9 de septiembre de 2019    •    Lectura: 7 min.

 
  Efectos y defectos del literalismo

Existe en la humanidad un sinnúmero de personas bilingües, perfectamente capaces de entender y expresarse en dos idiomas diferentes. Al bilingüismo se llega normalmente por circunstancias de la infancia y niñez, que es cuando mayor plasticidad tiene nuestro cerebro para el aprendizaje de la comunicación humana. Aparece en una familia de inmigrantes, por ejemplo, donde se habla el idioma del país de origen, pero los niños en su entorno social se desenvuelven perfectamente en la lengua del lugar donde ahora viven.

Mi familia y la de mi esposa Connie fueron así. Decían de mí, por ejemplo, que mis primeras palabras fueron en castellano; pero que al vivir un año en Estados Unidos, donde cumplí los tres años, cambié radicalmente al inglés; y después, al volver a Argentina, empecé otra vez a hablar castellano.

Las familias y comunidades bilingües tienen frecuentemente una forma particular de humor, que viene de mezclar disparatadamente los dos idiomas. Una variante de este humor bilingüe es la traducción locamente literalista. Connie entraba un día de regar las plantas en la terraza, y yo le pregunté «¿Qué tiempo hace ahí fuera?». Pero lo dije con palabras inglesas (What time does it make there out?) que es un sinsentido absoluto. El sentido de ciertas palabras viene determinado por el contexto («tiempo» puede referirse al clima pero también al paso de las horas), y el orden de las palabras resulta determinante especialmente en inglés, aunque también en español (no es lo mismo «ahí fuera» que «fuera ahí»). Ella me entendió perfectamente esa ristra de palabras inglesas que no venían a decir nada, y me contestó apropiadamente. He de confesar que estas ocurrencias, que a mí me parecen graciosas, a ella no la hacen reír; pero eso es tema aparte.

Durante muchos años fui profesor de griego bíblico en la facultad de teología SEUT, y una cosa que procuraba instruir a mis estudiantes, es que aunque es importante entender el significado de cada palabra en el texto y la relación sintáctica entre ellas, intentar reproducir eso con un literalismo cerrado suele producir traducciones inservibles —en el mejor de los casos— y a veces francamente  equivocadas —para desembocar en errores teológicos, que no solamente lingüísticos—.

Es evidente que hay personas que sostienen lo contrario, pero en mi opinión los autores bíblicos recibieron del Espíritu Santo, como «intuición» o «sentimiento inefable» en su propio fuero interior o espíritu personal humano, el sentido o contenido en general de lo que Dios quería que comunicasen. Luego, como era para ellos habitual expresarse en hebreo o arameo o griego, dieron forma a esas ideas con sus palabras humanas que les parecían a ellos las más adecuadas para expresar lo que habían discernido en su interior.

Pongamos un ejemplo. Cuando yo tengo un «sentir» sobre un tema que me siento impulsado a comunicar mediante la predicación, lo desarrollo inevitablemente en mis propias palabras en castellano, que es como me expreso habitualmente. Pero no solamente son mías las palabras concretas. También me es propia y única toda una forma de imaginación y manera de hilar las ideas y desarrollar conceptos. El mismo Espíritu, revelándose de la misma manera a cualquier otro predicador, forzosamente acabaría «inspirando» una predicación totalmente diferente en sus particulares. Aunque si ambos hemos sabido oír al Espíritu correctamente, en el meollo iríamos a parar a lo mismo.

Como el Espíritu es el mismo hoy que hace miles de años, y la naturaleza humana tampoco creo que haya variado tanto, me parece verosímil imaginar que la «inspiración» de nuestros textos bíblicos procedió de una manera más o menos análoga. Dios «habló» a quien y por medio de quien redactaba un pasaje bíblico en particular. Y Dios «nos habla» a los lectores hoy también con esas palabras, aunque traducidas a idiomas modernos. Pero el secreto no está tanto en los particulares de las palabras exactas sino en el sentido general, el impacto que pueda tener ese texto sobre nuestra imaginación y nuestro ser interior y nuestras conductas.

No faltará quien objete, como oí en una predicación hace algún tiempo, que Jesús dijo que «… hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley…»; lo cual, decían, indica que por lo menos en los manuscritos en lengua hebrea, cada trazo de cada letra venía divinamente inspirado.

¿Podemos estar seguros que Jesús pretendía enseñarnos que a Dios le interesan los trazos de las letras con que se escribieron los mandamientos? En mi opinión, ese «ni una jota ni una tilde pasará» puede entenderse perfectamente como una forma de decir que el sentido moral y espiritual de lo que aprendemos sobre Dios en el Antiguo Testamento es firme y permanente.

Me parece mucho más natural, entonces, entender que Jesús se refería así en general a los contenidos morales, éticos, de solidaridad mutua y sensibilidad hacia los inmigrantes, los esclavos, los desahuciados, los enfermos, etc. Esto, y el amor a Dios sobre todas las cosas, es lo que viene a inculcar «toda la ley» bíblica.

Es como cuando en Hechos 8,4, pone que por la persecución desatada en Jerusalén los creyentes iban «por todas partes anunciando el evangelio». Pues, no señor. «Por todas partes», no. No llegaron ni a México ni a la China ni a Australia ni a la Antártida. Y eso cualquiera lo entiende perfectamente, ni hace falta explicarlo. Porque la literalidad de la expresión no es lo importante sino el sentido amplio, el sentido en general, de lo expresado.

En mis traducciones de pasajes bíblicos que preparo para leer cuando predico, a veces opto por literalismo y a veces por volcar el sentido en otras palabras. El 25 de agosto, por ejemplo, leí esta traducción mía, de Mateo 9:

9,5 —¿Qué es más fácil? ¿Decir: “Tus ofensas contra Dios están perdonadas”, o decir: “Levántate y anda”? 6 Pero para que sepáis que el ser humano tiene autorización para perdonar las ofensas contra Dios, —entonces le dice al paralítico— Levántate, recoge tu esterilla y márchate a tu casa.

7 ¡Y se levantó y se marchó a su casa!

8 Todo el gentío lo vio y se quedaron pasmados, y confesaban el resplandor del Dios que da semejante autorización a los seres humanos.

Se observará que cuando el autor cambia «incorrectamente» al tiempo presente, la narración se nos hace repentinamente más «presente», no solamente en el tiempo, sino como si estuviésemos nosotros presentes, presenciando la escena. Aquí mi traducción opta por ser literalista, entonces, porque se me antoja un recurso efectivo, aunque realmente nada cambia en cuanto a contenido teológico.

En este mismo pasaje, sin embargo, he optado por utilizar términos que sin ser los habituales en castellano para traducir «literalmente», sin embargo me pareció que comunican más efectivamente lo que quiso decir el autor. El término griego hamartía significa literalmente «error», «falta», «pecado». Yo he traducido «ofensa contra Dios». No es literalmente exacto, pero a mí me pareció que venía a decir lo que quiso el autor. El verbo griego doxazo significa «glorificar». Yo he puesto «confesar el resplandor [de Dios]», que admito que tal vez sea complicar demasiado las cosas, pero me parece que sin embargo comunica lo que venían a entender lo que «glorificar» significaba.

Estos dos recursos, el literalismo en unos casos y la sustitución libre de conceptos análogos en otros casos, no hacen que esta traducción mía sea superior a otras, pero creo que tampoco resulta peor. Y en ningún caso, creo yo, se violenta el sentido de la narración en general.

En el versículo 5, sin embargo, viene una frase que en castellano sería, literalmente, «el hijo del hombre». Nuestras traducciones pretendidamente literales no lo son en cuanto añaden mayúsculas («el Hijo del Hombre»), con lo cual trastocan el sentido literal para darnos a entender que lo que significa es «el Hijo de Dios». ¿Mi traducción, «el ser humano», es más literal o menos literal, entonces? Sinceramente no lo sé. Hay pasajes donde Jesús usa esa frase para referirse claramente a sí mismo. Pero hay otros pasajes, como este, donde por la conclusión a que llega el versículo 8, parecería ser que los oyentes entendieron que se refería a los seres humanos en general.

Aquí las diferencias en la traducción tienen enjundia teológica. No se soluciona, sin embargo, encerrándose en un literalismo cerril, sino echando mano a lo que cada cual entiende que Dios quiere que pensemos, gracias al testimonio bíblico en general y a nuestra experiencia personal con Dios.

Lo esencial para entender la Escritura, es leerla con el corazón abierto al soplo del Espíritu de Dios, sensibles al suave aliento de su influencia en nuestro fuero más interior, para que anide y se transforme en una fuerza transformadora de nuestra vida y conducta.

Porque las palabras —sí, hasta estas palabras escritas en este Libro— se las lleva el viento. Y lo que cuenta es que revitalicemos cada día nuestra existencia por influencia de Quien las inspiró.
 
 
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