Religión con ánimo de lucro

27 de agosto de 2020  •  Lectura: 4 min.
Imagen: El hobbit. La batalla de los Cinco Ejércitos

Esta mañana mi lectura diaria de la Biblia me ha traído a Números 31. Algunos lectores recordaréis que hace años escribí un artículo sobre ese capítulo, que se publicó en la revista Alétheia[1]. El subtítulo del artículo rezaba: «Historias inmorales en el texto sagrado».

Confieso que me asalta algo de estremecimiento mental cada vez que llego a este capítulo, por la violencia tan extremada que cuenta, que el texto atribuye directamente a inspiración divina. En mi lectura esta mañana, sin embargo, he conseguido leer los peores pasajes sin echarme a llorar. Me he fijado esta vez más en la segunda mitad del capítulo, que versa sobre el reparto del botín.

Allí relata los pingües beneficios que sacó el sacerdocio de la cruel masacre cometida por los soldados israelitas en el nombre de Dios. Por no faltar, no faltó ni siquiera que los sacerdotes se quedaran con una proporción de las chicas tomadas como esclavas (después de matar sin piedad a todos los varones, hasta bebés, y a todas las no vírgenes). Además de la proporción del botín para los levitas y para Eleazar el sumo sacerdote, hubo también abundante ganadería robada que sacrificar, para banquete del sacerdocio.

Luego también, los soldados victoriosos trajeron al tabernáculo, cada uno de ellos, objetos de oro «para expiar nuestras almas ante el Señor» (Nu 31,50).

Les honra este reconocimiento de una conciencia intranquila. La perversa crueldad a que fueron obligados por Moisés en cumplimiento del mandato divino, no sentó bien a su conciencia humana. Como personas humanas, sabían perfectamente que existe una diferencia entre el bien y el mal, no importa cuál sea el dios adorado y obedecido ciegamente. Se sentían contaminados moralmente, necesitados de «expiar» la terrible maldad cometida. De ahí la cantidad abundante de oro que trajeron al tabernáculo.

¿Qué necesidad tenía Dios de oro? ¿Qué iba a hacer Dios con oro? ¿Qué necesidad tenía el tabernáculo de oro, una vez construido al detalle tal cual había mandado el Señor en Éxodo? Está claro que el oro iba a parar también al sacerdocio, que lo gestionaría, «en el nombre del Señor», para los fines que les pareciera oportuno.

En alguno de mis escritos he descrito la religión de Israel después del regreso del exilio babilónico.

El rey persa ordenó reconstruir Jerusalén como ciudad y provincia cuya razón de ser era el templo. La sociedad entera de la provincia persa de Yehud —posteriormente provincia griega de Judea— estaba constituida al servicio del templo. Y al servicio, naturalmente, del sacerdocio que gestionaba el templo y vivía y engordaba de los diezmos al templo. Todo lo que producía la tierra era objeto de diezmo. Y todo judío practicante a lo largo y ancho del mundo debía diezmar sus beneficios económicos.

El templo acumulaba así rápidamente un tesoro imponente, un tesoro que los soberanos políticos extranjeros siempre consideraron real tesoro, a disposición para financiar sus campañas militares. Los judíos, convencidos de que sus diezmos eran para el Señor, veían de mala manera que sus reyes extranjeros «violasen» el tesoro del templo; pero normalmente carecieron de capacidad para impedirlo.

Esta fue, entonces, la estructura económica de la religión judía, con el regreso de los exiliados.

Pero vemos en Números 31 esa misma mentalidad. El tabernáculo en tiempos de Moisés ya se supone repositorio de tesoro. Se entiende que Dios es codicioso de oro, que con oro se puede expiar crímenes espantosos. ¡Cómo no iba Dios a perdonar a quien hiciera una donación de objetos de oro para beneficio y gestión del sacerdocio!

He escrito en alguna oportunidad, que a Jesús le impresionó muy poco el templo monumental construido por Herodes el Grande. Era natural que sus discípulos se quedaran impresionados, como consta en los evangelios. El templo en Jerusalén rivalizaba con cualquier estructura erigida en la mismísima Roma. No había judío que no sintiera orgullo nacionalista al contemplar semejante monumento a su Dios.

Pero Jesús no se dejó impresionar. Parece haberse dado cuenta de que el templo no era más que una factoría de dinero, un negocio imponente para beneficio de las clases dominantes: el sacerdocio saduceo y el soberano político, el emperador pagano en Roma.

Pocas décadas después, Pablo hablaría de los cuerpos de cada cristiano y cristiana, como auténtico templo del Espíritu Santo, la auténtica morada de Dios en la tierra. En la visión de Juan, de una Nueva Jerusalén, no hay necesidad de ningún templo, porque Dios mismo y el Cordero hacen las veces de templo. Curioso, por cuanto se suponía que el templo, así como el tabernáculo en el desierto, habían sido construidos siguiendo a rajatabla el modelo del templo en el cielo que vio Moisés. Pero ahora resulta que no había ningún templo en la Jerusalén celestial. ¡A saber qué habría sido, entonces, lo que creyó ver Moisés!

Jesús y sus discípulos y apóstoles, entonces, dan un giro radical, extraordinario, a los conceptos recibidos desde antiguo por la religión del Dios de Israel. Tal vez fuera su rechazo del negocio del templo lo que llevó a Jesús, y después a sus seguidores, a visualizar un cielo sin templo, una Nueva Jerusalén donde Dios no codicia oro; donde al contrario, el oro solamente sirve como adoquines para pavimentar las calles.

Triste ironía entonces, la de los televangelistas y pastores de megaiglesias, que viven un estilo de vida propio de auténticos mafiosos en sus mansiones palaciegas, con sus aviones particulares y yates suntuosos. Y triste ironía que el Vaticano sea repositorio de tantísimo tesoro, tesoro que hace palidecer las más alucinantes ambiciones de los sacerdotes del templo en Jerusalén.

Nada parece haber cambiado, a pesar de Jesús. La religión sigue siendo aprovechada para lucro por un clero sin escrúpulos.

Gracias a Dios, tenemos también buenos ejemplos de pastores, evangelistas, ancianos, y demás ministros del evangelio, que viven con humildad entre el pueblo, con transparencia acerca de su economía, y sin ambicionar vivir por encima del común de su congregación.


  1. 2000, Alétheia Nº 18, «Números 31. Historias inmorales en el texto sagrado».[]

2 comentarios en “Religión con ánimo de lucro”

  1. Dionisio, es muy bueno leerte y ver que hay una iglesia reflexiva, que estudia y lee sin miedo a discutir el tema que sea.
    En Argentina te recordamos desde General Roca con cariño a vos y Cony, un abrazo fuerte.
    Cada vez que leemos estos pasajes del antiguo testamento me hace pensar que Dios nos esta diciendo con su palabra, como les cuesta entender mis mensajes para hacer lo que el quiere, tuvo que enviar a su Hijo para que entendamos mejor el mensaje.
    Un abrazo

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  2. «Gracias a Dios, tenemos también buenos ejemplos de pastores, evangelistas, ancianos, y demás ministros del evangelio, que viven con humildad entre el pueblo, con transparencia acerca de su economía, y sin ambicionar vivir por encima del común de su congregación.»
    Buen final, menos mal, agregaría que estos últimos son mayoría. Pero los que consiguen «notoriedad» o «prensa» son los que se jactan del número de miembros que tienen, de sus desayunos con el presidente Bush padre y/o hijo. De sus relaciones con los políticos de turno y finaliza con aquellos que aprovechando que «la mies es mucha y los obreros pocos…» con un titulito ministerial de algún ignoto seminario y no tanto, consiguen un salario, vivienda y algún otro beneficio material. Abundan.
    Estoy seguro de que «el obrero es digno de su salario» pero últimamente veo demasiados que primero consigue el puestito aboral y luego dicen sentir el «llamado».
    Conclusión: nuestra lineal historia de la salvación se ha vuelto para algunos en una especie de espiral donde, la historia repite el tema de tu buen artículo.
    Gracias Dionisio, ha sido alentador para este anciano.

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