Más sobre Josué a Reyes

21 de mayo de 2021  •  Lectura: 7 min.
Foto: Connie Bentson

Sigo dándole vueltas en la cabeza, a la gran síntesis de la historia de Israel que hallamos entre los libros de Josué y Reyes.

Es fácil no caer en cuenta de lo extraordinaria que es.

La idea de conservar por escrito la historia de los reinos y sus reyes no fue en sí ninguna novedad. La escritura se había inventado miles de años antes; y con ella, aparecen las crónicas de los reyes. Pero dudo que en algún lugar y época con anterioridad a la redacción de los seis libros comprendidos entre Josué y 2 Reyes, se hubiera escrito algo parecido en extensión y en ambición literaria.

Es esa ambición literaria lo que quiero comentar ahora.

Esta historia viene dentro de un marco de referencia. Su ideología viene sentada en el libro de Deuteronomio, mientras que entre Génesis y Números se cuentan los inicios del pueblo de Israel como descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob, migrando desde la Mesopotamia hasta Egipto; los años de opresión allí, su fuga, y su encuentro con Dios en el desierto.

El libro de Josué empieza, entonces, con su llegada al territorio nacional como inmigrantes sin conexión con el lugar, aparte de que las matriarcas de once de las tribus, siglos atrás, habían sido cananeas según Génesis. De estas tribus se cuenta ahora que nacen dos naciones; y la historia concluye cuando desaparecen primero el reino de Israel, y después el de Judá.

Pero no es la amplitud en el tiempo lo que quiero destacar, ni que se cuente en paralelo la historia de dos reinos hermanados por un mismo pasado, aunque esto ya de por sí me parece bastante original y novedoso. Lo que me llama la atención es el programa —recogido ya en el planteamiento del libro de Deuteronomio— de explicarlo todo según la fidelidad al Señor Dios de Israel, cuyo culto legítimo se celebra exclusivamente en Jerusalén.

Para entender lo radical que es este planteamiento, imaginemos el caso de España. Bien es cierto que nuestros reyes cuentan entre sus títulos desde finales del siglo XV el de Reyes Católicos. Es decir, supongo, que se les presupone a los reyes de España asistir con cierta regularidad a misa, confesarse y comulgar. Desde luego evitarían la masonería, el protestantismo y demás herejías; ni qué hablar del islam, el budismo o el ateísmo. Bueno, en realidad, supongo que nadie reprocharía hoy día a estos reyes ser ateos en la intimidad, siempre y cuando cumplieran exteriormente con las apariencias de un catolicismo fiel.

Lo que no creo que se le ocurriría a nadie, es escribir una historia de estos siglos desde la fusión de las coronas de Castilla y Aragón, donde el único rasero por el que se midiese la bondad o maldad de la sucesión de reinados, fuera el nivel de adherencia de la corona y del pueblo a la Iglesia Católica. El catolicismo se les presuponía a la corona y al pueblo español, así que los tiempos buenos y malos exigen forzosamente otra explicación.

Pero si la pureza de la religión resultaría un tema tan poco ameno, de tan poco interés, para evaluar los sucesivos reinados en un país como España, el resultado resulta también históricamente pobre, carente de interés hoy día, acerca de aquellos reinos de Israel y Judá.

¡Cuántas otras cosas hubo que ignorar o desestimar, que nos habrían dado una medida más interesante y útil de la vida de aquellas gentes!

Se mencionan por ejemplo algunas sequías, que habrían sido castigos por agravios a Dios. Hoy día nos interesaría saber hasta qué punto esos períodos de sequía se vivieron también en otras regiones vecinas, incluso a lo largo y ancho del Mediterráneo; y hasta qué punto esos fenómenos climatológicos pudieron ser cíclicos, y los trastornos ecológicos que pudieron provocar más allá del hambre humana.

Puestos a mencionar las hambrunas, hoy día interesaría saber —y de hecho se ha investigado y escrito sobre ello— hasta qué punto las formas de explotación agropecuaria de la época desgastaban la fertilidad de la tierra hasta volverla poco apta para cultivar durante varias generaciones.

Otro tema que consideraríamos de primera importancia hoy día para evaluar la prosperidad y bondad de un reinado, sería la salud de la moneda. Hay una única mención sobre este particular. El texto pone que cuando reinaba Salomón hubo tanto oro que valía poco, y la plata valía lo que las piedras. Tamaña inflación tal vez traía sin cuidado a Salomón, que importaba metales preciosos; pero tiene que haber sido terrible para los campesinos, artesanos y comerciantes. Si la plata ahorrada con tantos esfuerzos ahora ya no valía nada, el más rico quedaba reducido a la pobreza.

Lo único que realmente podemos saber a partir de esta historia bíblica de aquellos siglos en Israel y Judá, es precisamente ese pequeño aspecto sobre el que gira todo el interés de quienes la escribieron. ¿Fueron el rey y el pueblo fieles al Señor y sostuvieron con pureza el culto en el templo de Jerusalén? ¿Sí o no? Si es que sí, fue un buen reinado, pasara lo que pasara. Si es que no, mal reinado, aunque hubiera prosperidad, buenas cosechas, paz y tranquilidad sin enemigos invasores.

Si la historia narrada con esos criterios no satisfaría a nadie hoy día, hay que suponer que a pocos convencería en aquel entonces tampoco. Al final del libro de Jeremías tenemos la relación interesantísima de la controversia que hubo entre los exiliados en Egipto. Jeremías alegaba que por faltar pureza en el culto al Señor habían sido castigados con derrota y exilio. Todos los demás —¡todos!— consideraban a Jeremías un chiflado, porque según recordaban ellos, les había ido bien cuando Jeremías decía que mal, y les había ido mal cuando Jeremías decía que bien.

Una de las cosas más extraordinarias de esta historia es el respeto extraordinario por realidades incómodas, poco convenientes para su esquema de reyes buenos y malos.

No esconde, por ejemplo, la tiranía terrible de David y Salomón, presentados sin embargo como los píos fundadores ejemplares de la dinastía. Josías, el más excelso de los reyes reformadores, del que se dice que no hubo ni antes ni después otro tan fielmente dedicado al Señor, muere en batalla tras un reinado no marcadamente largo. Su ejemplaridad no parece haber obtenido recompensa divina. Mientras que su abuelo Manasés, el más terrible de todos los reyes perversos en su abandono del Señor, tuvo el reinado más largo, de paz y prosperidad, entre todos los reyes de Jerusalén. Esto es tan extraordinario que en la segunda versión de esta historia, Crónicas, se afirma a manera de explicación que Manasés llegó a arrepentirse de sus herejías.

Tampoco se niegan los datos de Génesis a Números, y los muchos detalles que narra la propia historia entre Jueces y Reyes, de que el presunto exterminio de los cananeos nunca sucedió. Que israelitas y cananeos fueron esencialmente idénticos, salvo el detalle —nada insignificante—de la devoción israelita al Dios de Abrahán y de Moisés. Al leer estos textos con detenimiento se observa que la diferencia no fue de raza ni de idioma, cultura y costumbres, sino de ideología y religión.

Una diferencia que según esta misma historia, solo los jueces de antaño, y después una minoría entre los profetas y cuatro o cinco de los reyes, tuvieron en consideración.

La importancia de esta historia

El mérito de esta historia bíblica es inmenso. Fue un proyecto monumental, que dejó secuelas que se siguen sintiendo hasta hoy, veinticinco siglos después.

Esencialmente, lo que esta historia pudo hacer fue, paradójicamente, fomentar la fe y la esperanza precisamente en ese pueblo derrotado, diezmado y exiliado, que al terminar 2 Reyes se daba por abandonado irremisiblemente por su Dios. Si era posible creer que Dios castiga como ellos habían sufrido y estaban padeciendo, entonces era posible creer también que volviendo a Dios, abandonando otros dioses y formas de practicar la religión, acaso Dios dejara de lado su ira terrible y tuviera a bien perdonar.

Ezequiel y Jeremías, y la segunda parte del libro de Isaías, daban a entender, precisamente, que aunque Dios había abandonado definitivamente a su pueblo en su ira divina, acaso con el tiempo volvería a apiadarse. Desde las cenizas del colapso final de Jerusalén, así explicado, pudo renacer entonces una nueva relación entre Dios y su pueblo. Dios los había abandonado «para siempre», sí, es verdad. Pero ellos se dedicaron en el exilio al ayuno y la oración, a obedecer sus leyes y preceptos, a cumplir los mandamientos de ese mismo Dios que los había abandonado y que ya no quería saber nada de ellos.

Y así surge toda la historia posterior. Así nace —en el exilio— el judaísmo. En su dedicación obsesiva a Dios, en el rechazo por fin de todos los demás dioses de todas las naciones, en su cumplimiento de las leyes y los mandamientos divinos, el judaísmo que nace en el exilio es un fenómeno nuevo. Es algo que nunca antes había existido. Y claro, de ese judaísmo nuevo brotaría, siglos después, el cristianismo.

Es difícil imaginar que esto hubiera sucedido sin esta historia de Israel y Judá, contada de esta manera por autores inspirados. Precisamente por darles una explicación creíble del porqué del fracaso de aquellos reinos, podía inspirar fe y esperanza en que el mismo Dios que ahora castigaba, también sabría en el futuro perdonar. Y sin esa fe y esa esperanza, estas gentes habrían desaparecido para siempre de la historia.

En ese caso, hoy nadie los recordaría a ellos ni tendría en cuenta a su Dios.

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