15 de octubre de 2019    •    Lectura: 4 min.

 
  Celebrar nuestra unidad cristiana

Al fin de este mes, el fin de semana de Todos los Santos, nos reuniremos en Guadarrama (Madrid) un grupo numeroso de miembros de las iglesias anabautistas, menonitas, Hermanos en Cristo y Amor Viviente de España. Es algo que hacemos cada dos años.

Recordaremos el 25 aniversario del primer Encuentro Menonita Español (EME). Habrá un programa extenso en tres vías —para adultos, para adolescentes y para niños— en torno al lema «Avivar el fuego», basado en 2 Timoteo 1,6-8. La elección de ponentes en esta ocasión supone apostar por predicadores relativamente jóvenes entre nosotros: Gadea García, David Becerra, y Marvin Guerra. Habrá también talleres, alguna excursión, y otras actividades. Normalmente lo más memorable que nos traemos a casa los que participamos, suele ser la sensación de bienestar provocada por la convivencia con hermanas y hermanos de diferentes puntos de España.

Hay quien cree que como las denominaciones no vienen en la Biblia, tienen necesariamente que ser algo negativo o por lo menos innecesario. A mí personalmente me parece maravilloso sentirme hermanado con todos los cristianos del mundo sin considerar si sus doctrinas son iguales a las mías ni si sus prácticas me resultan familiares. Ese sentimiento fraterno que no me lo quite nadie.

Sin negar lo cual, hay algo también maravilloso en lo que añade estar en comunión con los hermanos y las hermanas que nos sabemos herederos de una misma historia y unas mismas tradiciones de fe y prácticas. Esto es lo que aporta la pertenencia a una misma red de iglesias locales, la denominación.

Pongamos el caso de AMyHCE (Anabautistas, Menonitas y Hermanos en Cristo - España).

Cuando la era de la Reforma protestante hubo también lo que los historiadores describen como «la reforma radical», o «el movimiento anabaptista». No respondían a ningún cabecilla único, como Lutero para las iglesias luteranas o Calvino para las iglesias reformadas. Eran un movimiento sorprendentemente diverso, con muy pocos elementos en común al principio: fundamentalmente, el rechazo del bautismo de bebés, por considerar que primero había que tener una edad suficiente para decidir por cuenta propia si seguir o no a Cristo.

El bautismo solamente de creyentes y por voluntad propia, hacía que el movimiento anabaptista desembocara en una forma «moderna» de entender la sociedad. Las iglesias católica, ortodoxa (de Europa oriental) y protestantes, todas mantenían el modelo medieval de organización social, donde la Iglesia se valía de la fuerza de los soberanos políticos para obligar a sus fieles a vivir como el clero cristiano mandaba; y a la inversa, los príncipes y reyes se valían del clero para adoctrinar a sus súbditos en cuanto a los valores cívicos que les convenían. El párroco que predicase otra cosa que lo que agradaba a su soberano ponía en peligro su puesto, su salario, y hasta la vida.

Al bautizar solamente a quien decide personalmente seguir a Cristo, los anabaptistas podían dejar sin bautizar y fuera de la iglesia al grueso de la población europea, que por sus hábitos y creencias eran pecadores redomados. Se dedicaron entonces a evangelizar por toda Europa, en una generación cuando católicos, protestantes y ortodoxos daban por ya evangelizada y bautizada a toda la población europea.

Se comprenderá que si la iglesia solo debe estar compuesta por personas que eligen voluntariamente pertenecer, las autoridades creían que se vendría abajo todo el entramado que mantenía cierta semblanza de orden y buenas costumbres en la sociedad europea medieval.

Libres de ese contubernio no natural con los soberanos políticos, entonces, el movimiento anabaptista aunque exploró alguna que otra alternativa, acabó cuajando en torno al convencimiento adicional de que había que renunciar a las armas mortales para defender el evangelio, defender a los soberanos políticos, y ni siquiera para defenderse a sí mismos y a sus familias.

¿Cómo es posible que llegasen a esa convicción y esa práctica de renunciar a las armas? Porque al librarse de la idea medieval de que la iglesia y la sociedad civil eran una misma cosa, pudieron leer y entender lo que predicó Jesús acerca de cómo tratar al prójimo y hasta al enemigo. Pudieron leer y comprender también lo que escribieron los apóstoles acerca de estar dispuestos a padecer injusticias por no traicionar el Espíritu de Cristo, el evangelio de la paz con Dios y con el prójimo.

Había también consecuencias profundas para la vida de la iglesia. Si solamente la componen aquellos que eligen estar, se disparaba el grado de mutuo compromiso, compromiso con la santidad y la fidelidad a Cristo, y otros muchos valores cristianos. La «reforma» de la iglesia se volvía entonces verdaderamente «radical».

En el medio milenio que ha transcurrido desde las primeras generaciones de los anabaptistas, los continuadores y descendientes espirituales de aquel movimiento, que nos llamamos hoy diversamente anabautistas, menonitas, Hermanos en Cristo, Amor Viviente, y de otras muchas formas en diferentes partes del mundo, consideramos que seguimos teniendo algo en común que nos hace sentirnos especialmente hermanados entre nosotros. Nos aglutinamos a nivel mundial en el Congreso Mundial Menonita. Y en España, nos unimos como AMyHCE y celebramos estos EME cada dos años.

¿Significa esto que rechacemos la unidad del Espíritu que tenemos también con otros muchos cristianos de otras muchas denominaciones cristianas?

No. Es que una cosa no quita la otra. Por una parte nos sabemos hermanados con todo aquel que profesa el nombre de Cristo, y por otra parte nos sentimos unidos en pensamiento, tradiciones y formas de entender la iglesia y la vida cristiana, con aquellos que, como nosotros, conservan viva la tradición de los avances conseguidos para el evangelio con el movimiento anabaptista —la reforma radical— del siglo XVI.

 
 
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