26 de agosto de 2019    •    Lectura: 5 min.

 
  La expansión del culto monoteísta

   Entonces en cada provincia y en cada ciudad, donde la orden del rey y su decreto llegó, entonces hubo regocijo entre los judíos, celebración y día festivo. Y muchas personas de las gentes de la tierra se convirtieron a judíos por cuanto cayó sobre ellos el terror de los judíos (Est 8,17).

   Los judíos se alzaron y asumieron para sí y para sus descendientes y para todos aquellos que se les convirtieron —y es irrevocable— observar estos dos días tal cual viene escrito, cuando corresponde cada año (Est 9,27).[1]

Existe una especie de enigma histórico acerca del origen del pueblo judío.

En teoría serían los descendientes de los habitantes del minúsculo reino de Judá, la región alrededor de Jerusalén. Cuando se dividió el reino de David y Salomón, la inmensa mayoría de la población constituyó el reino de Israel, al norte de Jerusalén. Israel fue siempre mucho más importante que Judá. Derrotado Israel en el 722 a.C. por los asirios, su capital Samaría siguió siendo una ciudad importante, si bien la población abandonó en general el culto al Señor Dios de Israel.

Cuando Nabucodonosor acabó con el reino insignificante de Judá y Jerusalén en el 597 a.C., las castas nobiliaria y militar, sacerdotal y de gobierno, junto con la clase media comerciante y artesanal, fueron llevados cautivos a Babilonia. Entre la población restante hubo bastante emigración a Egipto, tal cual relatan los últimos capítulos de Jeremías. En esos capítulos aprendemos que los emigrantes a Egipto no tenían nada clara su adherencia al culto al Señor de Israel, sino que se empecinaron en el culto a la multitud de sus dioses tradicionales.

En Babilonia, sin embargo, gracias a la esperanza que les infundieron Ezequiel y más tarde Isaías de Babilonia, y gracias a que la élite sacerdotal conservó la memoria y el registro escrito de sus tradiciones, se siguió un proceso contrario.

Aceptaron la versión profética de su historia, que achacaba la destrucción de Jerusalén y el fin de su independencia nacional a haber abandonado al Señor Dios de Israel. Está claro que fue en el exilio babilónico, tal vez especialmente cuando gobernaron los soberanos persas, que los judíos abandonaron definitivamente el politeísmo que les había sido tradicional y que tanto les reprochaban sus profetas. Fueron esas generaciones —y en esas tierras— las que adoptaron definitivamente el monoteísmo, una adherencia férrea, un convencimiento total y absoluto, a un solo Dios. Jamás volverían a dudar de ello.

Cuando poco a poco empiezan a regresar a Jerusalén, y a lo largo de algunas generaciones refundaron la ciudad y reconstruyeron sus murallas y su templo al Señor, ya no hay ningún asomo de la antigua tentación permanente a adorar también a los dioses de Canaán. Hubo controversias y divisiones entre ellos, pero nunca en cuanto al tema que acabó siendo su seña inconfundible de identidad: el monoteísmo, el culto al Señor Dios de Israel.

En cualquier caso Jerusalén y la provincia pequeña que les concedió el soberano persa fue, si cabe, incluso más insignificante que el antiguo reino de Judá. Las excavaciones arqueológicas indican una población de alrededor de 3.000 habitantes para la ciudad, tal vez 30.000 para la provincia entera en los siglos siguientes.

Entre tanto, para cuando el auge del Imperio Romano, hay focos importantes de población judía a lo largo y ancho del mundo. Focos importantes de población judía en Persia, en Babilonia, en Judea y Galilea por supuesto, en Siria, en Asia Menor (hoy Turquía), en Grecia, en Egipto, en las Galias, en Hispania, en la propia Roma, en Etiopía, en Arabia… Se recordará que el apóstol Pablo se retiró a las comunidades judías de Arabia durante tres años inmediatamente después de su conversión (Ga 1,17-18).

El enigma al que me refería al empezar este resumen histórico es el siguiente: ¿De dónde salió tal multitud de judíos a lo largo y ancho del mundo de la antigüedad?

No parece verosímil atribuirlo a la sola reproducción biológica. Hubieran tenido que tener todos familias numerosísimas y una capacidad de supervivencia sorprendente en unos tiempos cuando era normal una tasa elevada de mortalidad infantil. Consta, además, como atestigua el libro de Ester, que hubo bastante animadversión a los judíos. El libro de Ester es aleccionador acerca de lo peligrosos que eran los regímenes autocráticos de aquella era, cuando por odios personales se podía desatar sorpresivamente una persecución furibunda y asesina contra los judíos.

Pero estos dos versículos hacia el final del libro de Ester con que he abierto estos renglones, nos indican una realidad a la que también apunta, por ejemplo, el libro de Jonás. En lugar de encerrarse en sí mismos, los judíos monoteístas acabaron integrando a su número muchas personas que, por los motivos que fueran, adoptaron el judaísmo. No es todavía algo como una religión universal en el sentido moderno: una serie de doctrinas y creencias que puede adoptar cualquier persona de cualquier parte del mundo. Más que doctrinas y creencias —aunque también— lo que adoptaba quien se hacía judío era una identidad «tribal» o «racial» como descendientes de Abrahán, pueblo escogido de Dios, con una esperanza de restauración a preeminencia nacional en el futuro.

Durante aquellos siglos el judaísmo se mostró asombrosamente flexible para integrar a la «descendencia de Abrahán», a grandes números de prosélitos de todas las gentes del mundo: personas que se hacían judías —en el caso de los varones, con el rito de la circuncisión—. Se recordará que en el libro de Hechos, no importa dónde iba el apóstol Pablo, siempre hallaba entre los más interesados en su variante mesiánica o cristiana del judaísmo, a prosélitos y a «temerosos de Dios». Estos últimos eran personas que participaban en la vida de las sinagogas judías, pero sin haber adoptado definitivamente la identidad judía.

El judaísmo, la más antigua de las religiones monoteístas, de cuyo legado nacen todas las demás religiones monoteístas hasta hoy, fue durante siglos eminentemente «evangelizador». Por los motivos que fueran —estos versículos de Ester indican el deseo de identificarse con los vientos políticos que soplaban con Mardoqueo en el reinado del rey Asuero— se fueron sumando al pueblo judío diferentes gentes a lo largo y ancho del mundo de la antigüedad.

Había amanecido sobre la humanidad la hora del monoteísmo, el culto al Dios único como forma más intelectual y espiritualmente satisfaciente de creencia religiosa. La inmensa propagación del pueblo judío se debió, entonces, a su capacidad de atraer a su «raza» y «descendencia» a grandes números de convertidos de todas las gentes del mundo.

En la época del Nuevo Testamento no estaba todavía claro cuál de las dos variantes de la religión judía —si la rabínica o si la cristiana— tendría mayor éxito en la propagación de la religión monoteísta y culto al Señor Dios de Israel. El desenlace de esa rivalidad fraternal es otra historia, para otro momento.


1. Mi propia traducción del hebreo.

 
 
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