Fe, credulidad, sabiduría

21 de noviembre  •  Lectura: 6 min.
Foto: Connie Bentson

La otra noche, viendo un programa de humor emitido por internet desde EEUU, oí un comentario sobre los evangélicos que me ha dejado pensando. Bill Maher es un cómico que ofende muchas veces mi sensibilidad y moral por boca sucia, ateo, y promotor incansable de las virtudes del cánnabis. Las cortes medievales toleraban las salidas de tono de «locos» y juglares, porque sus chistes y majaderías encerraban muchas veces verdades que nadie más se atrevía a pronunciar en presencia del rey. Por eso mismo, porque a veces acierta aunque ofende, vemos con cierta frecuencia el programa de este humorista.

Estaba comentando él en esta ocasión las teorías conspiratorias que han tomado vuelo entre los seguidores de Trump al perder las elecciones en EEUU. Dijo que la gente religiosa se traga por supuesto cualquier alucinación conspiratoria, porque ya de por sí son crédulos y tontos de remate, desde que la religión los obliga a creerse toda suerte de patrañas imposibles.

¡Ay! Duele el golpe. Pero me ha dejado pensando.

En particular, me plantea la distinción —difícil a la vez que absolutamente necesaria— entre fe y credulidad.

Yo definiría la fe, como la disposición a vivir esta vida humana conforme a los valores morales excelsos que inspiraron a Jesús y los apóstoles. Vivir así por estar persuadido de que el universo está regido por un Ente benigno, misericordioso, perdonador, amante, que insta a la humanidad a ser cómo Él es. Para mí, entonces, la fe no es una disposición a dejar de lado la inteligencia y la sabiduría. La fe es, al contrario, un acto de voluntad que me impulsa a seguir a Jesús, andar como él anduvo, y amar a Dios y al prójimo como Jesús amó a Dios y al prójimo.

Entiendo, además, que esa manera de enfocar la vida, da expresión, en nuestra experiencia real, a fuerzas poco comprendidas, fuerzas que tal vez la ciencia nunca tenga herramientas para analizar y comprender. Es algo que devuelve muchas veces la salud física y mental, sosiega el ánimo, y hace que se produzcan extrañas «coincidencias» positivas (que los creyentes atribuimos con naturalidad a la benevolencia de Dios). Así y de otras muchas maneras, la vida que nos instruyen Jesús, los apóstoles y los profetas, se manifiesta vida humana sabia, vida humana inteligente y racional. Damos testimonio de beneficios reales —perfectamente observables— de vivir así.

La credulidad, en cambio, es la disposición a tragarse cualquier cosa precisamente por ser inexplicable, contraria a la razón, contraria a cómo observamos que funciona normalmente el universo. Es insistir contra toda evidencia que lo que no es, sí es; negar la verdad, confundir fantasía y realidad.

La fe es sabiduría. Concuerda con la realidad de este mundo, que está cimentado en el amor y la buena voluntad del Creador.

La credulidad es necedad. Es contraria a la inteligencia, la razón y la realidad. No se fía de criterios objetivos para distinguir entre verdad y fantasía. Es ingenua, fatua, cándida para aceptar sin distinción cosas ciertas y cosas falsas.

La persona crédula se cree especialmente sagaz, cree poseer fuentes especiales de conocimiento que no están al alcance de todos. Cree que los engañados somos todos los demás, y le cuesta entender cómo es que todo el mundo coincide en negar lo que él o ella acepta que es cierto. La persona crédula es entonces presa fácil para las teorías de conspiración. Le parece verosímil que haya tramas oscuras y malignas que mueven los hilos para que las cosas no vayan como les parece que deberían.

Observo, en fin, que hay gente religiosa —y de esto no se libra nadie sencillamente por ser cristiano evangélico— que son crédulos pensando tener fe. Son necios creyéndose sabios. Algunas personas religiosas hasta tienden a lo paranoico, seguros de haber dado con el secreto oscuro que explica todos los males del universo.

Entiendo que los ateos nos pongan a todos los creyentes en el mismo saco que a los crédulos. En mi opinión no es lo mismo, pero reconozco que yo hilo fino para distinguir entre fe y credulidad; y que visto desde el ateísmo, esa distinción parezca nula o sin importancia. No escribo, sin embargo, para convencer a ateos. Escribo para creyentes en Dios, que pretendemos seguir a Jesús. Y entre nosotros, insisto que es posible y necesario distinguir entre fe y credulidad, entre confiar en Dios y vivir engañados por fantasías sin fundamento.

Aquí hallamos el acierto incomparable de que nuestra Biblia sea, en una proporción importante, instrucciones para vivir vidas sabias, vidas de sabiduría.

La ley de Moisés contiene, es verdad, muchas cosas que hoy resultan anticuadas; pero en general, para la sociedad de su lugar y tiempo, instruía una vida armoniosa y digna en relación con Dios, con la familia y tribu, con el prójimo, y con el medioambiente. Una vida de sabiduría.

Pero es en los libros de Eclesiastés, Job, y Proverbios, donde vemos con máxima claridad la importancia de la sabiduría.

Eclesiastés rompe con todos los tópicos de la religión, hasta llegar a la conclusión de que hay que saber enfrentarse a cada cosa según se nos presenta en ese momento, aprovechar el presente sin especulaciones vanas sobre el futuro. Al final lo que conviene, según «el predicador», es vivir vidas marcadas por la sabiduría, la compostura, y lo que es de suyo bueno y agradable. A lo último recomienda cumplir los mandamientos, es verdad. Pero da la impresión de que esto es porque los mandamientos son propiamente buenos; no por pretender una recompensa. Si las conductas son buenas, esa es motivación suficiente aunque a la postre no las premiara el Señor. Si son perversas, motivo suficiente para evitarlas, aunque no hubiera que temer ningún castigo.

Job nos arranca del esquema supersticioso que cree haber dado con la explicación de por qué a algunos les va bien y a otros mal. No, no todo lo que sucede es castigo o recompensa. Hay muchas cosas que son trágicas porque es lo que tiene vivir como seres biológicos en este planeta. Y hay muchas cosas que nos dan felicidad y satisfacción porque esto también es propio de la vida. Es verdad que la felicidad y la tragedia están mal repartidas, no tocan a todo el mundo en la misma medida. Pero Job nos ayuda a entender que hasta las mejores personas pueden sufrir desproporcionadamente. Y comprender sin embargo también que alguien así, por mucho que se sienta abandonado por Dios, tiene a Dios siempre mucho más cerca que lo que jamás sería capaz de imaginar.

Y por último Proverbios es la exaltación de la sabiduría. Sabiduría práctica. Sabiduría que aunque también, como decíamos de los mandamientos de Moisés, es propia de otra civilización, otra era, otro lugar, es sin embargo reconocible como sabiduría. Sabiduría que viene de observar la vida humana y ver qué cosas funcionan y qué cosas no funcionan. El perezoso difícilmente prosperará. Ni el tacaño, ni el enemigo de todo el mundo, ni el que se dedica a vicios. Mientras que a la persona trabajadora, virtuosa, prudente, generosa, amable, leal con sus amigos y con su familia, tiende a irle mejor en la vida. Job nos diría que no siempre, no siempre le irá mejor; pero Proverbios nos recuerda que normalmente sí.

Estos tres libros, Eclesiastés, Job y Proverbios, tienen los pies bien plantados en tierra firme. No son fantasiosos, no inspiran teorías de conspiración, no promueven credulidad para tragarse bulos ni patrañas maliciosas. Invitan a vivir con fe en el orden y la bondad que ha puesto Dios en el mundo al crearlo. Fe en Dios muy a pesar de que muchas veces las cosas se tuerzan, y aunque los resultados de nuestras acciones no sean los que esperábamos.

Sabiduría y fe. No credulidad.

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