Reír la gracia

26 de enero de 2021  •  Lectura: 5 min.

Un defecto que me parece que acusamos en demasía las personas de fe, es la poca capacidad para reírnos de nosotros mismos, incluso de nuestras creencias.

Guardo recuerdo imborrable de J. C. Wenger, profesor menonita de teología a mediados del siglo pasado. Primero lo conocí en Montevideo, donde mi padre era profesor en el seminario bíblico menonita. Wenger se alojó en nuestra casa durante su visita a Montevideo, y una de las cosas que más recuerdo de esos días, es cómo disfrutaba de contar chistes; en particular, chistes sobre la fe y las costumbres y ridiculeces de los menonitas y ámish. Wenger se reía a carcajada limpia de nuestra tradición, sin que jamás entrara en duda el hondo afecto que esta le merecía.

Algo así vi esta semana en el programa (que suelo ver en YouTube) del cómico estadounidense Stephen Colbert. En esta ocasión entró a hacer chistes sobre los seguidores de la red social QAnon, que parece ser que se creen que los políticos del Partido Demócrata de EEUU son caníbales pederastas, adoradores de Satán, cuyos cabecillas son hombres-lagarto venidos del espacio. Los seguidores de QAnon participaron muy visiblemente en la intentona de golpe de estado del 6 de enero en Washington.

Colbert, que como Joe Biden es un católico practicante que no disimula su fe, dijo algo más o menos como esto, en referencia a las creencias estrafalarias de QAnon: «Deberían abandonar sus ideas absurdas y unirse al grueso de los mortales racionales, que pensamos que un hombre al que mataron hace dos mil años pero después subió vivo al espacio, va a volver a la tierra y resucitar a todos los muertos».

Me reí y aplaudí la ocurrencia. Llevo medio siglo en el ministerio cristiano y predico el evangelio. Me considero una persona de fe inquebrantable en Jesús y en las promesas del Señor. Pero entiendo, como Colbert, que pedir a otros que se ciñan a lo estrictamente racional a la vez que nos mantenemos en nuestras creencias cristianas, tiene que alucinar a cualquier extraño.

Un ateo comentó el otro día que aunque en EEUU se supone que hay separación de iglesia y estado, sin embargo la jura del presidente se hizo con la mano sobre «un grueso y viejo libro judío de cuentos de hada y magia». A mí oír describir así la Biblia no me ofendió; me hizo reír. Me parece perfectamente natural la hilaridad que produce este estado permanente de incongruencia en que nos movemos los creyentes, que aceptamos por un lado la ciencia, las matemáticas, la existencia del espacio intergaláctico, la evolución de las especies, la medicina, etc.; pero que por otro lado aceptamos con sencillez las extrañeces que pone la Biblia.

Para mí, la fe bíblica no es un conjunto de proposiciones racionales con la fuerza lógica apretada de, por ejemplo, un libro de texto de geometría. A mí, la fe bíblica me invita a aceptar la realidad del misterio, de lo incomprensible, de lo paradójico; y sí, también lo gracioso porque resulta increíble hasta para los que creen.

Recuerdo una ocasión hace muchos años ya, cuando salía yo de una depresión y comenté en la iglesia que parte de mi saberme en vías de recuperación fue decidirme a tocar otra vez el violín. Me propuse entonces comprarme un violín nuevo y descubrí uno a un precio razonable y con una sonoridad y características perfectas para lo que yo pretendía. Lo expresé diciendo que Dios me había preparado ese violín como señal de mi cura de la depresión. Que desde décadas antes, había hecho Dios germinar los árboles de cuya madera se fabricaría. Que había guiado la mano de los que talaron esos árboles y prepararon la madera y trabajaron las piezas hasta ensamblar y barnizar el violín y ponerlo a la venta precisamente en ese momento.

Alguien me dijo después que le parecía poco creíble que Dios hiciera todo eso solamente para mí. ¡Es cierto! Es gracioso imaginar que desde décadas antes de pillar yo aquella depresión, el Señor estuviera ya organizando el crecimiento de la madera para hacerme un violín. ¡Es absurdo!

Pero eso no quita que yo pudiera vivir mi experiencia de adquirir ese violín en esas circunstancias personales mías, en esos términos: como evidencia del dulce amor de Dios y sus cuidados que tiene conmigo.

Vivir por fe es aceptar que la vida entera es paradójica, misteriosa. Que está llena de contradicción. Es vivir el absurdo o ridículo, si se quiere. Absurdo o ridículo que puede desembocar en carcajada, por qué no.

Porque la carcajada limpia, la risa que brota desde el interior y halla expresión en un rostro que manifiesta alegría intensa, suele ser la reacción habitual ante la yuxtaposición inesperada de cosas contrarias. Haz el experimento de poner la cara más miserable y triste que puedas, y con voz lúgubre y monotonía cansina anunciar: «¡Qué alegría! ¡Es el día más feliz de mi vida!» La contradicción genera risas espontáneas.

Reír es sano. Reír sosiega el alma y llena de belleza la vida. Reír es tan necesario como respirar.

Yo veo bastante humor, por cierto, en las historias de la Biblia, y me parece que la hosca seriedad reverente con que es habitual leerla, nos roba algo del disfrute de lo que cuenta.

Cuando Pedro le preguntó a Jesús si había que pagar la tasa del templo, Jesús le dijo que para el caso, que saliera a pescar. Y que cuando hallara una moneda en la boca de un pez, pagara con ella la tasa que ambos debían. Hay que suponer que los dos se echaron a reír la ocurrencia.

Podría poner otros muchos ejemplos —aunque no lo haré en esta ocasión— de cosas en la Biblia que estoy seguro que hicieron reír a quienes las escribieron. Y que si no fuésemos tan torpemente serios, nos podrían arrancar carcajadas a nosotros también.

Ruego a Dios no olvidar jamás la inmensidad de la gracia con que me ha recibido entre sus hijos y me concede esta calidad de vida que solo se puede describir como «vida eterna». Pero ruego a Dios también que no me permita nunca perder la capacidad de reírme —a veces junto con los ateos que no comparten en absoluto mi fe— de las graciosas incoherencias y los cómicos absurdos de esta maravillosa vida humana vivida en relación con el Creador.

4 comentarios en «Reír la gracia»

  1. Hermoso, Dionisio, me encantan tus escritos! Y agrego mi pensamiento sobre lo absurdo: que nuestra mente humana no está programada para vivir fuera del factor tiempo, y es por eso, pienso, que nos parece absurda cosas que a los que creen por fé en un Dios que sí vive fuera del límite del tiempo, quien se manifiesta a nosotros en manera personal, resultando en una experiencia fabulosa para nosotros.

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  2. Pongo mi firma al pie, nada más triste que no reír, que no reconocer nuestros propios ridículos defectos y… ni qué hablar!! de los de la comunidad que pertenecemos. Sin la alegría de saber que pertenecemos, sería imposible llegar a esta edad y todavía tener ganas de servir al Señor de los Señores!!

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  3. Muy bue artículo. Tenemos que aprender reírnos de nosotros mismos y tomarnos la vida con más humor. Muchas veces la radicalidad tiene que ver más con el fanatismo religioso qué con la santidad. Un fuerte abrazo Dionisio

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