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El cristiano y el sexo Antes de meternos específicamente al tema que nos interesa, es importante que aclaremos bien en nuestra mente que lo que a Dios le interesa como regla general, y específicamente en cuanto al sexo, no es agobiarnos con prohibiciones arbitrarias, sino llamarnos a una vida de aventura y libertad. Dios no es un ser malhumorado que anda por ahí inventando maneras de fastidiarnos las diversiones, sino un ser completamente amoroso, bueno y alegre. ¡Un ser tan enterado de lo que es el placer, que hasta se las ingenió para inventar el sexo! Y también es un Padre atento, cuidadoso y protector, que desea profundamente evitarnos el sufrimiento innecesario, las lágrimas y las profundas depresiones. Las precauciones que nos pone delante el Señor, con respecto al sexo, se deben a su deseo cariñoso de protegernos. Un padre normal nunca le daría unos cables que conducen 220 voltios a su hijo, sin antes echarle un pequeño discurso acerca de los peligros que esa electricidad supone. Así es Dios con nosotros, de cara al sexo. El sexo tiene un poder tremendo. Aprovechado como corresponde, ese poder puede llenar de luz y calor toda una relación… como la energía eléctrica puede llenar de luz y comodidad un hogar. Pero para el que ignora las precauciones que hay que tomar, puede suponer una tragedia devastadora. ¿Qué nos dice la Biblia acerca del sexo? Serían varios los párrafos del Nuevo Testamento con los que podríamos empezar. Miremos por ejemplo Gálatas 5.16-20. Allí nos habla de una oposición fundamental entre el Espíritu que nos libra de tener que estar sujetos a toda una serie de prohibiciones pesadas («la ley»), y la carne, que nos hace esclavos. A continuación pone (v.19): «Son evidentes las obras de la carne. A saber: el sexo fuera del matrimonio, hábitos sexuales incontrolables, corrupción mental», y otras cosas que no vienen al caso del tema que nos interesa ahora mismo. Veamos si podemos definir con un poco más de claridad estas tres «obras de la carne» que, entre otras, se oponen violentamente a la liberación espiritual que nos ofrece Dios. 1. El sexo fuera del matrimonio. La palabra griega que traducimos de este modo abarca toda actividad sexual entre personas que no están casadas. Para mayor claridad, cuando hablamos de estar casados, estamos hablando de un pacto público y solemne de fidelidad vitalicia. ¿A qué nos referimos con la expresión «actividad sexual»? Para evitar confusiones, especifico lo que yo personalmente creo que significa: Toda estimulación directa de los órganos genitales, se llegue o no al orgasmo, haya o no penetración. 2. Hábitos sexuales incontrolables. Este es el desenfreno sexual. La falta de control de los impulsos sexuales. El vicio. Hábitos de disolución, depravación y corrupción. La ninfomanía y el satiriasis, como extremos patológicos. Pero no sólo estos extremos, sino todas las costumbres (frecuentemente adictivas) de comportamiento inmoral. 3. Corrupción mental. En este concepto está la médula del asunto. Ahora estamos hablando, no solamente del comportamiento exterior, sino de las costumbres de nuestra mente; de actitudes morales. Jesús dijo en alguna ocasión que con mirar de cierta manera a una mujer, un hombre ya peca. Aquí también es evidente la diferencia entre el cristiano carnal y el cristiano espiritual. La persona carnal siente una constante fascinación por aquello que le puede destruir. El espiritual, en cambio, piensa en otras cosas. No es que tenga que pensar en otras cosas, es que así es él. Ya no está esclavizado por una obsesión acerca del sexo, sino que el Espíritu le ha dado la libertad para pensar en otras cosas. ¡Qué entusiasmante! No puede haber confusión. Los cristianos conocemos el comportamiento que Dios nos ha recomendado para nuestra propia salud mental, emocional y espiritual. En Efesios 5.5, Pablo nos asegura con toda claridad que ninguno que practica relaciones sexuales fuera del matrimonio tiene lugar en el reino de Cristo. Esto significa que con este tipo de relaciones uno se juega su destino eterno. Pero también significa, y esto posiblemente sea algo aún más profundo, que tal persona no está integrada, hoy, al orden revolucionario de Jesús. Tal persona todavía no está integrada, por más que se considere religiosa y «liberada», al régimen de libertades espiritual con el que Jesús gobierna a su Pueblo. Todo lo contrario, esa persona sigue esclavizada a «la carne», y por tanto a la Ley que juzga a la carne. Ya que el destino de la carne (el animal biológico que también somos) es la muerte, tal persona se condena a sí misma a la muerte. Pero las consecuencias no están solamente en ese futuro. Hoy, ya, el que practica relaciones sexuales fuera del matrimonio está cumpliendo su propia condena de esclavitud… ¡cuando Jesús se proponía librarle! Contra este mensaje claro del evangelio (y recordemos que la palabra «evangelio» significa «noticias que dan alegría») hay toda una movida cultural y social que nos puede cegar con la mentira. Hoy resulta casi imposible ver una película, leer una novela u hojear una revista, sin recibir el bombardeo del concepto de la legitimidad y hermosura del sexo fuera del matrimonio. Un supuesto fundamental de nuestros tiempos es el de que quien no «hace» el amor, no sabe amar. El (o la) virgen, que nunca ha «hecho» el amor es un (o una) antinatural, que no ha sido capaz de vivir las profundidades del amor. ¡Esa es una estupidez más grande que un castillo! Es un producto típico de los razonamientos torcidos del diablo, a quien Jesús llamó el padre de las mentiras. La verdad es muy distinta. La verdad es que no hay expresión más sublime del amor (un amor que no se hace, sino que se vive ), que la de respetar la castidad de la persona a quien dices amar, hasta después de la boda. ¿Por qué? ¡Porque para Dios la condición moral de la mujer que se preste a la actividad sexual fuera del matrimonio es igual a la de una prostituta! En 1 Corintios 6:12-20, lo pone con toda claridad: En la experiencia sexual las personas llegan a ser «una carne», cumpliendo el propósito emocional y físico de la creación del sexo. Esta unión es parte de la naturaleza misma del acto sexual, ya sea dentro o fuera del matrimonio. Pero cuando sucede fuera del matrimonio, es una unión antinatural, una perversión, una prostitución de la unidad física, emocional y espiritual que tuvo en mente Dios al crearnos varón y mujer. Para describir toda actividad sexual fuera del matrimonio el griego del Nuevo Testamento usa la palabra pornía (traducida generalmente al Español por el vocablo «fornicación»). Y para describir a la mujer con la que un hombre se une sexualmente fuera del matrimonio el griego del Nuevo Testamento usa la palabra porní (traducida generalmente al español por el vocablo «prostituta»). De esto podemos deducir que para Dios no hay distinción moral entre la mujer que lo hace por dinero y la que lo hace gratis. Para él, toda mujer que «practica el sexo fuera del matrimonio» (pornía) es una «prostituta» (porní). Las distinciones de nuestra sociedad entre la que cobra y la que lo hace por amor no son distinciones bíblicas. Puede ser que esas distinciones satisfagan los escrúpulos de nuestra sociedad, que llama a una, «mujer liberada» y a la otra, «puta». Pero esas distinciones no satisfacen al Señor. Ambas son esclavas de «la carne», condenadas bajo la misma Ley. Ninguna ha descubierto la verdadera libertad. De modo que el varón cristiano que se una a una mujer fuera del matrimonio, fuere quien fuere esta mujer, rompe su propia unidad con Cristo, al que pertenece como un miembro corporal por virtud de la entrega al Señor que ha profesado, para hacerse miembro de una «prostituta». Haciendo lo cual, ¡está cometiendo un horrible sacrilegio contra el Espíritu Santo que vive en él! Igualmente triste es lo que con esta acción hace a la mujer a quien se ha unido. ¡La está manchando y vulgarizando delante de Dios! Aprovechándose del amor que ella le ha confesado, comete el abuso increíble de equipararla moralmente con una prostituta. ¿Acaso es amor esto? ¿Acaso es amor ensuciar y envilecer de una manera tan grosera el espíritu de otra persona? ¡Vamos! El amor está en todo lo contrario. Liberado de su cautiverio a «la carne» por la presencia viva y dinámica del Espíritu Santo de Dios que obra poderosamente en su vida, el cristiano ofrece a su amada el sacrificio de sus impulsos biológicos, para exaltarla a ella como mujer virtuosa en la opinión de Dios. Esta lógica es igual en ambos sentidos, claro. La mujer cristiana tampoco se prestará al envilecimiento grosero de su amado en la opinión de Dios. Precisamente porque le ama, luchará por conservar a su amado como hombre íntegro de Dios, y no permitirá que él, miembro de Cristo que es, adopte la moralidad de la prostitución. Del mismo modo, en la mujer cristiana también está presente la vida del Espíritu Santo de un modo maravilloso. Para ella también, unirse sexualmente a un hombre fuera del matrimonio es un sacrilegio triste: Una falta de respeto y consideración total contra el Espíritu de Dios en ella. Dionisio Byler, Como un grano de mostaza (Libros CLIE, 1988), capítulo 13, pp. 99-104. |
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