi cirugía, este viejo himno inglés[1].

Como tantos otros, Karl y yo seguimos vivos a pesar del cáncer, que hemos superado gracias a los avances de la medicina moderna pero también a multitud de oraciones y plegarias que invocaron poderosamente sobre nuestros cuerpos el poder sanador del Creador. Fue impresionante sentir el amor y la fuerza de las oraciones, de tantísimas personas que en todo el mundo me apoyaron espiritualmente en los días previos a la cirugía, y también en la recuperación posquirúrgica y los duros tratamientos posteriores.

Sé que otras muchas personas, con idéntica medicina e idéntico apoyo en oración, no han sobrevivido. Es un misterio que no consigo explicarme: por qué unos sí y otros no. Al final no nos queda otra que confiar que Dios a todos nos ha amado por igual. Tarde o temprano a todos se nos acaba esta breve estancia terrenal y desde la perspectiva eterna, de poca importancia parecerán seguramente unos años o décadas de más o de menos. Y aunque el desenlace hubiese sido otro para mí hace un año, pienso que el amor y la fuerza espiritual que viví me habrían sido tal vez incluso más dulces y me habrían comunicado fuerza aun mayor al acabar mis días, que sobreviviendo.

A principios de los años 70 del siglo pasado viví otra crisis; diferente, pero con un mismo apoyo espiritual de quienes intercedían por mí, y la misma confianza irreductible en Dios. Debía incorporarme a filas en las Fuerzas Armadas argentinas para hacer el servicio militar, pero como objetor de conciencia que era y soy, iba a presentarme con la intención de negarme y aceptar el castigo correspondiente. Era el primer menonita argentino que tomaba ese paso que a mí me parecía natural en coherencia con la enseñanza del Nuevo Testamento y con la tradición de mi iglesia desde el siglo XVI.

Otro viejo himno inglés me infundió ánimo y ministró paz a mi espíritu aquellos días, a la vez que sabía que eran muchos, en diferentes lugares, que estaban orando por mí. Recuerdo cómo lágrimas de paz y confianza en Dios mojaron mis mejillas sentado al piano en casa de Delbert y Ruth Erb en Buenos Aires, mientras tocaba y cantaba el siguiente himno[2], que traduzco a continuación también en prosa:

No sé por qué la maravillosa gracia de Dios
se me ha dado a conocer,
ni por qué, indigno del amor de Cristo,
me redimió como suyo…
Pero: «Sé en quién he creído,
y estoy persuadido que es poderoso
para guardar mi depósito hasta aquel día».

En cada una de cinco estrofas, el himno habla de aquello que no sabemos, especialmente el misterio de la fe y la salvación, para concluir siempre con esa cita poderosa de 2 Timoteo 1,12. Como sucede con aquel otro himno, este también tiene unos giros melódicos que hacen elevar la voz, y juntamente con la voz el espíritu, para infundir una paz y confianza imposibles de describir.

La estrofa que más reflejaba mi situación ante lo que todos estábamos convenidos que era la certeza de largos años de cárcel, fue la siguiente:

No sé qué cosas buenas o malas
me están reservadas,
si un camino agobiante o si días dorados
hasta que por fin vea su rostro…
Pero: «Sé en quién he creído,
y estoy persuadido que es poderoso
para guardar mi depósito hasta aquel día».

Ese «Pero sé en Quién he creído», entonado a viva voz, ha tenido siempre un poder impresionante sobre mi espíritu.

Era en aquella época ciudadano de dos países (hoy de tres, con España) y en ambos infractor de leyes de servicio militar cuya desobediencia debería haberme llevado a la cárcel. No entiendo por qué el Señor me libró de ese castigo en ambos casos, en ambos países; salvo que tenía él otros proyectos para mi vida, conociendo él el ministerio que me tenía preparado para servir a su Iglesia.

En estas crisis y otras que he vivido personalmente, en la familia, y en la iglesia, lo que no se puede negar es la fuerza sobrenatural que imparte la fe en Dios y el poder extraordinario de las oraciones de hermanos y hermanas, no solo para influir en nuestro destino, sino especialmente para infundir esperanza y confianza en Dios.

Sea lo que sea lo que haya que afrontar, ruego encarecidamente a mis lectores que nadie lo viva solo. Que lo cuentes y pidas oración. Que busques ese corito o cántico espiritual o himno que levanta tu alma en esperanza y te ayuda a clavar los ojos en Jesús. Cántalo una y otra vez hasta sentir cómo estas canciones inspiradas tienen poder para llevarte a otra dimensión desde donde nuestras presentes dificultades ya no tienen poder para amedrentar.

Porque tienes los pies plantados en Cristo la Roca Firme.


1. Escrito por Edward Mote, hacia 1843; música de John Stainer, 1873.

2. Escrito por Daniel W. Whittle, 1883; música de James McGranahan.

 
 
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