El hornero de Faraón

31 de marzo de 2020 • Lectura: 4 min.

Leyendo Génesis 40 esta mañana, me llamó la atención la violencia de un detalle.

Quizá lo que más me provoca esta reflexión es que no hay nada en este capítulo que yo no conociera desde que tengo memoria. Uno de mis recuerdos más tempranos es estar toda la familia sentados al atardecer alrededor de la mesa para nuestro culto de familia. Mi madre nos leía historias bíblicas desde un libro inmenso, después cantábamos uno o dos himnos, y terminábamos con oración.

Aunque mi madre nos leía las historias bíblicas en una versión presumiblemente apta para niños (supongo que venía libre de repeticiones innecesarias, largas listas de legislación, tal vez con unos pocos salmos en lugar de 150) sin embargo ese libro traía detalles como este que en el capítulo 40 de Génesis me ha llamado la atención hoy. Cito (en mi propia traducción) lo que pone la Biblia:

Gn 40,16 Como vio el hornero lo favorable que fue la interpretación, le dijo a José:

—Yo también. En mi sueño: ¡Mira! Llevo tres cestas de bollos apiladas sobre la cabeza. 17 Y en la de arriba, todo tipo de bollería que se hornea para Faraón. Entonces las aves se lo comen de la cesta que está sobre mi cabeza.

18 —Esta es la interpretación —respondió José—. Las tres cestas son tres días. 19 Al cabo de tres días arrancará Faraón tu cabeza y la exhibirá clavada a un palo, y las aves se comerán tu carne.

A continuación, el relato bíblico cuenta —con evidente satisfacción— que así sucedió.

Yo calculo que tengo que haber tenido algo así como cuatro años cuando primero oí esta edificante historia. No era, desde luego, la única historia de violencia que conocí a una temprana edad. El lobo feroz se comía a Caperucita Roja y a su abuelita, por ejemplo.

Eso dio lugar a un juego que jugábamos con mis hermanitas: yo hacía de lobo feroz y las perseguía por el jardín tratando de atraparlas para comérmelas. Por las noches, sin embargo, sufrí pesadillas donde el lobo feroz entraba a casa a comerse toda mi familia. Me dejaba a mí para lo último, por supuesto, lo cual acrecentaba el terror. Cuando mi madre se cansó de acudir por las noches a despertarme y calmarme, acabó por prohibirnos ese juego, que ella juzgó raíz de mis pesadillas.

Aunque nos hubieran prohibido cuentos sobre lobos y ogros y osos y brujas malvadas y demás bestiario que se come a los niños, el caso es que a mis padres les parecía perfectamente natural y edificante llenarnos la cabeza con las historias bíblicas. Historias donde el hornero de Faraón no era el único al que comían su carne las aves del cielo. Las aves carroñeras que se hartan de carne humana vuelven reiteradamente hasta el libro de Apocalipsis.

Todo esto me lleva a la reflexión de que la violencia extrema era más bien habitual en el mundo y las civilizaciones de donde procede la Biblia. La muerte temprana era más o menos lo que se preveía. La mortalidad infantil era muy elevada, las enfermedades contagiosas no tenían cura. Los leprosos quedaban marginados de la sociedad humana. En la tierra de Israel y Judá era más o menos frecuente que fallaran las cosechas y la gente se moría de hambre. Y al norte, donde las tribus de Zabulón y Neftalí, era endémica la malaria. Jesús, que era de esa región, se pasaba los días sanando afiebrados.

Si sumamos además las guerras frecuentes, la esperanza de vida era muy corta. Entonces, que un soberano decapitara a un preso y exhibiera empalada esa cabeza, supongo que podía parecer más o menos natural. Aunque la decisión se tomase celebrando un cumpleaños y no en un tribunal de justicia. Siglos más tarde, en otro cumpleaños, Herodes haría más o menos lo mismo con Juan el Bautista porque le gustó el baile de su hijastra. (En esa ocasión se exhibió la cabeza sobre una bandeja para diversión de los invitados.)

La gripe española[1] que en 1918 se calcula que mató a entre cincuenta y cien millones de personas, recibe bastante menos atención en los libros de historia que las dos guerras mundiales o la Guerra Civil Española, que aunque crueles mataron menos gente. Hace un siglo morir de una enfermedad era más o menos asumible; un destino triste y cruel, pero en absoluto excepcional. Todo el mundo entendía perfectamente que era fácil que le pasase a uno mismo o a un ser querido. Entonces la gripe española se recuerda, hizo historia… pero no tanto como las guerras. Porque en las guerras hay odio, enemigos identificables, orgullo nacional mancillado.

En fin, si se vive en un mundo donde era mucho más fácil morir en la infancia o niñez, en la juventud o sin llegar a anciano, supongo que la decapitación del hornero de Faraón acaba pareciendo absolutamente anecdótico e insignificante. La vida humana bien poco valía.

Hoy vemos las cosas de otra manera. Hoy salimos a los balcones a aplaudir a las personas que se juegan el contagio de una enfermedad por cuidar a los enfermos y mantener funcionando los servicios esenciales.

Hay muchas cosas por las que estar agradecidos a Dios en nuestra generación.

Esta es una de esas cosas.

Que nos parezca repugnante cómo celebró su cumpleaños Faraón en la Biblia; y en cambio nos veamos rodeados de gente que se sacrifica por preservar la vida del mayor número posible de nosotros.


  1. Los primeros casos de esta gripe se conocieron en EEUU y la enfermedad llegó a las trincheras de la guerra en Francia antes que a España. EEUU y Francia tenían censura de guerra pero España era neutral y no había censura; así que es aquí donde primero se describió abiertamente. Aquí se conoció esa gripe como «el soldado de Nápoles», por una zarzuela popular de la época.[]

1 comentario en “El hornero de Faraón”

  1. me hizo acordar este extracto de un libro reciente de John Lennox, donde modifica un artículo de CS Lewis:

    “De cierta forma, estamos pensando demasiado en la bomba atómica [coronavirus]. ‘¿Cómo deberíamos vivir en una era atómica [pandémica]?’ Estoy tentado a responder: ‘Pues, como hubiéramos vivido en el siglo dieciséis cuando la plaga llegaba a Londres casi todos los años, o como hubiéramos vivido en una era vikinga en la que podían llegar invasores escandinavos durante la noche a degollar a la gente; o, de hecho, como vivimos ahora, en una era de cáncer, de sífilis, de parálisis, de ataques aéreos, de accidentes de trenes, de accidentes automovilísticos’.

    En otras palabras, no exageremos en cuanto a la novedad de nuestra situación. Créeme, querido hombre o mujer, tú y todos los que amas ya fuisteis sentenciados a muerte antes de que existiera la bomba atómica [coronavirus]; y muchos de nosotros moriremos de formas bien desagradables. Tenemos una gran ventaja que no tuvieron nuestros ancestros: la anestesia. Es totalmente ridículo andar por ahí lloriqueando y haciendo mala cara porque los científicos [coronavirus] han añadido otra forma más de morir dolorosa y prematuramente en un mundo que ya está lleno de ese tipo de muertes, y donde la muerte misma no es una posibilidad, sino una certeza. (…)

    Esto es lo primero que se debe decir y la primera acción que se debe tomar: recobremos la compostura. Si todos vamos a ser destruidos por una bomba atómica [coronavirus], hagamos que cuando llegue esa bomba [virus] nos encuentre realizando actos racionales y humanos: orando, trabajando, enseñando, leyendo, escuchando música, bañando a los niños, jugando al tenis, hablando con nuestros amigos mientras disfrutamos de unas cervezas y de una partida de dardos. Que no nos encuentre apiñados como ovejas asustadas, pensando en bombas [virus] que ciertamente pueden destruir nuestro cuerpo (un microbio puede hacerlo), pero no deben dominar nuestra mente”

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