29 de octubre de 2019    •    Lectura: 7 min.

 
  ¿Cómo cuenta el origen del mundo el libro de Génesis?

En Evolución, creación, y la fe cristiana, describía el triste panorama que se presenta cuando personas bienintencionadas, que piensan de alguna manera estar promoviendo la fe cristiana, niegan la evolución biológica —un hecho sobradamente comprobado—. Yerran en lo esencial, que es confundir el mensaje de la Biblia. La Biblia no pretende debatir con los científicos de nuestra era. Pretende enseñar a vivir como expresión de amor a Dios y amor al prójimo, en imitación de nuestro Señor Jesús.

El libro de Génesis trae tres narraciones que cuentan, cada cual a su manera, el origen del mundo y de las especies vegetales y animales en esta tierra.

Son tres narraciones, diferentes entre sí. Cada una de ellas digna de ser tenida en cuenta por lo que pone, digna de ser leída con atención. El error más habitual es pensar que las primeras dos narraciones describen las mismas cosas, pensar que sea posible coordinar lo que pone en una y en la otra y fundirlas en una sola y misma narración. Y se tiende a ignorar del todo que lo que cuenta la tercera también es la creación.

En Génesis 1,1-2,3, entonces, tenemos una progresión que empieza con un caos primigenio, un universo de agua infértil y oscura sobre la que se agita el aliento divino. De ese caos acuático Dios empieza a generar orden.

Primero crea la luz y la distingue de la oscuridad, generando así orden entre el día y la noche.

A continuación separa el agua primigenia hacia arriba y hacia abajo con una bóveda rígida, ordenando así tres espacios esenciales y separados: arriba el cielo de agua, en el medio el aire y la tierra firme, y por debajo los océanos y mares (y el agua que aparece cuando se cavan pozos).

Existiendo la tierra firme, Dios hace que de ella germine la vida vegetal, especificando que sea de manera ordenada: de la semilla de cada planta brotará igual planta, evitando así el caos de que de un grano de trigo salga una lechuga, por ejemplo.

A continuación Dios crea los astros que surcarán la bóveda firme, y pone orden y jerarquía entre ellos, con un astro principal que reinará de día y el otro que reinará de noche.

Ahora toca crear la vida marina y la vida aérea; también de manera perfectamente ordenada, evitando así el caos de que del huevo de un gorrión salgan moscas, o que de un delfín nazcan anchoas.

Ahora toca crear la vida terrestre; también de manera ordenada, evitando el caos de que del huevo de una serpiente pudiera nacer un cordero. Entre los seres terrestres se encuentra, naturalmente el ser humano, con el comentario harto curioso de que es varón y mujer igual que Dios. Donde más se explaya ahora la narración, sin embargo, es otra vez el ordenamiento y la jerarquía, por cuanto el ser humano ha de ejercer dominio sobre toda la vida marina, aérea y terrestre.

Hay muchas cosas interesantes aquí, dignas de profundizar, pero solo mencionaré una. Como hay tanto énfasis en el orden, en derrotar el caos dejándolo todo perfectamente ordenado y jerarquizado, es curioso lo que al autor bíblico «se le olvidó». No indica que Dios haya puesto orden en la sociedad humana. No habla del dominio de varones sobre mujeres, de blancos sobre otras razas, de ricos sobre pobres, amos sobre esclavos, generales sobre soldados rasos, nobles y reyes sobre campesinos y trabajadores. ¡Curioso «olvido»! ¿No será que estas jerarquías sociales son creación humana y no divina?

Habíamos mencionado el comentario «harto curioso» de que el ser humano fuera creado varón y mujer igual que Dios. En efecto viene a afirmar que la mujer, tanto como el varón, es imagen de Dios, en absoluto inferior al varón.

En los dos capítulos comprendidos entre Génesis 2,4-3,29 tenemos, en primer lugar, un orden diferente de creación; y en segundo lugar, una descripción mucho más dilatada y detallada de la creación del ser humano.

En cuanto a lo primero, empezamos con que Dios crea de golpe, en un mismo día, cielos y tierra. No dice, por cierto, que el cielo sea de agua ni que haya una bóveda firme llena de astros.

Es imposible crear la vida vegetal a continuación, sin embargo, porque todavía no hay seres humanos para cultivar las plantas. Entonces el Señor crea al ser humano (uno solo y hermafrodita: ambos sexos en un mismo cuerpo), y ahora sí crea la vegetación.

Hace falta alguien que acompañe al ser humano solitario, sin embargo, y empieza así el proceso de ir creando los animales, ver el nombre que el ser humano les pone, constatar que no son una compañía adecuada, y aparecer el siguiente animal. Por fin Dios decide dividir al ser humano en dos partes, una masculina y otra femenina. El ser humano se expresa satisfecho con el resultado: ahora sí que se siente acompañado.

No hemos terminado con la creación del ser humano, sin embargo, ya que faltan algunos elementos que son esencialmente constitutivos de nuestra humanidad. Esto es lo que cuenta el capítulo 3.

Hay que explicar cómo es que sabemos distinguir entre el bien y el mal, cómo es que conocemos el mal, por trágicas y difíciles que sean las consecuencias de conocerlo. (Sabemos que aflora y se desarrolla plenamente la humanidad todavía infantil de nuestros hijos, cuando empiezan a distinguir entre el bien y el mal.)

Hay que explicar la mortalidad. Cuando en nuestro desarrollo personal alcanzamos la madurez como seres humanos, no solo somos mortales sino que nos sabemos mortales; y esto condiciona hondamente nuestra identidad. Piénsese en que si no fuera porque Jesús murió, podríamos abrigar serias dudas de que haya sido de verdad humano y no un ser puramente divino, un «extraterrestre».

Otro aspecto esencial de la humanidad es la lucha «maldita» por la supervivencia, por conseguir alimentarnos y alimentar a nuestros hijos, frente a sequías, plagas, y demás obstáculos. Parte de esa maldita lucha es social, las diferencias de poder, y la mutua incomprensión a la vez que atracción entre varones y mujeres. Luchar contra toda suerte de obstáculos malditos —materiales y sociales— es tan parte de lo que significa ser humanos, como lo es distinguir entre el bien y el mal, o como lo es sabernos mortales.

Ahora por fin, entonces, al terminar el capítulo 3, podemos dar por acabada la creación del ser humano. La manera que Génesis 2,4-3,29 lo cuenta, sin embargo, es inmensamente rica y sugerente en lo que viene a afirmar acerca de cómo hemos de relacionarnos correctamente con Dios nuestro Creador, y unos con otros.

Los capítulos 6-9 de Génesis traen una tercera narración de la creación. Tiene muchos elementos en común con las primeras dos, pero es claramente diferente.

Al igual que la primera, el punto de partida es un caos acuático infértil, sin vida, sobre el cual sopla el aliento divino. Dios separa entonces los ámbitos esenciales para la vida —aire, tierra, mar— aunque sin mencionar ninguna bóveda firme.

Génesis 1 empezaba con ese caos acuático, pero en Génesis 6 nos propone que antes de este mundo presente hubiera otro, que fue destruido por las deficiencias morales de la humanidad. Este es seguramente el aspecto más destacado de la tercera forma de contar la creación, y nos sirve de advertencia. El mismo poder capaz de crear es también capaz de «descrear»; y no conviene olvidar nunca el rigor moral de nuestro Creador.

Como en la primera narración y al contrario que la segunda, la vegetación brota de la tierra seca sin intervención humana. La vida animal, sin embargo, es en esta narración la que necesita de los cuidados de la humanidad, sin los cuales no podría haber llegado a establecerse en el mundo que Dios acaba de crear a partir del caos acuático.

Los autores bíblicos no eran tontos y se daban cuenta perfectamente que tenemos aquí tres narraciones, con muchos puntos en común pero también diferencias muy importantes entre sí. Tal vez lo contaran así para evitar que los lectores cayéramos en la trampa de imaginar que lo que nos estaban contando eran realidades materiales, como por ejemplo el orden en que se crearon unas cosas y otras, o los mecanismos (si evolutivos o si repentinos) de la creación. Contando nuestros orígenes de tres maneras tan dispares, nos ayudan a fijar la atención en lo que realmente importa:

  • que hay un solo Señor y Dios Creador de cielo y tierra y todo lo que en ellos hay;
  • que la humanidad hemos sido creados en relación con Dios y el prójimo, y para relacionarnos con Dios y el prójimo;
  • que en medio de las luchas y dificultades de la vida, donde a veces parece que impera el caos, Dios sin embargo nos ha dado mucho orden;
  • pero que ese orden divinamente ordenado no incluye las jerarquías, las diferencias sociales de poder;
  • y otras muchas lecciones bellas e importantes sobre la vida y sobre nuestra relación con Dios, con el resto de seres creados, y unos con otros.
 
 
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