8 de octubre de 2019    •    Lectura: 5 min.

 
  La sinfonía de la resurrección

Hace algún tiempo que no he subido nada nuevo a este blog. A pesar de estar jubilado, me mantengo a veces más activo de lo que imaginé que estaría, y estas semanas no he hallado tiempo para escribir. Es reconfortante saberse demandado para la enseñanza, y no relegado ya al olvido en vida por viejo e irrelevante, como pude imaginar que tal vez ocurriera. También ha habido actividades de ocio y disfrute de la vida, como una semana que hemos pasado con mis hermanas y hermano y nuestros cónyuges.

El sábado me tocaba impartir media jornada de clase sobre «Ética de trabajo y estilo de vida» desde la perspectiva del Antiguo Testamento y la historia de la iglesia, para el Centro Teológico Koinonía (CTK). Aprovechamos mi esposa y yo para ir un día antes a Madrid y asistir a un concierto en el Auditorio Nacional. Había visto este auditorio en diversas oportunidades en Los conciertos de la 2, de RTVE. Descubrimos que en persona esta sala de conciertos impresiona incluso más que en televisión.

Lo que más me emocionó, sin embargo, cuando busqué en internet a ver si había algún concierto que podía interesarme en Madrid ese día, fue que iban a tocar la 2ª Sinfonía de Mahler, la sinfonía «Resurrección». Si fuera a enumerar las obras sinfónicas que más me conmueven, la 2ª de Mahler tendría que estar entre las primeras. No voy a entrar a explicar aquí por qué Mahler fue uno de los más grandes sinfonistas de todos los tiempos, una cuestión que solo resultaría interesante para melómanos.

Lo que quiero anotar aquí es el tema de muerte y resurrección, que es lo que da sentido y fuerza a esta sinfonía en particular.

A continuación, el texto de las dos secciones cantadas de la sinfonía:

Luz primera
El hombre yace en el más hondo sufrimiento,
preferiría estar en el cielo.
Llegué a un ancho camino,
apareció un angelito que quiso detenerme.

¡Ah, no! ¡Nada me detendrá!
¡Provengo de Dios y hacia Dios volveré!
Mi amado Dios me proveerá una lucecita,
y me conducirá a la vida eterna!

Resurrección
Resucitarás, sí resucitarás,
polvo mío, tras breve descanso!

¡Vida inmortal te dará quien te llamó,
para volver a florecer has sido sembrado!
El dueño de la mies sale a recoger las gavillas:
a nosotros, que morimos.

¡Oh créelo, corazón mío, créelo
nada se pierde de ti!
¡Tuyo es, sí, tuyo, lo que anhelabas,
lo que ha perecido resucitará!

¡Lo nacido debe perecer,
lo que ha perecido, resucitará!
¡Deja de temblar,
prepárate para vivir!

Con alas que he conquistado
en ardiente afán de amor,
levantaré el vuelo
hacia la luz que no ha alcanzado ningún ojo.

¡Moriré para vivir!
¡Resucitarás, sí, resucitarás,
corazón mío, en un instante!
¡Lo que ha latido
habrá de llevarte a Dios!

A mí estas secciones de la sinfonía, cantadas con la música que tan maravillosamente ha compuesto Mahler, me acercan a Dios y me conmueven hasta las lágrimas. Bien es cierto que estos versos no son especialmente profundos. No sé hasta qué punto la fe católica de Mahler fue importante para él, como lo fue por ejemplo para Anton Bruckner, otro de mis sinfonistas predilectos.

Descubro, sin embargo, que la melodía que compuso Mahler para la voz de contralto y el primer poema citado, me eleva de una manera «inspirada» a entender emocional y espiritualmente la muerte como un volver al Dios de quien provengo. Y la culminación tremenda y monumental de la sinfonía, cuando se canta aquello de «¡Resucitarás en un instante!» y ser recogido por Dios como la mies que Él ha sembrado, también me toca en lo más hondo del alma.

No salgo de oír esta sinfonía con ninguna profundidad mayor de entendimiento sobre la muerte y la resurrección en la esperanza cristiana. Pero sí salgo «bendecido» por recordar estas realidades de la fe cristiana, por mucho que los que tocaban sus instrumentos y cantaban en el coro, y el director que marcaba el compás, lo hacían como ejercicio puramente profesional de arte humano.

Dios nos reconforta y bendice a cada cual a su manera, según la sensibilidad que tengamos y lo que nos produce personalmente placer, disfrute estético y maravilla.

Para mí es la música. Para muchos es contemplar paisajes de la naturaleza, o contemplar el cielo estrellado lejos de las luces de ciudad. Cuando vimos el Gran Cañón del Colorado hace años, mi esposa Connie se conmovió hasta las lágrimas. A mí puede que me impresionara —no lo recuerdo bien— pero desde luego no se elevó mi espíritu en alabanzas al Creador como le pasó a ella. Cada cual sabe qué es lo que le transporta más allá de las realidades más ordinarias de la vida.

Por algún motivo, Dios en sus propósitos inescrutables, ha repartido el don de la inspiración musical sin poner mucha atención en si los que lo reciben son dignos de tan maravillosa capacidad para tocar las cuerdas más sensibles del corazón humano. Recuerdo que ese fue un tema que exploró la película Amadeus, sobre Mozart y los celos que acaso pudiera provocar tan sublime (aunque impío) compositor en el muy religioso Antonio Salieri.

No consigo entender cómo es que ciertas personas, que en algunos casos se sabe que fueron pecadores empedernidos, alcanzaron tan exaltado don musical. Inspirados ellos, me inspiran muchas veces a mí a reconocer al Creador de toda creatividad humana y de toda belleza. Como dijo Jesús, Dios «hace llover sobre buenos y malos, y brillar el sol sobre justos e injustos». A mí la música me puede emocionar —y lo que es más importante— me puede acercar a Dios. Esto es así, supongo, porque fuera quien fuera el compositor, por mi relación previa y permanente con el Señor, estoy siempre predispuesto a ser llevado a reconocer la Presencia de Aquel a quien más amo.

En su infinita misericordia, el Creador nos ha hecho capaces de sentir la belleza en alguna forma que a cada cual nos conmueva, para intuir que hay algo —Alguien— superior, más bello, más armonioso, más allá de nosotros mismos. Alguien a quien aspiramos conocer y en comunión con quien anhelamos vivir.

 
 
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