El Mensajero
Nº 100
Mayo 2011
Cambios

La madurez cristiana (13)

Maduramos cuando cambiamos (1º de 2)
por José Luis Suárez

De vez en cuando me sorprenden los cambios que han tenido lugar en mi vida.  La mayoría de las veces me doy cuenta de estos cambios, no cuando acontecen sino mucho tiempo después, cuando observo los nuevos caminos por los que transito.

Soy consciente que esto es un aprendizaje continuo que se da observándome, escuchándome, observando a otros, leyendo, orando, meditando y corrigiendo equivocaciones.

Este aprendizaje siempre es personal y emana de mi propia experiencia, pero es al tiempo un camino que realizo con las personas que tengo cerca y lejos, las cuales en muchos momentos me sirven de espejo para verme y son referencia para caminar.

De alguna manera este artículo es la historia de mis propios cambios mezclado con mis viajes por le mundo de la Biblia, de la oración y de lo aprendido de los muchos testigos en este maravilloso mundo de los cambios.

Cambiar

GestaciónLa palabra cambiar la usamos en el lenguaje cotidiano cuando nos referimos a reemplazar, sustituir, mudar, alterar una posición, adaptar y transformar. Cambiar es ir de un lugar a otro; es transformación, modificación, metamorfosis, dejar una cosa para tomar otra. Cambiar es lo opuesto a lo estático, lo inamovible, lo fijo.

Propongo en esta reflexión que el cambio es un principio, una norma, una ley que rige el plan de Dios para su creación. El cambio es el diseño del creador para sus criaturas. Cuando se entra en esta dinámica se encuentra la clave del sentido de la vida, de la armonía con uno mismo, con los demás, con el Creador y con toda la Creación. Sin cambios el mundo sería horrible.

Existen distintos tipos de cambio. Es muy diferente los cambios que realizamos por iniciativa propia, que los que nos vienen impuestos o que acontecen de manera ajena a nuestra voluntad (la pérdida de un empleo, una enfermedad incurable etc.).

Esta diferencia es importante en la medida en que en el primer caso, uno elije y asume sus consecuencias y que por supuesto encontrará la fuerza y motivación para llevarlo a cabo. Por otro lado en los cambios no elegidos, será más difícil mantener el compromiso, ya que sin la motivación personal, al menor contratiempo se abandona. Es también una realidad que ciertos cambios no elegidos algunas veces se pueden asumir como propios debido a la oración, la reflexión, la escucha de la voz de Dios y el sentirse a gusto con el resultado de los cambios.

1. La importancia de los cambios en la vida humana

BebéUno de los elementos clave en la maduración son los cambios. Es una verdad como un templo que sin cambios no hay madurez. Todo lo que nace se convierte en un eterno movimiento de cambios continuos que sólo terminan cuando llega la muerte. Esta realidad la vemos en los reinos vegetal y animal y en el ser humano.

La mayoría de las personas tienen miedo a los cambios, lo nuevo, sin darse cuenta que en este mundo nada permanece estable y para siempre. Todo cambia continuamente. Lo único que no cambia es el cambio.

Sin cambios no habría vida. Nuestras células cambian cada segundo. El cambio está en la raíz de nuestra humanidad. Nos guste o no, el cambio es parte de todo lo que está vivo. Aprender a dar la bienvenida al cambio en lugar de cerrarse a él, es un elemento clave para madurar y vivir en plenitud.

El cambio es la condición inevitable del ser humano. Debe ser vivido como un hecho maravilloso. En lugar de evitarlo o considerarlo como una amenaza o un enemigo, se le debería dar la bienvenida.

Los cambios contribuyen a la supervivencia, a la estabilidad y a la plenitud de la vida de todo ser humano. Cuando no hay cambios nos deslizamos hacia el caos y la desintegración, no solo del ser humano sino de la humanidad. Cuando no cambiamos, nuestro horizonte se estrecha cada vez más y nos vamos insensibilizando a la vida.

Los cambios en el ser humano abarcan lo físico, lo emocional, lo mental y lo espiritual; porque el cambio está inscrito en el ADN del ser humano.
Jesús inició su ministerio llamando a la gente a cambiar su forma de vivir; a seguirle, a tomarle como referencia para vivir, a confiar en el amor incondicional del Padre Dios.

El Sermón del Monte es una llamada al cambio en nuestra manera de entender la relación con Dios, con los demás, con nosotros mismos y con el mundo en general.

2. Las dificultades para cambiar

AdultoSi pensamos que todo cambio es sospechoso, habremos entrado en el sombrío terreno del oscurantismo. Si una persona decide aferrarse a lo que ya tiene sin abrirse al cambio, tendrá una vida empobrecida y dolorosa, porque la vida siempre es un eterno movimiento que nunca se detiene. Muchas personas prefieren la comodidad y la seguridad de lo conocido aunque sea malo, a la incertidumbre de lo desconocido o lo nuevo. Sin embargo, una existencia sin riesgos, anclada en la rutina, en la resignación con lo que hay, arriesgando poco o nada, afirmando que «siempre ha sido así», con actitudes rígidas y resistencia a los cambios, será una vida no vivida. Estará llena de limitaciones. Carecerá de sentido. Toda cultura basada en el conformismo está condenada al atraso.

Todo cambio significa creatividad, curiosidad por explorar lo desconocido sabiendo que nada es eterno. El cambio es parte de la vida del individuo, de las organizaciones, de los gobiernos y de la Iglesia.

Todo cambio provoca algún tipo de crisis, porque es aventurarse en lo incierto, lo desconocido. No obstante la crisis que acompaña al cambio muy a menudo es más beneficiosa que dañina. Una de las mayores dificultades para el cambio son los miedos. ¿Seré capaz de hacerlo bien? ¿Qué ocurrirá? No existen transformaciones fáciles. Los cambios son rupturas interiores con la forma de pensar y hacer que teníamos antes. Implican ruptura, en algún sentido, con el pasado.

Otro elemento que dificulta los cambios es la tendencia a usar todas nuestras energías para defender lo que ya tenemos, situaciones ya consolidadas, lo que ya sabemos, los logros externos —nuestro barrio, nuestro lugar de trabajo, nuestra ciudad, todo lo que nos es conocido y familiar— y rechazar de forma sistemática todo aquello que viene  a perturbar nuestra seguridad. Preferimos todas estas situaciones en lugar de salir de las zonas de seguridad.

Muy a menudo nos agarramos con uñas y dientes a lo que tenemos. Al hacerlo nos negamos a lo desconocido, a salir del mundo donde todo esta controlado y perfectamente ordenado. Son muchas las personas que prefie­ren seguir atadas a lo que ya conocen por aquello de que «Más vale malo conocido, que bueno por conocer». Nos resistimos a los cambios.

Cuanto más grandes sean los cambios, más profunda será la crisis. El niño al nacer llora, el primer día de colegio entra en crisis. Cuando se llega al final de la vida, lo desconocido provoca temor y hasta pánico —aun en las personas de mucha fe— debido a que desconocemos lo que hay después de la muerte.

Cambiar representa ruptura en la forma de pensar, cambios de valores y criterios de acción; y esto produce temores, miedos, angustias y hasta desesperación. Esta es la razón por la que son pocas las personas que están dispuestas a cambiar su manera de pensar y de vivir.

Todo cambio es doloroso. El niño no aprende a andar sin antes caerse muchas veces. No se puede aprender a tocar el piano sin antes tocar unas cuantas teclas equivocadas.

El libro de Éxodo nos narra la salida del pueblo de Dios de Egipto. Todo un pueblo se arriesga a dejar lo conocido —la esclavitud, el mal vivir— para aventurarse en lo desconocido. Pero cuando aparecen las dificultades (Ex 16,1-3), desean volver al pasado.

Hay que saber tolerar las ambigüe­dades y la incertidumbre para favorecer el cambio. En vez de ir a la contra hay que fluir con él, ser flexibles, abiertos, permisivos y aceptar que todo cambio produce incertidumbre.

3. El cambio como proceso

AncianoVivimos en una sociedad en la que predomina la ley del mínimo esfuerzo para conseguir lo que se desea. Casi todos los anuncios publicitarios están basados en términos de rapidez y mínimo esfuerzo. Somos bombardeados diariamente por los medios de comunicación y desgraciadamente, también en la iglesia. (Hace unos años vi un libro en una librería evangélica con el título:  Cómo conseguir el poder de Dios en 48 horas). Son mensajes que nos presentan cambios instantáneos y sin esfuerzos.

Todo cambio fácil, sin complicaciones, que nos promete resultados instantáneos… ¡hasta el sentido común nos dice que no está basado en principios correctos! Debemos considerarlo sospechoso y hasta peligroso. Los cambios instantáneos son excep­ciones. Milagros. La mayoría de las veces son producto de nuestra imaginación más que de la realidad. Aquí es bueno recordar el proverbio: «Del dicho al hecho hay un trecho».

La metáfora de la agricultura nos ayuda a entender el elemento del proceso del tiempo y del precio a pagar. El agricultor prepara la tierra, siembra la semilla, desbroza, abona, riega y luego llega la cosecha. No hay otra fórmula. No se puede violentar el proceso del tiempo. Hay que dejar que la fruta madure a su tiempo.

El cambio no se puede forzar. Cuando se violenta el proceso del tiempo, a la larga se descubre el fracaso. Porque los principios de la agricultura forman parte de todo crecimiento auténtico.

La metáfora de la agricultura nos enseña que es imposible violar o ignorar el desarrollo humano como proceso. Es contrario a la naturaleza humana, que tiene etapas y momentos: El niño antes de andar da vueltas en la cuna, se sienta, gatea y luego camina y corre. Todos los pasos son importantes y todos requieren tiempo. No es posible saltarse ninguno de ellos. Así es la maduración cristiana.

Aceptar el cambio como un proceso es inevitable aunque no nos agrade, porque el proceso del cambio es parte la vida misma.

Para poder ir más lejos

Carta del apóstol Pablo a los Filipenses, 3: 12-15.

La transformación espiritual puede ser dulce y gloriosa, pero también desconcertante y aterradora (Jack Kornfield).

El que puede cambiar sus pensamientos puede cambiar su destino (Stephen Craner).

Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos (Víctor Frankl).
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