17 de septiembre de 2019    •    Lectura: 4 min.

 
  Daniel en un mundo peligroso

Llama la atención lo actuales que resultan en muchos casos las historias bíblicas. Estos días he estado leyendo el libro de Daniel. Veo que en los primeros capítulos trae varios episodios que solo cabe describir como parodias de la pretensión de los gobernantes cuando se les infla el ego hasta perder contacto con la realidad.

Un rey que como tanta gente, está convencido de que la alimentación que es tradicional en su propio pueblo es «la mejor». Más nutritiva, más apetitosa, más fortalecedora y reconfortante, la que más conviene para desarrollar la actividad de las neuronas y la inteligencia. Bueno, con esto solemos identificarnos todo el mundo; todos pensamos que la alimentación nuestra es la mejor. Lo que pasa es que aquí el rey es quién para imponer ese régimen de alimentación en la academia donde se forman los que serán su élite gobernante.

Pero se equivoca. El autor —judío— alega y se supone que sus lectores —judíos— comparten esta opinión, que la alimentación judía es la que es de verdad superior en todo.

Y en todo este asunto hay un peligro de por medio: el de verse obligados a quebrantar los tabúes y prohibiciones de la religión judía. Y si no, vaya a saber qué castigos. Porque al final lo importante no es tanto si unos alimentos son mejores que otros, como que alguien con un poder político desmesurado se sienta quién para avasallar los preceptos religiosos de los demás.

Tenemos también en Daniel un rey preocupado porque ha tenido una pesadilla que no recuerda, pero que le ha dejado malhumorado y quiere saber por qué. El autor del libro de Daniel parodia aquí los caprichos y ocurrencias de los que gozan de un poder absoluto, cuando pierden noción de la realidad y piensan que todo el mundo está obligado a hacer lo que mandan. Aunque lo que mandan sea tan imposible como adivinarle qué fue lo que soñó y qué es lo que ese sueño significa.

Daniel, después de consultarlo con el Señor en oración, es el único sabio de Babilonia capaz de afrontar el desafío. Si el rey no recuerda lo que soñó, Daniel le puede contar lo que quiera y siempre que lo cuente bien, conseguirá convencer al rey de que eso es, efectivamente, lo que había soñado. Y así Daniel le puede «interpretar» lo que Daniel discierne en su espíritu es lo que Dios quiere que el rey sepa.

El rey no solo es caprichoso y tirano, capaz de amenazar de muerte a los que no cumplan con una orden imposible. Es también sugestionable y manipulable como suele suceder con los gobernantes cuando pierden noción de la realidad. Y Daniel aprovecha la ocasión para hacerle reconocer la superioridad del Dios de los judíos.

Tenemos también en este libro un rey que hace una estatua monumental de su dios, que es, naturalmente el mejor de todos los dioses y el único que es digno de ser adorado en exclusiva en todo el reino.

Tenemos también el rey que se deja convencer para aprobar una ley irrevocable que exige a todo el mundo no pedirle nada a nadie que no sea él. Aparentemente no existen excepciones, por cuanto ya no es que quede excluida ninguna gestión judicial o administrativa del reino que no pase directamente por las manos del rey, sino que se encuentra en infracción alguien como Daniel por el mero hecho de rezar a sus Dios.

Quien pide un crédito al banco o le pide un favor a un amigo, también estaría haciendo una petición, entonces, y también debería ser arrojado al foso de los leones. Este rey, con su ego tan inflado, se deja manipular como un crío y firma el decreto, que es además irrevocable como hemos dicho, con lo cual lo único que hace es quedar en evidencia, en ridículo, como suele suceder siempre con los que abusan de su poder por creerse tan eminentemente superiores a todos los demás mortales.

Ejemplos en la historia de la humanidad no faltan de gobernantes así, pero a lo largo de mi vida he visto llegar y desaparecer otros con este mismo defecto. Se me pasan por la cabeza varios, en los cinco continentes.

También se me ocurre algún gobernante de este tipo hoy día. No nombraré nombres pero seguro que a todos se nos ocurre alguno. Se convencen a sí mismos de que todo el mundo los admira y respeta y teme. Pero todo el mundo meneamos la cabeza incrédulos ante tamaña estupidez monumental, políticas tan torpes y contraproducentes, guerras y conflictos tan inútiles.

Veintidós siglos después de que se escribiera el libro de Daniel, su parodia y burla de los tiranos de su día nos suena a lo que nos cuentan las noticias todos los días.

 
 
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