¿Cuál Biblia es la mejor?

12 de mayo de 2020  •  Lectura: 12 min.
Imagen: La imprenta de Guttenberg

Esta semana me llegó una consulta a mi buzón de correo de parte de Javier Martínez, que reproduzco a continuación, antes de continuar con lo que fue mi respuesta.

Hace un tiempo escuché a unos hermanos de la iglesia debatir sobre las traducciones de la Biblia, sobre cuál era mejor, que si el «textus receptus», el texto crítico, que si a las Biblias más modernas les faltan versículos…

A mí en la universidad me enseñaron que en investigación histórica suele ser más fiable siempre el texto cuanto más cercano sea a la época (aunque no siempre se cumple esa regla).

Siempre he pensado que de qué sirve tanto debate, lo importante es que la Biblia se lea y se ponga en práctica, aunque mi curiosidad de historiador me lleva a preguntarle su punto de vista.

¿De verdad estas Biblias más modernas como la NVI, la NTV, la Biblia de las Américas o la edición La Palabra están basadas en un texto más fiable?

¿Por qué faltan versículos? ¿O es que se añadieron en las versiones más clásicas como la RVR-1960?

Si usted tuviera que recomendar una traducción de la biblia ¿cuál recomendaría?

Hola Javier,

Para empezar, tu opinión de que lo más importante es que la Biblia se lea no importa cuál sea la versión, me parece absolutamente acertada. Hay una dinámica de la soberanía de Dios presente en la lectura bíblica, donde las personas abiertas a ser interpeladas por el Señor recibirán edificación, consolación e instrucción no importa lo competentes o no que hayan sido los traductores, o si deficientes los manuscritos empleados.

Esto había que decirlo: tú lo has dicho, y yo digo ¡amén!

La antigüedad relativa de los manuscritos

Luego también es correcto aquí también lo que sabes en general para la investigación histórica: que cuanto más próximos en el tiempo a la redacción original los manuscritos empleados, más fiables suelen ser.

Aquí la palabra esencial, sin embargo, es «suelen». Porque lo típico no siempre sucede.

Pongamos, por ejemplo, que un siglo después de redactado un documento, un copista absolutamente competente y fiable hace una copia, que a su vez es copiada cinco años después por otro copista medianamente competente, cuya copia es copiada quince años después por un copista francamente incompetente y distraído, cuya copia es copiada cuarenta años después… Ya me entiendes: así sucesivamente durante tres siglos.

Entre tanto, aquella primera copia por un copista absolutamente competente y fiable viene acumulando polvo hasta que alguien —también un copista competente— seis siglos después la descubre y se vale de ella para realizar una segunda copia también excelente.

¿Cuál copia será mejor? ¿La que surge solo tres siglos después de la redacción pero que ha pasado por una cadena de diez o doce copistas de diversa calidad? ¿O la que seis siglos después de la redacción, es copia fiel de una copia fiel y nada más?

La multitud de manuscritos de textos bíblicos

Con los textos bíblicos tenemos la bendición de gozar de muchísimos manuscritos de diversa calidad, acumulados en monasterios, iglesias y sinagogas de toda Europa, norte de África y Oriente Medio. Esto merece compararse con algunas obras de la antigua Roma o Grecia, ni qué hablar de Egipto o la Mesopotamia, donde solo pervivió un único manuscrito hasta que se publicó a imprenta en tiempos modernos.

La existencia de tantas copias manuscritas de la Biblia exige cotejarlas entre sí y tratar de desentrañar cuáles son mejores. Esto requiere una mezcla de ciencia y arte. Hace falta el conocimiento de materiales como el papiro, el pergamino, y diversas tintas empleadas; la grafía cambiante a lo largo de los siglos y milenios, etc. Pero también hace falta por otra parte intuición y capacidad para adivinar pistas a veces subliminales sobre los hábitos y errores de los copistas por cuyas manos han pasado estos manuscritos.

Es una especialización de investigación que ha sido muy depurada a lo largo de los siglos desde Guttenberg. Con Guttenberg de repente, al aparecer la posibilidad de hacer muchas copias mecánicamente idénticas de un texto, fue necesario decidir cuál de los manuscritos disponibles era el mejor, el que se iba a perpetuar como «la Biblia» en la mente de los creyentes cristianos. En estos siglos, entonces, se ha seguido diversas estrategias.

En primer lugar tendríamos los que defienden el Textus Receptus. ¿Qué es eso? Es el «texto recibido»; es decir, la variante de texto empleada por las primeras ediciones impresas de Antiguo y Nuevo Testamentos, en sendas lenguas originales, en los albores de la imprenta. Se trata de un posicionamiento doctrinal. Era imposible, alegan, que Dios hubiera permitido que aquellos insignes reformadores que refundaron el cristianismo evangélico, emplearan textos imperfectos de la Biblia. El Señor guio a esas imprentas a emplear los manuscritos más puros y perfectos e inerrantes que existían.

Contra tal posicionamiento doctrinal no hay argumentos que valgan. Pero entre tanto la investigación y el conocimiento ha seguido avanzando, con resultado diferente para cada Testamento.

El caso del Antiguo Testamento

Hasta nuestra propia generación, en cuanto al Antiguo Testamento, se ha dado en reconocer el esmero fanático con que los judíos vienen haciendo sus copias desde los masoretas del primer milenio d.C. El manuscrito más antiguo en perfecto estado y completo de todo el Antiguo Testamento, es conocido como el Códice de Leningrado, del siglo X d.C. Creo no equivocarme al afirmar que todas las versiones modernas de la Biblia lo emplean como texto a traducir para el Antiguo Testamento.

Últimamente existe un proyecto de hacer con el texto del Antiguo Testamento, algo parecido a lo que describiré a continuación sobre el texto del Nuevo. Los eruditos judíos secularizados ya no se fían tanto de la perfección de los copistas de antaño. A la vez, la investigación arqueológica ha dado con muchos manuscritos, muy diferentes, de estos textos hebreos en diferentes lugares de Europa, norte de África, y Oriente Medio. Manuscritos muy anteriores al texto establecido por los escribas masoretas del Medioevo.

La edición moderna resultante es cara, sin embargo (y creo que sigue incompleta: han venido publicando un libro a la vez). Así que en mis lecturas diarias del Antiguo Testamento en hebreo, yo sigo empleando una reproducción del Códice de Leningrado, editada por las Sociedades Bíblicas.

El caso del Nuevo Testamento

Pero en cuanto al Nuevo Testamento, a falta de una tradición como la judía de exactitud fanática —con que hubiera una sola letra equivocada quemaban el rollo entero— ha habido que seguir otros criterios.

Se han identificado, por ejemplo, «familias» de manuscritos. Digamos que aparece una variante por primera vez en un manuscrito del siglo VIII d.C. En ese mismo manuscrito se descubre que aparecen por primera vez un total de treinta y dos variantes (que no es mucho, considerando la cantidad de letras que trae el Nuevo Testamento). Conocido el caso, todos los manuscritos posteriores que traen esas variantes se agrupan en esa «familia» de manuscritos. Se entiende que devienen de aquel primero. Entonces aunque esas variantes aparezcan digamos que en 273 manuscritos diferentes, no nos dejamos engañar por ese número. Consideramos que se trata de un único testigo sobre la variante: el testimonio de aquel primer manuscrito del que devienen todos los que han copiado posteriormente esa variante. Otros manuscritos posteriores pero que no incorporan esa variante del siglo VIII, ¡son sin embargo testigos de un texto anterior!

El mejor texto griego, con un estilo depuradísimo y bello, de gran claridad en cuanto a expresión y teología, es paradójicamente el menos útil. Se trata de la tradición «imperial» o bizantina, que conservó la Iglesia Ortodoxa y sigue siendo el texto oficial para esa tradición. Sus virtudes, sin embargo, son evidencia de mucha revisión medieval. Como es a la vez la forma más extendida del texto griego en los manuscritos, me parece recordar que viene a ser lo mismo que algunos llaman Textus Receptus, «el texto recibido».

La edición del texto griego del Nuevo Testamento que utilizamos universalmente hoy día es la edición crítica de Nestlé-Aland, difundida en dos ediciones, ambas de las Sociedades Bíblicas. Una edición está pensada para traductores. Indica la existencia de todas las variantes en manuscritos antiguos, que pueden tener interés para la comprensión y traducción del texto a diferentes idiomas y culturas del mundo. La otra edición está destinada al estudio académico. Tiene un listado mucho más completo de las diferentes variantes que existen y los manuscritos que dan testimonio de esas variantes. Este listado de las variantes en anotaciones a pie de página, es lo que conocemos como el «aparato crítico» de una edición del texto griego del Nuevo Testamento.

Antiguos traductores y otros testigos del texto

Para ambos Testamentos, aunque en diferente medida, hay que tomar en cuenta también antiguas versiones, es decir traducciones, antiquísimas.

La traducción de la Biblia Hebrea al griego, conocida como Septuaginta, es varios siglos más antigua que la forma final del texto hebreo que recogen los escribas masoretas judíos. Es obviamente una traducción, pero es tan antigua que como mínimo nos enseña cómo entendían el significado de estos textos entonces, y cuando hay variaciones importantes lleva a considerar que tal vez recojan una variante antiquísima del propio texto hebreo traducido.

En cuanto al Nuevo Testamento, hubo desde muy temprano traducciones al latín, armenio, siríaco, copto, seguramente otros que ahora no recuerdo, con el mismo efecto. Como mínimo nos enseñan cómo pudo entenderse en ese contexto el sentido de los textos; pero como máximo, las traducciones «sorprendentes» pueden deberse a haber traducido una variante textual desconocida o en todo caso una variante textual con pocos testigos griegos.

También hay que tener en cuenta a los Padres de la iglesia. Cuando un autor cristiano temprano citaba en sus escritos los textos bíblicos, puede que lo hiciera de memoria —lo cual explicaría determinados «errores»—. Pero también podría ser que estaba reproduciendo con exactitud un manuscrito empleado por él. Eso constituiría un testimonio adicional sobre esa variante.

Consecuencias de la diversidad textual

Las variantes acaecidas al pasar el texto por tantas manos, son una inmensa multitud. ¡Y la inmensa mayoría de ellas carece de interés, porque no cambia el sentido! Digamos que yo al escribir pongo «como» cuando quise poner «cómo». En teoría «como» tiene otra acepción, y además puede conjugar el verbo «comer». Pero por el contexto cualquiera entiende lo que quise decir a no ser que sea tonto de remate. Y este tipo de cosa pasa con la inmensa mayoría de las variantes.

Otras diferencias, sin embargo, son de peso. Una palabra o frase de más o de menos, la sustitución de una palabra por otra que suena igual pero se escribe diferente, la sustitución de un sinónimo pero con otros matices de connotación, etc., puede dar lugar a diferentes ideas teológicas o eclesiales. ¡Ni qué hablar, entonces, de la falta o el añadido de versículos y párrafos enteros! Obviamente, el evangelio de Marcos no es igual si el capítulo final tiene la mitad (o el doble) de versículos, que además traen expectativas muy concretas acerca de la evangelización…

Mi reflexión es que si fuera una cuestión a la que el Señor diera máxima importancia, ya se las habría apañado él para impedir milagrosamente que todo esto ocurriera.

Es tal vez un poco como cuando los judíos del siglo II d.C. y posterior, dieron por zanjada la cuestión de tener un templo en Jerusalén. Ya le habían edificado el de Salomón, y el de la época de Esdras y Nehemías —reformado monumentalmente por Herodes el Grande— y ambos templos fueron arrasados por enemigos. Decidieron que si a Dios le importase el templo, ya se las habría apañado para que no cayera en manos de incircuncisos impíos.

Una idea parecida, entonces, es la que tengo sobre la cuestión de las variantes textuales: será que a Dios le trae sin cuidado. Porque es evidente que cualquier persona que lee la Biblia, en cualquier versión, puede oír claramente la voz del Señor si es lo que busca.

Mi recomendación

Y con esto llego por fin a responder a tu pregunta sobre cuál versión de la Biblia en castellano es la mejor. Mi respuesta es sencilla: todas ellas. Yo las venía coleccionando —las protestantes tanto como las católicas— hasta que como leo la Biblia habitualmente en hebreo y griego, decidí que no me compensaba el desembolso económico.

A quienes no tienen conocimiento suficiente de las lenguas originales, sin embargo, yo les recomiendo siempre invertir en comprar todas las versiones que puedan. Y leerlas, claro está. Cada vez que leía en castellano la Biblia entera de Génesis a Apocalipsis, procuraba hacerlo en una versión nueva. Tener y utilizar esta multitud de versiones en castellano —católicas tanto como evangélicas— va a ser especialmente útil en el estudio bíblico y en la preparación de sermones. No hace falta decidir cuál de las versiones es mejor. Todas ellas son buenas, y la forma de expresar determinado texto cualquiera de ellas, puede aportarnos gracia divina de una manera fresca y reveladora.

Bien es cierto que no son todas aptas para los mismos efectos.

Las Biblias que se ciñen al Textus Receptus tienen un importante valor histórico. ¿Acaso hay algo más bello que el castellano de «la Biblia del Oso»? Y tienen un valor esencial teológico para aquellos que por doctrina consideran que es la única forma impoluta e incorrupta del texto.

Las Biblias modernas que persiguen un estilo de traducción pretendidamente «literal» —es decir, que procuran traducir el mismo término siempre con la misma equivalencia en castellano— pueden ser especialmente aptas para determinado tipo de estudio bíblico. Por ejemplo si se quiere observar cómo aparece y reaparece determinado concepto a lo largo de la Biblia. El estilo de traducción literalista procura reflejar fielmente (cuando es posible) el orden de las palabras, y recurre frecuentemente a un vocabulario castellano muy amplio para dar con los matices exactos de significado que se pretende. Aptas para estudio, son sin embargo engorrosas y difíciles de leer, muchas veces con un castellano arcaico y giros poco agraciados: se nota que son traducciones.

Las Biblias modernas con un estilo de traducción por «equivalencias dinámicas» son las mejores para regalar a personas no creyentes, o que siendo creyentes no tenían el hábito de leer la Biblia, o a nuestros niños. Los traductores meditan el significado de una palabra o frase o versículo en lengua original, luego vuelcan ese significado original al castellano, con la mayor exactitud posible pero sin que exista necesariamente una correspondencia exacta entre estos términos y aquellos. Son por ello clarísimas para la lectura, con un castellano contemporáneo, libre de arcaísmos y giros extranjerizantes. Si han hecho bien su labor, entendemos perfectamente en lenguaje de hoy lo que quisieron decir aquellos autores de antaño.

Todas, todas, las versiones impresas —que yo sepa— son perfectamente fieles a los textos originales, muy a pesar de las muchas diferencias que existen entre ellas. Son teológicamente irreprochables. Esto es porque las versiones son el producto de comités de expertos. Los comités de las Biblias evangélicas normalmente representan una amplia gama de denominaciones. Las Biblias interconfesionales amplían el círculo para incluir biblistas católicos y evangélicos. Para cuando la traducción tiene el visto bueno de toda la comisión, es harto difícil que se cuele nada indeseable.

Las traducciones, con lo que me refiero a la obra de un individuo en particular, son también interesantes. En mis predicaciones y publicaciones suelo aportar siempre mi propia traducción del texto a considerar. Es parte de mi preparación esencial y estudio del texto; y esa traducción mía es ya de por sí una parte esencial de mi interpretación del texto. Estas traducciones personales tienen la virtud de ser muchas veces sorprendentes, frescas, diferentes. Y el defecto de que al no haberse sometido a la revisión de otros expertos en una comisión, es fácil que se cuelen prejuicios, doctrinas, ideas previas, etc. —y por supuesto errores— del traductor. ¿Habría que evitarlas, entonces? No necesariamente; no si sabemos a qué atenernos y en caso de duda estamos dispuestos a cotejar con cualquier versión publicada por un comité.

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