24 de junio de 2019    •    Lectura: 6 min.

 
  Cuando los evangélicos abandonan el evangelio

Arrestado Juan, apareció Jesús en Galilea para proclamar el evangelio de Dios.

—La espera ha concluido —dijo— y se ha acercado el reinado de Dios. Hace falta un giro de 180 grados y ser consecuentes con esta proclama (Mr 1,14-15)[1].

El reinado de Dios tiene muchos elementos, pero no es cualquier cosa que a cualquiera se le ocurra.

Tiene elementos esenciales, que Jesús mismo enunció en su prédica, en su conducta, y en el ejemplo rutilante de dejarse matar por amor a la humanidad y por estar perfectamente compenetrado con la voluntad del Padre. Esa muerte de Jesús como ejemplo a seguir (1 P 2,21), junto con el contenido concreto de sus enseñanzas y la ejemplaridad de su conducta en general, dan contenido específico a lo que entendía él como «evangelio de Dios», su proclamación de la cercanía del reinado de Dios.

Los cristianos evangélicos, en nuestra vieja división que nos separa del cristianismo católico, tenemos muy interiorizado que no todo aquel que se identifica como «cristiano», vive una espiritualidad y vivencia que imita a Cristo. Lo que entre nosotros suena a sectarismo y falta de generosidad de espíritu, sin embargo, es reconocer que no todo aquel que se identifica como «evangélico» es coherente con Jesús.

Los evangélicos tenemos un problema. En la mayor parte del mundo los evangélicos nacimos del movimiento misionero que aunque empezó en Gran Bretaña y demás cunas del protestantismo en Europa, tuvo su mayor impulso sin embargo desde Estados Unidos. Pero el Evangelicalism estadounidense padece muchas contradicciones internas, que lastran su testimonio cristiano.

Hoy día un amplio sector del Evangelicalism, la religión evangélica en EEUU, es una secta de tinte político-social de extrema derecha. Históricamente, en el Evangelicalism han hallado refugio —por ejemplo— el esclavismo, el militarismo ultranacionalista, cierta misoginia con ansias de controlar la intimidad reproductiva de las mujeres, y un capitalismo doctrinario que maltrata a la clase obrera. Jesús dijo, más o menos: «Cuando maltratasteis a los menos privilegiados entre vosotros, me maltratabais a mí» (Mt 25,31-46). Hoy tristemente, sin embargo, es en el Evangelicalism que halla su mayor y más fervoroso apoyo el populismo perverso estadounidense, de ideología nacionalista, militarista, racista, xenófoba, misógina y homófoba.

Son multitud también, por supuesto, los cristianos evangélicos estadounidenses que siguen de verdad a Cristo y se han entregado a encarnar los valores del reinado de Dios. Si durante los siglos XIX y XX se lanzaron entusiastamente desde EEUU a promover y predicar el evangelio por todo el mundo, hay que reconocerles un auténtico amor a Dios y a las «almas perdidas» de la inmensa mayoría de la humanidad que no conocía a Cristo.

Bien es cierto que en su fervor misionero solían confundir como una sola cosa el evangelio y el imperialismo norteamericano: un insultante desprecio de otras culturas y gentes como inferiores. Como dijo un cristiano africano: «Cuando llegó el hombre blanco, África era nuestra y ellos traían la Biblia en sus manos. Dijeron: “Hermanos, cerremos los ojos en oración”. Y cuando abrimos los ojos, la Biblia estaba en nuestras manos pero África era de ellos».

A pesar de ello hay que reconocerles buenas intenciones y un verdadero amor a Cristo. En las misiones perecieron de enfermedades tropicales multitud de misioneros que entregaron sus vidas por el privilegio de anunciar el evangelio a quienes no lo conocían.

El problema es que no todo lo que se presenta como «evangélico» —ni en EEUU ni en ninguna parte— es necesariamente coherente con el evangelio. Siendo tantos los millones de evangélicos en el mundo, en nuestra religión acaba entrando de todo. Cabe el seguimiento coherente de Jesús, por supuesto, pero caben también otros muchos valores.

¿En qué nos deja esto, entonces? En que es necesario emplear discernimiento, considerar con cuidado si lo que se nos presenta como religión pura refleja de verdad los valores del reinado de Dios. El auténtico discernimiento espiritual no debería ser difícil. Cuando le preguntaron a Jesús cuál es el mandamiento más importante, no citó ninguno de los elementos de ese conservadurismo social militante que suele ser seña de identidad del evangelicismo.

Al contrario que algunos textos del Antiguo Testamento que predican el exterminio de los paganos, no consideró Jesús que ningún ser humano fuese un enemigo a derrotar, ni mucho menos perseguir ni eliminar, pero tampoco despreciar. Después del primer mandamiento de amar a Dios, pasó inmediatamente al segundo, de amar al prójimo como a uno mismo. Cuando en cierta ocasión le preguntaron: «¿Y quién viene a ser ese prójimo al que hay que amar?», soltó esa parábola inolvidable donde es un practicante de la despreciada secta de herejes samaritanos, el que se comporta como «prójimo» del judío dejado por muerto por unos bandidos.

No hay que distorsionar el sentido de ese amor que predica Jesús. No se trata de un sentimiento emocional de afecto. No un sentimiento de atracción que nos haría preferir su compañía a la de ninguna otra persona. El amor a Dios se expresa cuando le damos a él su justa honra y gloria como Dios que es, reconocemos su valía única y nos conducimos en relación con Dios en consecuencia del valor que le atribuimos. Amar al prójimo es también reconocerle su justa honra y valor como prójimo, desterrando cualquier actitud de superioridad o desprecio, reconociéndole la misma valía y los mismos derechos que aspiramos a que nos sean reconocidos a nosotros. De ahí la importancia de que ese amor al prójimo sea como el amor a uno mismo. Lo expresó también Jesús en su «regla de oro», donde instruye tratar a los demás como desearíamos que nos traten a nosotros.

Hay quien alega que ese amor al prójimo se expresa, precisamente, en denunciarle sus pecados y advertirle que corre peligro de infierno eterno si no cambia. Pero la prueba de verdad de que el amor realmente lo sea, es que la propia persona presuntamente amada lo reconozca como amor. Dudo mucho que ninguno de nosotros sentiríamos que nos están amando de verdad, si alguien con otra identidad religiosa que la nuestra, nos dijera que tenemos que cambiar radicalmente porque tal como somos, su dios piensa torturarnos eternamente. Lo que sentiríamos es que nos están rechazando y que su dios también nos rechaza. Nadie puede confundir eso con amor.

El evangelio es «buenas noticias» sobre las nuevas posibilidades que se abren para la vida desde que Jesús ha vivido entre la humanidad y Dios se ha acercado para guiarnos en persona. Si no se oye y entiende como «buenas noticias», ya no es evangelio.

Cuando el evangelicismo encierra ansias de controlar al prójimo y cercenar su libertad, para devolver a la sociedad y al mundo entero valores de algún tiempo imaginario en el pasado cuyas costumbres se suponen más sanas que las de ahora, ha abandonado el evangelio y no es más que un instrumento de propaganda para un posicionamiento político que puede ser respetable, por supuesto, pero solamente como política, no como seguimiento de Jesús.

Dios no mira hacia atrás con nostalgia por un pasado mejor que hoy. Dios mira hacia el futuro y nos promete glorias que hasta ahora no se han ensayado.

Amar a Dios y amar al prójimo. Ni complicado ni difícil de entender y explicar. Eso es evangelio. Y no somos nosotros los que deberíamos autocalificarnos, sino ese prójimo que no comparte nuestra religión. Que nos digan ellos si les parece que amamos a Dios y si se sienten amados por nosotros.

Marc H. Ellis, un pensador judío, escribía hace veinte años sobre crímenes de lesa humanidad cometidos en nombre de la religión[2]. Según él, la división en la humanidad no se encuentra entre los que proponen estos dioses o aquellos, unas convicciones y doctrinas y dogmas u otros, unos ritos u otros. La única distinción religiosa que importa es la que existe entre el Dios de la Vida y el dios de la muerte, entre la luz y las tinieblas, entre el amor al prójimo o todo tipo de justificantes altisonantes para despreciar, maltratar, vejar, abusar, odiar, desheredar y hasta aniquilar al prójimo.

Me parece que Jesús y él se habrían entendido: «Por sus frutos los conoceréis».

[Continúa con mi próximo tema: «Cuando el concepto de evangelio parece imposible».]


1. Mi propia traducción.

2. Marc H. Ellis, Unholy Alliance: Religion and Atrocity in our Time (Minneapolis: Fortress Press, 1997).

 
 
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