5 de agosto de 2019    •    Lectura: 5 min.

 
  Izquierda y derecha

Estos días en mi lectura bíblica he tropezado con un texto que me ha sorprendido, aunque sin duda lo he leído otras muchas veces. Se trata de Eclesiastés 10,2. Una traducción literal pondría: «El corazón del sabio, a su derecha; el corazón del estúpido, a su izquierda». Una traducción más clara del sentido, daría algo como: «El diestro es sabio, el zurdo es estúpido».

Soy zurdo y doy gracias por vivir en una cultura y mundo moderno donde los antiguos prejuicios que todavía perviven en el lenguaje, no son prejuicios reales que nadie albergue hoy día.

Hubo cuando era normal considerar que la mano derecha era la correcta, la justa, la mano de la rectitud, el honor, el bien, la mano de confianza. La diestra —como la propia palabra indica— era donde reside la destreza, la habilidad, la perfección en el oficio. Mientras que la mano izquierda, la siniestra, era de donde venían los siniestros, lo tenebroso, lo traicionero, tal vez hasta la maldad. Superado este prejuicio hoy día, a veces me describo como «siniestro» y no como «zurdo». Como se comprenderá, esto resulta gracioso; nadie se me asusta.

Pero según este texto de Eclesiastés, «el corazón a la derecha», la preferencia por la diestra, era de mente o mentalidad sabia; la preferencia por la siniestra era, por naturaleza, estupidez.

Alarmado, realicé un pequeño estudio de la cuestión en los textos bíblicos y descubrí, para mi alivio, que esto no es en absoluto típico en la Biblia. Hay dos formas típicas de referirse a la izquierda en la Biblia. Por una parte tendríamos el empleo descriptivo: «Junto al candelabro hay dos olivos, uno a la derecha del cuenco y otro a la izquierda» (Zac 4,3). Por otra parte está la izquierda como orientación geográfica: típicamente el levante se concebía de frente y el mar (Mediterráneo) a la espalda; por consiguiente la palabra «izquierda», en lengua hebrea, muchas veces significa «norte». Para mi tranquilidad como zurdo, el único texto de la Biblia que expresa claramente un juicio de valor con respecto a izquierda y derecha, es este que he leído ahora: Eclesiastés 10,2.

La cuestión me dejó pensativo, sin embargo. Para los zurdos la «enseñanza bíblica» tiene poco impacto, quedándose en un solo versículo cuya existencia nadie recuerda. Pero la Biblia expresa otros prejuicios sociales con más consistencia, reiteradamente, que provocan un daño social mucho más permanente.

Hay una aceptación, por ejemplo, de la idea de «linaje», donde la vocación al sacerdocio nada tiene que ver con la espiritualidad personal sino que viene dada por la tribu en que un hebreo ha nacido. La realeza divinamente ordenada también es hereditaria, de manera que se justifica que Jesús sea el Mesías legítimo de Dios por descender del rey David. La Biblia entera parte de la noción de que Dios pudiera privilegiar a los descendientes de un hombre, Abrahán, relegando a todas las demás familias de la tierra a un papel secundario. Bien es cierto que en el Nuevo Testamento al final se acaba imponiendo una integración voluntaria, simbólica, de cualquier «gentil» al pueblo de Dios. Pero la base racial —francamente racista— de fondo en el relato bíblico no acaba del todo anulada.

La «base bíblica» para la preferencia del varón sobre la mujer se sigue predicando en muchas iglesias incluso hoy, en el siglo XXI, cuando quisiéramos imaginar que tamaño disparate ya ha sido superado. Cuántas veces las mujeres oprimidas y maltratadas por sus padres, tíos y hermanos, maridos, suegros y cuñados, se han visto obligadas a bajar la cabeza y aceptar su condición de inferioridad social porque se esgrimía la inspiración de la Biblia como argumento para derrotar sus aspiraciones. «Que calle la mujer en la reunión y pregunte a su marido en casa», viene a instruir el apóstol. Entre tanto el varón se constituye en eslabón imprescindible en la cadena «bíblica» de mando: Dios, Cristo, el varón, y por fin la mujer y los niños. ¡Durante cuántas generaciones se ha machacado la autoestima de las mujeres con esta doctrina nociva!

En fin… Podría poner algún otro ejemplo de prejuicio social apuntalado con textos bíblicos, pero ya no hace falta para la presente reflexión.

Aquí es donde quisiera romper una lanza a favor de un uso no fetichista de las Escrituras. El Espíritu Santo no abandonó sus responsabilidades como Revelador de la verdad de Dios a la humanidad en cuanto acabó de inspirar el libro de Apocalipsis. Jesús no es el gran ausente de la iglesia, sino que está presente y ejerce hoy también como Cabeza real y efectiva, capaz de instruirnos como instruía a su pueblo en el siglo I.

La Biblia es un factor especial e indispensable en el pensamiento cristiano. Siempre lo será. Pero no es el único factor. Dios habló desde el contexto de su día y en términos comprensibles en su día a todas las generaciones desde Abrahán hasta los apóstoles, y esa palabra de Dios quedó plasmada en nuestros textos sagrados. Así también, Dios sigue hablándonos hoy. Lo hace en el contexto de nuestra generación y en términos comprensibles para nuestra generación. Y eso quiere decir que hay cosas —como los prejuicios sociales— que se han ido abandonando porque era necesario abandonarlos, donde Dios está guiando hoy a su iglesia a otras fórmulas que las pronunciadas por sus siervos en generaciones pasadas.

Esto no es negar la Biblia. Es reconocerle su justo valor como palabras de un Dios que habló entonces y también habla hoy. Por supuesto que nos interesa saber lo que habló entonces. ¡Yo leo cada mañana un capítulo del Antiguo Testamento en hebreo y otro del Nuevo en griego! Pero eso no quiere decir que no haga falta oír su voz hoy, para abandonar conceptos y prejuicios «bíblicos» que ya era hora de dejar atrás. Especialmente en cuanto a aceptar al prójimo que no es como uno mismo, reconocer la valía personal del despreciado y la marginada entre nosotros.

«El que tiene oídos para oír, que oiga».
 
 
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