Presentación

Desde temprano descubrí la vocación de escribir. Con tan solo unos quince o dieciséis años de edad, publicaron mi primer artículo en una revista menonita de EEUU. Era algo que escribí para una clase de inglés y el profesor pensó que merecía la pena mandar a ver si lo publicaban. En los años 70 me ganaba la vida como profesor en un conservatorio de música y director de coros infantiles, pero fundamos con un amigo la revista Perspectiva, que fue publicación oficial de la Iglesia Menonita de Argentina y de la que fui director hasta que nos marchamos, con mi esposa e hijos, a EEUU para terminar mis estudios de teología.

Nada más llegar a España en 1981 —enviado por la Junta Menonita de Misiones, hoy Red Menonita de Misión— escribí una serie de artículos de edificación cristiana que aparecieron en una pequeña revista artesanal, Mostaza, que publicaba en Zaragoza una comunidad ecuménica de las que existían en la época.

He ejercido durante unos 20 años y hasta la jubilación, como profesor de Biblia y griego bíblico en la Facultad de teología SEUT (Madrid), pero ya antes había publicado tres o cuatro libros de edificación cristiana. La mayoría de aquellos libros, y todos los posteriores, siguen estando disponibles hoy, en reedición de Ediciones Biblioteca Menno.

Empezamos a publicar, bajo mi dirección, una hojita (un folio por ambas caras) que repartíamos en Burgos cuando salíamos semanalmente a la calle a evangelizar. Las renovábamos cada mes, y había gente que nos las pedía y se lamentaban si se habían perdido un número, que las coleccionaban —aunque nunca tomaran el paso de integrarse en una de las iglesias evangélicas, como hubiéramos deseado—.

De ahí pasé a crear una hoja mensual para nuestra iglesia local en Burgos, no recuerdo si siendo yo todavía pastor o cuando dejé eso en manos de un muy competente equipo local de «ancianos». Con esa hoja no solo comunicábamos información y anuncios, sino que en particular aprovechaba para continuar la labor de edificación e instrucción cristiana de la comunidad en conocimiento bíblico y en los valores del evangelio del reino de Dios.

También predicaba oralmente, por supuesto, pero es que para mí la palabra escrita es sencillamente otra manera que tengo de predicar el evangelio que he creído.

Llegamos así a la era digital, cuando decidí crear el sitio web www.menonitas.org, donde empecé a colgar todo tipo de materiales escritos, míos y también ajenos cuando los obtenía con permiso. Y en febrero de 2002 empezó la andadura de El Mensajero, que nos ha valido a las comunidades anabautistas de España para mantenernos vinculados, a la vez que sus contenidos eran leídos por un gran número de personas de todo el mundo hispanohablante; no solo España, sino que también desde la Patagonia hasta Canadá.

Ahora, por motivos que expliqué en el número final, el Nº 185 de febrero de 2019, hemos puesto fin después de 17 años a El Mensajero. Pero mientras me queden fuerzas y ánimo —y lucidez mental, que a estas alturas no conviene darla por descontado— quiero seguir edificando a mis hermanas y hermanos en el Señor con estas humildes reflexiones que os ofrezco con ánimo fraternal. Que sean de edificación y de provecho para la vida en el seguimiento de nuestro Señor Jesús.

Algo más sobre mí

Soy el feliz esposo de Connie Bentson, feliz padre también de cuatro hijos, feliz abuelo también de seis nietos que crecen con unas prisas te dejan admirado. Hemos tenido nuestras luchas como todo el mundo, nuestros desánimos y lágrimas vertidas, sin lo cual nuestra existencia no habría sido propiamente humana. Pero nos hemos sentido dichosos de recibir, tanto Connie como yo, la bendición insuperable de nacer en una familia cristiana entregada al servicio de Dios y el prójimo. Mayor legado que ese no aspiro a dejarle a mi descendencia. Porque con ello hemos heredado bendición a lo largo de la vida.

Ya que estamos —y perdón si me alargo— os cuento dos grandes aficiones que me entretienen y dan hondo placer a mis días: la lectura, y la música clásica.

Arranco el día cada mañana leyendo un capítulo del Antiguo Testamento en hebreo y uno del Nuevo en griego. Durante casi toda la vida he leído libros y artículos de estudio erudito de la Biblia y de teología, como parte esencial de mi trabajo como pastor y después profesor, para mantenerme al día con este área del pensamiento humano.

Pero desde siempre me ha gustado, a manera personal y de ocio, leer novelas (históricas, ciencia ficción, fantasía, románticas, detectivescas, lo que sea) y libros de diversas ciencias y actividades humanas. Me fascina tal vez especialmente el género de la historia y la antropología; también la bibliografía de políticos, inventores, o cualquier personaje que capte mi interés. En toda buena novela y toda buena biografía u obra histórica uno aprende mucho acerca de lo que significa ser seres humanos y, por consiguiente, uno acaba aprendiendo mucho acerca de sí mismo. En particular puede uno observar así aquellos rincones de su propia humanidad —la luz pero también las tinieblas— que acaso no haya explorado o vivido por cuenta propia.

Luego también amo la música clásica, en un sentido más o menos amplio desde el barroco, pasando por el clásico, el romántico y el posromántico, hasta muchos compositores contemporáneos. Me fascina distinguir el sonido particular de los diversos instrumentos en las obras sinfónicas o de cámara, según van entrando y saliendo y contribuyendo su timbre particular a la obra.

Puestos a mencionar instrumentos de música, a veces sospecho que cuando yo haya desparecido de esta tierra, me recordarán más los hermanos y hermanas de mi iglesia en Burgos por mi violín y mi viola en las alabanzas de la congregación, que por mi enseñanza en la predicación.

Dionisio Byler

 
 

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