12 de agosto de 2019    •    Lectura: 5 min.

 
  La esencia del evangelio
ahora entiendo

Reseña: Antonio González, Ahora entiendo el evangelio (Ediciones Biblioteca Menno, 2019), 168 pp. 4,56 € (US$7.20) impreso; 0,99 € (US$.1.10) para tableta Kindle. Existe la posibilidad de leer el libro online (sin descargarlo).

Durante unos dos años, los lectores de la antigua publicación El Mensajero tuvimos oportunidad de leer cada mes las reflexiones de Antonio González sobre frases bíblicas que mencionan el evangelio, la salvación, etc. El resultado final acababa siendo un estudio bastante completo de cómo se habla del evangelio en la Biblia.

Reunido todo este material ahora en forma de libro, esas reflexiones constituyen una visión panorámica que acaba siendo más que la sola suma de 24 artículos mensuales. Aunque el libro resultante es apto para estudiar a solas o en grupo —con preguntas para la reflexión al cabo de cada capítulo—, se presta también a leerlo de corrido de principio a fin, para obtener una impresión general del tema de lo que los autores de la Biblia podían entender como evangelio. Es la diferencia entre admirar cada uno de los árboles, y pasar a contemplar el bosque en toda su amplitud.

Una de las características particulares de la exposición sobre el evangelio cristiano que hallamos en este libro, es su énfasis en la salvación por la fe, por la gracia. La propia presunción de imaginar que ganarse la aprobación divina sea algo a aspirar conseguir con el esfuerzo humano sería, según González, la raíz del pecado ya desde el relato de Adán al principio del libro de Génesis. Pretender alcanzar la salvación por méritos propios, fruto del tesón personal, es en sí una declaración de independencia de Dios.

La Iglesia Católica no es la única, desde luego, que se ha especializado en promocionar el valor redentor de las buenas obras, haciendo que la gente se sienta culpable y pecadora, para así manipular a los fieles para que se comporten como les mandan. De esto hay buenos ejemplos dentro de las iglesias anabautistas también. Y por eso nos viene de perlas a nosotros también reflexionar sobre la gracia aparte de méritos propios.

La idea de que sea necesario ganarse cada cual la salvación es una distorsión posiblemente comprensible, desde que una de las formas más esenciales de entender la relación del ser humano con Dios es la relación de Padre e hijos.

En una relación filial sana, los hijos saben que no tienen que ganarse por sus esfuerzos ser hijos, ya que lo son por genética y por virtud de un amor y una aceptación que han vivido desde que nacieron. Pero hay familias donde los padres no saben comunicar a sus hijos esa realidad, y los hijos sienten que tienen que ganarse la aceptación de sus padres mediante conductas y obediencia y hasta la elección de una carrera que sus padres les imponen. Así las cosas, hay quien entiende que ser hijos de Dios supone un esfuerzo análogo por complacer al Padre celestial y ganarse así su aprobación.

El énfasis en la salvación por la sola gracia de Dios es algo que tiene en común González con la tradición luterana. El luteranismo, sin embargo, da la impresión de distinguir y separar demasiado entre la salvación por la gracia y el imperativo del evangelio a vivir vidas que encarnan los mismos valores que encarnó Jesús.

La doctrina luterana propone que hay dos reinos, o dos modalidades, en cómo actúa Dios en la humanidad. Se entiende que Dios actúa en la iglesia por medio del evangelio, por supuesto, pero también en el mundo por medio de las autoridades civiles y militares. El creyente, en la tradición luterana, ha de comportarse en su vida privada personal como discípulo de Jesús; pero si tiene una posición de responsabilidad civil o militar en su país, ha de conducirse con sabiduría conforme a los parámetros que le exige esa responsabilidad. Como persona particular cristiana jamás matará a nadie, por ejemplo; pero si es un rey o un general al mando de un ejército en guerra, puede perfectamente asumir que a sus órdenes mueran miles y hasta millones de personas. Y si uno es soldado raso, matará sin compunción al enemigo, cumpliendo el sagrado deber de defender a su soberano o a la patria.

González es anabautista, sin embargo, y aquí se nota que no es luterano. Engarzado en la tradición anabautista, entiende que quien es cristiano tiene el llamamiento a seguir a Cristo como ley suprema en todo momento de su vida y no importa cuáles otras identidades añada a su identidad como cristiano. Siempre, en todo momento, será antes que nada ciudadano del reinado de Dios en Cristo. El llamamiento a imitar a Jesús no queda nunca marginado por otro llamamiento que obligue a abandonar la imitación de Jesús.

Esto no determina nuestra salvación eterna, pero sí es parte del evangelio. El evangelio es, entre otras cosas, el anuncio de una nueva manera de vivir como seres humanos y en sociedad humana. Es esperanzador precisamente porque nos ofrece una alternativa, no una mera bendición de los pecados colectivos de siempre.

Tiene un valor singular, entonces, el orientar estos 24 capítulos —de cuatro o cinco páginas cada uno— en torno a alguna frase o expresión que hallamos en la Biblia. La gran diversidad de frases y alusiones diferentes al evangelio en la Biblia, da oportunidad a González para explorar diferentes matices de lo que supone la cuestión de «evangelio». El resultado no es exactamente un pequeño compendio de teología bíblica, pero sí cubre una interesantísima diversidad de aspectos de la fe cristiana.

Considero que este libro es un recurso valioso en primer lugar para predicadores del evangelio y para toda persona que asume el reto de «la Gran comisión» de ir a todo el mundo anunciando el evangelio y haciendo discípulos. Para predicar o anunciar el evangelio, el primer requisito indispensable es tener claro cuál es el mensaje. Este librito no solo ofrece tal claridad. Al brindar también preguntas para que nos detengamos a reflexionar, nos invita a cada lector o lectora, a alcanzar nuestras propias conclusiones y opiniones. Porque no se trata de dar por bueno lo que diga nadie, sino de considerar y meditar las cosas bajo la guía del Espíritu, hasta sentir qué es lo que Dios nos quiera revelar.

Podría ser también un recurso interesante a tratar en grupos, especialmente con creyentes nuevos (recién bautizados o que se preparan para el bautismo), que en diálogo con otros integrantes del grupo con años de seguimiento de Jesús, puedan ir afinando su comprensión de lo que es esta realidad esencial —el evangelio— que está transformando sus vidas.

Contenido

  1. El misterio del evangelio
  2. Las buenas noticias de Isaías
  3. El evangelio del reino
  4. El evangelio de Pablo
  5. Por nuestros pecados
  6. Principio del evangelio
  7. La palabra de la cruz
  8. El evangelio de vuestra salvación
  9. El testimonio de la resurrección
  10. El evangelio del Mesías
  11. El evangelio de nuestro Señor Jesús
  12. Evangelio por el Espíritu Santo
  13. La revelación de la justicia de Dios
  14. Por fe y para fe
  15. La fe del evangelio
  16. Recibir el evangelio
  17. Ungidos para evangelizar
  18. El poder del evangelio
  19. El evangelio de la gracia de Dios
  20. El evangelio de la paz
  21. Los pobres son evangelizados
  22. El evangelio de Dios
  23. El evangelio eterno
  24. ¡Ay de mí si no evangelizo!
 
 
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